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– Supongo que por distinguirse. ¿A cuántos divisas?

– A doce, aunque no logro adivinar quién es Resos.

– Yo cuento los mismos. Primero mataremos a los hombres y luego nos llevaremos a los animales. Sin ruidos.

Asimos los cuchillos con los dientes y nos deslizamos sigilosamente; él con el propósito de dominar la parte próxima del fuego, y yo para encargarme de la zona más alejada. En tales cuestiones la práctica es muy útil; encontraron la muerte mientras dormían y los caballos, vagas sombras blancas al fondo, no se asustaron.

El tal Resos resultó fácil de distinguir. También él era coleccionista de joyas. Dormitaba muy cerca del fuego y éste las hacía brillar.

– ¡Fíjate en esta perla! -susurró Diomedes.

Y la levantó para compararla con la luna.

– ¡Equivale a mil cabezas de ganado! -respondí en voz muy baja.

No sabíamos si se presentaría alguien inesperadamente.

Los caballos habían sido amordazados para evitar que se dirigieran al Simois a saciar su sed si rompían sus ataduras. Algo muy favorable para nosotros, pues de ese modo no relincharían. Mientras buscaba los ronzales y saludaba a mi nuevo equipo de corceles, Diomedes recogió todo cuanto valía la pena del campamento y lo cargó en una mula. Luego, por el trayecto previsto durante el camino de llegada, regresamos al paso elevado del Simois, donde mi amigo argivo recogió el alijo de Dolón.

A Agamenón no le agradó que lo despertásemos hasta que le expliqué lo sucedido con Resos y sus caballos, en cuyo momento se echó a reír.

– Comprendo que debas conservar a esos hijos del alado Pegaso, Ulises, ¿pero qué quedará para el pobre Diomedes?

– Estoy satisfecho -repuso mi astuto compañero con aire inocente.

Sí, había sido una respuesta política. ¿Por qué explicarle a un hombre dispuesto a llenar un cofre de combate que en una pequeña fracción de la noche se ha acumulado una fortuna formidable?

La historia de los caballos de Resos ya se había difundido por doquier entre nuestras tropas cuando desayunaban al amanecer. Estuvieron todos encantados y me aclamaron mientras conducía de nuevo mi flamante tronco de corceles sobre el paso elevado del Simois, anticipándome incluso a Agamenón, que deseaba que Troya lo viese. Troya lo vio y no le pareció divertido. La batalla fue sangrienta, despiadada. Agamenón comprendió que tenía una oportunidad y abrió una profunda brecha en las líneas troyanas y los obligó a retroceder. Nuestros hombres estaban absolutamente dispuestos a acabar con ellos y los hicieron retroceder hasta los amenazadores muros de Troya. Pero una vez allí, el enemigo, que aún seguía superándonos en número, se recuperó y nuestra suerte mudó. Los reyes comenzaron a caer.

Primero fue Agamenón, que aquel día estaba en plena forma. Mientras recorría la línea hacia nosotros ensartó con su lanza a un hombre que trataba de detenerlo, pero no reparó en que lo seguía otro que le hundió la suya profundamente en el muslo. La punta del arma tenía púas y la herida sangró abundantemente, por lo que se vio obligado a abandonar el campo de batalla.

A continuación le llegó el turno a Diomedes. Mi amigo logró acertarle a Héctor en el casco con una lanza y lo aturdió momentáneamente. Diomedes gritó alborozado y se precipitó a rematarlo mientras yo me concentraba en los caballos y el auriga de Héctor con la intención de inutilizar su carro. Ninguno de nosotros vimos aparecer a otro soldado que se ocultaba detras de él hasta que se levantó tras poner una flecha en su arco, que disparó con amplia sonrisa.

El proyectil llegó desde lejos y ya caía en el suelo cuando halló su objetivo en el pie del argivo. Diomedes se quedó ensartado en tierra, maldiciendo y agitando el puño en el aire mientras París se escabullía. Troya también tenía su Teucro.

– ¡Agáchate y arráncala! -le grité a Diomedes mientras me acercaba a él con buen número de mis hombres.

Así lo hizo y yo le arrebaté una hacha a un cadáver que ya no la necesitaba. No era el arma que hubiera escogido normalmente porque me resultaba de manejo torpe y pesado, pero para defenderse de un círculo de enemigos no tenía igual. Decidido a poner a salvo a Diomedes manejé el espantoso objeto ferozmente hasta que él se alejó cojeando penosamente, por completo inútil para el combate.

En ese momento también yo caí. Alguien logró alcanzarme con su lanza en la pantorrilla, algo más abajo de los tendones de la corva. Mis hombres me rodearon hasta que logré arrancarmela, pero su punta también tenía púas y se llevó consigo un gran fragmento de carne. Puesto que perdía sangre en abundancia tuve que taponar la herida con un jirón de tela arrancado a las ropas de otro cadáver.

Conseguí llegar junto a Menelao y sus espartanos, que acudían en nuestra ayuda. En aquel momento apareció Áyax y ellos dos se apartaron para que pudiera introducirme en la parte posterior del carro de Menelao. ¡Qué magnífico guerrero era Áyax! Le hervía la sangre, difundía alrededor de sí una fortaleza que yo nunca había poseído y obligaba a retroceder a los troyanos. Sus soldados, como de costumbre, se sentían tan orgullosos de él que lo seguían a donde fuera. Algún jefe troyano respondió enviando más hombres hasta que se quedaron atestados contra el hacha de Áyax por el propio peso que los empujaba. Con mayor rapidez que nuestros valerosos soldados y el poderoso Áyax lograban derribarlos, surgían de nuevo otros como los dientes del dragón.

Aliviado al ver desaparecer a Héctor, yo había vuelto a hacerme útil convocando a una concentración de fuerzas en la zona. Eurípilo, que era el más próximo, llegó por un lado muy oportunamente para recibir en su hombro una flecha de París. Macaón, que también se aproximaba entonces, corrió la misma suerte. ¡París! ¡Qué gusano! No malgastaba sus flechas en los hombres corrientes, sino que simplemente acechaba en algún lugar cómodo y seguro y aguardaba a que apareciera por lo menos un príncipe. En lo que se diferenciaba de Teucro, que disparaba siempre a cualquier objetivo que se le presentase.

Fuera como fuese, por fin conseguí internarme tras las líneas y me encontré a Podaliero, que asistía a Agamenón y a Diomedes, quienes aguardaban desconsolados lo más próximos del lugar. Al vernos llegar a Macaón, a Eurípilo y a mí, se horrorizaron.

– ¿Por qué tienes que luchar, hermano? -se quejó Podaliero mientras ayudaba a Macaón a apearse.

– Cuida primero de Ulises -masculló su hermano, que manaba sangre lentamente a causa de una flecha clavada en su brazo.

De modo que en primer lugar revisó y vendó mi herida; a continuación atendió a Eurípilo, en cuyo caso decidió sacar la flecha por el lado opuesto al que había entrado por temor a que causara más daño en el interior del hombro que si era extraída normalmente.

– ¿Dónde está Teucro? -pregunté mientras me dejaba caer junto a Diomedes.

– Hace rato que lo he hecho salir del campo -dijo Macaón, que aún aguardaba a que llegara su turno-. La herida que Héctor le infligió ayer se hinchó tanto como la piedra que él le arrojó. Tuve que abrir el bulto y drenar parte del fluido. Le quedó el brazo totalmente paralizado, pero ahora ya puede moverlo.

– Nuestras filas están menguando -dije.

– Demasiado -observó Agamenón con aire sombrío-. Y los soldados también se dan cuenta de ello. ¿No adviertes el cambio?

– Sí -respondí al tiempo que me ponía en pie y me tanteaba la pierna-. Sugiero que regresemos al campamento antes de que nos sorprenda una oleada de pánico. Creo que el ejército no tardará en regresar a la playa.

Aunque yo había sido el responsable, la retirada fue un golpe para mí. Quedaban pocos soberanos que mantuvieran unidos a los hombres; de los jefes más importantes sólo Áyax, Menelao e Idomeneo no habían sido heridos. Un sector de nuestras líneas se había disuelto y el olor a putrefacción se difundía con sorprendente velocidad. De pronto el ejército en pleno dio media vuelta y huyó para ponerse a salvo en nuestro campamento. Héctor gritó con tal fuerza que lo oí desde donde me encontraba en lo alto de nuestro muro, luego los troyanos persiguieron a nuestros hombres, aullando como perros hambrientos. Aún se precipitaban nuestros soldados por el camino superior que cruzaba el Simois con los troyanos pisándoles los talones cuando Agamenón, palidísimo, dictó órdenes. La puerta fue cerrada antes de que el último, y el más valiente, pudiera entrar. Cerré mis ojos y mis oídos. ¡La culpa es tuya, Ulises! ¡Totalmente tuya!