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– Me he enterado de que ayer Áyax se enfrentó a Héctor.

– Sí, se batieron en duelo durante la octava parte de la tarde sin llegar a conclusión alguna. No tienes por qué preocuparte a ese respecto, amigo mío. Héctor te pertenece.

– ¡Pero los hombres mueren de manera innecesaria, Ulises! ¡Déjame salir mañana, por favor!

– No -repuse con dureza-. No hasta que el ejército se halle en inmediato peligro de aniquilación o las naves comiencen a arder porque Héctor irrumpa en nuestro campamento. Incluso entonces le ordenarás a Patroclo que conduzca tus tropas, no debes dirigirlas tú mismo. -Lo miré con severidad-. Así se lo juraste a Agamenón, Aquiles.

– Tranquilízate, Ulises, no quebrantaré ningún juramento.

Inclinó la cabeza y se quedó en silencio. Cuando Patroclo regresó, seguíamos en tal situación, Aquiles encorvado y yo mirando pensativo su dorada cabeza. Patroclo ordenó a los sirvientes que depositaran la comida y el vino en la mesa y luego permaneció como una columna de hielo. Aquiles lo miró brevemente y luego me miró a mí.

– Dile a Agamenón que me niego a retractarme -me dijo en tono convencional-. Dile que busque a otra persona que lo saque de este enredo o que me devuelva a Briseida.

Me di una palmada en el muslo como si estuviera exasperado.

– ¡Como gustes!

– Quédate y come, Ulises. Patroclo, acuéstate.

Patroclo salió por la puerta. ¡No haría tal cosa en aquella casa!

Tal vez más tarde dormiría, pero en el camino de regreso me encontraba tan despierto que ansiaba hacer travesuras; por lo que fui a la zanja donde aún se encontraba el cuartel general de mi colonia de espías. La mayoría de mis agentes que no residían en Troya estaban sentados ante los restos de la cena. Tersites y Sinón me saludaron afectuosamente.

– ¿Alguna noticia? -pregunté al tiempo que me sentaba.

– Una cuestión -dijo Tersites-. Me proponía ir en tu busca.

– ¡Ah! Explícame de qué se trata.

– Esta noche, cuando concluía la batalla, llegó un aliado… un primo lejano de Príamo llamado Resos.

– ¿Cuántas tropas trae consigo?

Sinón rió quedamente.

– Ninguna. Resos es un bocazas vanidoso, Ulises. Se autocalifica de aliado, pero sería más acertado considerarlo un refugiado. Su propio pueblo lo ha expulsado.

– ¡Bien, bien! -dije, y aguardé.

– Resos conduce un tronco de tres magníficos caballos blancos que son objeto de un oráculo troyano -prosiguió Tersites-. Se dice que son los hijos inmortales del alado Pegaso, tan rápidos como Boreas y tan salvajes como Perséfone antes de que la tomara Hades, y que una vez hayan bebido de las aguas del Escamandro y pastado la hierba troyana, Troya no sucumbirá. Según el oráculo se trata de una promesa hecha por Poseidón, que se suponía que estaba de nuestra parte.

– Y, puesto que Poseidón está de nuestra parte, ¿han bebido ya en el Escamandro y han pastado la hierba troyana?

– Han pastado, pero no han bebido en el Escamandro.

– ¿Quién puede censurárselo? -repuse sonriente-. Yo tampoco bebería allí.

– Príamo ha enviado a por algunos cubos corriente arriba -dijo Sinón, que sonreía a su vez-. Ha decidido efectuar una ceremonia pública con tal fin mañana al amanecer. Entretanto los corceles están sedientos.

– Muy interesante. -Me levanté y me desperecé-. Tendré que ver en persona esas fabulosas criaturas. Añadiría cierta… elegancia a mi imagen conducir un tronco de caballos blancos.

– Podrías hacerlo con algo más de elegancia -me zahirió Sinón.

– Con mucha más elegancia -apostilló Tersites.

– Gracias por todo esto, señores. ¿Dónde puedo encontrar esos caballos inmortales?

– Eso aún no hemos podido descubrirlo -repuso Tersites frunciendo el entrecejo-. Lo único que sabemos es que han sido alojados en la llanura con el ejército troyano.

Diomedes, Agamenón y Menelao aguardaban ante mi casa. Llegué paseando junto a ellos como si hubiera disfrutado de un ejercicio saludable y sonreí a Diomedes, a quien le destellaron los ojos al comprender la intención de mi mirada.

– Aquiles está de acuerdo -le dije a Agamenón.

– ¡Gracias sean dadas a los dioses! Ya puedo dormir.

En el instante en que Menelao y él se alejaron entré en mi casa con Diomedes y di unas palmadas para que acudiese un criado.

– Tráeme un traje ligero de cuero y dos dagas -le ordené.

– Supongo que debo equiparme de modo semejante -dijo Diomedes.

– Nos reuniremos en el camino del Simois.

– ¿Dormiremos esta noche?

– ¡Más tarde, más tarde!

Con su delgado traje de cuero negro y dos dagas en el cinto, Diomedes se reunió conmigo en el lugar fijado. Nos internamos en silencio de sombra a sombra hasta que nos encontramos en el extremo más lejano del puente, donde se unían las zanjas con la empalizada.

– ¿Qué vamos a buscar? -me susurró entonces mi compañero.

– Me hace ilusión conducir un tronco de caballos blancos inmortales.

– Sin duda eso mejoraría tu imagen.

Le dirigí una mirada suspicaz.

– ¿Has hablado con Sinón y Tersites?

– No -repuso con aire inocente-. ¿Dónde se encuentran esos caballos?

– No tengo ni idea. En algún lugar en la oscuridad.

– De modo que buscamos una aguja en un pajar.

– Sssst -le susurré apretándole el brazo-. Alguien viene.

Saludé mentalmente a mi protectora, la diosa lechuza. Mi querida Palas Atenea siempre deparaba la fortuna en mi camino. Nos sumergimos en la zanja que discurría junto a la carretera y aguardamos.

De repente un hombre surgió de la oscuridad, acompañado del tintineo de su armadura; sin duda se trataba de un espía aficionado para husmear con tal vestimenta. Tampoco tuvo la precaución de esquivar un trozo de terreno iluminado por la luna, cuyos rayos lo bañaron por un instante y descubrimos que se trataba de un individuo pequeño y rollizo, lujosamente ataviado y en cuyo casco ondeaba el penacho morado de los troyanos. Aguardamos a tenerlo muy próximo para saltar sobre él. Diomedes se situó a mi izquierda de modo que quedó entre nosotros. Le cubrí la boca con la mano para sofocar su grito, mi compañero le sujetó los brazos a la espalda y lo derribamos bruscamente sobre la hierba. El hombre nos miraba con ojos desorbitados y se estremecía como una medusa. No era uno de los hombres de Polidamante, probablemente se trataba de un comerciante.

– ¿Quién eres? -gruñí en voz baja pero con ferocidad. -Dolón -logró articular. -¿Qué haces aquí, Dolón?

– El príncipe Héctor pidió voluntarios para entrar en vuestro campamento y descubrir si Agamenón se propone salir mañana.

¡Cuan necio era Héctor! ¿Por qué no dejaba el espionaje para los profesionales como Polidamante?

– Esta noche ha llegado un hombre, un tal Resos. ¿Dónde se encuentra? -le pregunté mientras pasaba amorosamente los dedos por la hoja de mi daga. Tragó saliva y se estremeció. -¡No lo sé! -gimoteó.

Diomedes se inclinó sobre él, le cortó una oreja y la agitó ante su rostro mientras yo le apretaba la boca con la mano hasta que desapareció su expresión horrorizada y comprendió.

– ¡Habla, serpiente! -siseé. Habló. Al finalizar le rompimos el cuello. -¡Fíjate en sus joyas, Ulises!

– Era un hombre muy rico, probablemente carroñero. No es digno de que Héctor repare en él. Despójalo de sus lindas baratijas, amigo mío, ocúltalas y las recogeremos cuando regresemos. Será tu participación en el botín puesto que yo debo quedarme con los corceles.

Tomó una esmeralda enorme en su mano. -Mis caballos son bastante buenos. Sólo con esta joya compraré medio centenar de cabezas de ganado para abastecer la llanura de Argos.

Encontramos el campamento de Resos exactamente donde Dolón nos había indicado y nos ocultamos en un altozano próximo para planear nuestra estrategia.

– ¡Qué necio! -murmuró Diomedes-. ¿Por qué estarán tan aislados?