Era demasiado temprano para que cesara la lucha, por lo que Héctor trataría de escalar nuestro muro. Nuestras tropas, que deambulaban por el campamento, dedicaron algún tiempo a reagruparse y comprender que en ese momento su función consistía en defender las fortificaciones. Los esclavos corrían de un lado a otro transportando grandes calderos y cubas de agua hirviendo para arrojarlas en las cabezas de aquellos que intentaran escalar el muro; no nos atrevíamos a utilizar aceite por temor a incendiarlo. Ya había piedras amontonadas a lo largo del camino superior, acumuladas allí para tal emergencia desde hacía años.
Los frustrados troyanos se agruparon a lo largo de la zanja y sus jefes pasearon arriba y abajo en sus carros apremiando a sus hombres para que de nuevo formasen filas. Héctor conducía su carro áureo, confiado al cuidado de su antiguo auriga Quebriones. Pese a los días de amargo conflicto transcurridos, se veía erguido y seguro de sí mismo. Mejor que así fuera. Apoyé la barbilla en las manos mientras nuestros hombres comenzaban a llenar los espacios que me rodeaban en lo alto del muro y a instalarse para ver cómo se proponía asaltarnos Héctor: si estaba dispuesto a sacrificar a muchos hombres o si había ideado algún proyecto mejor que la simple fuerza bruta.
CAPITULO VEINTISEIS
Los encerré en sus propias defensas como corderos; tenía la victoria en la palma de la mano. Yo, que había vivido entre murallas desde el día en que nací, sabía mejor que ningún ser vivo cómo atacarlas. Ninguna muralla, salvo las de la propia Troya, era invulnerable. Había llegado el momento que esperaba. Me regocijé con la derrota de Agamenón prometiéndome que le haría sentir a aquel ser orgulloso la desesperación que nosotros habíamos soportado desde que sus mil naves asomaron detrás de Ténedos. Las cabezas se alineaban tras su patético muro mientras yo pasaba en mi carro acompañado de Polidamante. El bueno de Quebriones había ido a buscar agua para los caballos.
– ¿Qué piensas? -le pregunté a Polidamante.
– Bien, no nos enfrentamos a ninguna Troya, Héctor, pero son unas murallas difíciles. Los dos pasos elevados están separados de un modo muy inteligente. Y lo mismo sucede con la zanja y la empalizada. ¿No adviertes el error que han cometido?
– ¡Naturalmente! La abertura entre la muralla y la zanja es demasiado amplia -le respondí-. Utilizaremos sus caminos superiores, pero no atacaremos sus puertas. Las usaremos para cruzar la empalizada y la zanja y luego introduciremos a nuestros hombres tras la zanja para atacar el propio muro. No es fácil extraer piedra en esta zona, por lo que habrán tenido que construirla de madera, salvo las torres de vigilancia y los contrafuertes.
Polidamante asintió.
– Sí, yo haría lo mismo, Héctor. ¿Ordeno que vayan a buscar combustible a Troya?
– Inmediatamente… todo cuanto pueda arder, incluso la grasa corriente de cocina. Mientras te encargas de ello, yo convocaré una asamblea con los jefes -dije.
Cuando Paris apareció -el último como siempre- informé al grupo de mis propósitos.
– Dos tercios del ejército cruzarán el camino superior del Simois, un tercio por el Escamandro. Dividiré las tropas en cinco segmentos. Yo dirigiré el primero con Polidamante; tú, Paris, te encargarás del segundo; Heleno asumirá el mando del tercero, con Deífobo. Los tres entraremos por el Simois. Eneas, tú conducirás la cuarta sección por el Escamandro, por donde entrarán asimismo Sarpedón y Glauco.
Heleno estaba radiante porque yo había decidido confiarle a él el mando en lugar de a Deífobo, y éste no acababa de decidir si le enojaba más este menosprecio o el hecho de que le hubieran confiado a Paris su propia división. Tampoco Eneas estaba muy satisfecho de verse agrupado con Sarpedón y Glauco como un forastero.
– Cuando los hombres lleguen a los extremos interiores de los caminos girarán para encontrarse mutuamente, ya vengan de un río como del otro, hasta que rellenen todo el espacio que discurre a lo largo del muro, entre él y la zanja. Entretanto los no combatientes podrán desmantelar la empalizada y convertirla en escaleras y leña. El fuego será nuestro mejor instrumento, pues con él derribaremos su muralla. De modo que nuestra primera tarea consistirá en provocar fuegos e impedir que sus defensores los apaguen.
Entre los jefes se hallaba mi primo Asios, siempre reticente a cumplir órdenes.
– ¿Te propones abandonar la caballería, Héctor? -preguntó con voz estentórea.
– Sí -respondí sin vacilar-. ¿Qué utilidad tiene? Lo último que necesitamos son caballos y carros en un espacio cerrado.
– ¿Y si atacáramos las entradas?
– Están demasiado defendidas, Asios.
– ¡Tonterías! -resopló-. ¡Verás, voy a demostrártelo!
Y antes de que pudiera prohibírselo, echó a correr ordenando a su escuadrón que montara en sus carros. Se puso al frente de sus hombres y fustigó a sus caballos dirigiéndolos hacia el paso elevado del Simois. Aunque el camino era amplio, también lo era un tronco de tres caballos en línea. A los animales de los extremos se les desorbitaron los ojos de pánico ante los pinchos que surgían a ambos lados de la zanja y transmitieron su terror al del centro. Al cabo de un momento retrocedían los tres y corcoveaban tras sembrar también la confusión entre los carros que marchaban tras Asios. Mientras el auriga de mi primo se esforzaba por controlar a sus corceles, las puertas de un extremo del camino se abrieron ligeramente y por la rendija aparecieron dos hombres al frente de una gran compañía cuyo estandarte demostraba que eran lapitas. Me estremecí: mi primo era hombre muerto. Uno de los dos cabecillas arrojó su lanza y ensartó con ella a mi fanfarrón primo en el pecho. Asios cayó al suelo dando un salto hacia el frente y quedó tendido sobre los postes de la zanja. Su auriga no tardó en seguirlo; los lapitas rodearon el carro y arremetieron contra quienes lo habían seguido sin que pudiéramos hacer nada por socorrerlos. Una vez consumada la carnicería, los hombres se retiraron en perfecto orden y las puertas del Simois quedaron cerradas.
Me encontré con que debía aclarar la confusión creada en el camino para poder ponerme en marcha con mis hombres, pero entretanto Eneas, Sarpedón y Glauco deberían realizar una larga marcha hasta el camino del Escamandro que, según pensé con satisfacción, no estaría bloqueado por defensor alguno. Aquiles se hallaba al otro lado de las puertas de aquel río y no había cumplido con sus deberes para con Agamenón. Una simple muchacha era más importante para él que la salvación de sus compatriotas. ¡Qué vergüenza!
Los hombres se precipitaron en masa y corrieron hacia el interior a lo largo de la base del muro; una lluvia de lanzas, flechas y piedras fue arrojada por parte de los defensores. Al protegerse los hombres las cabezas con los escudos el alcance de los proyectiles fue escaso mientras corrían regularmente hacia el camino del Escamandro, donde tropas extranjeras comenzaban a correr también hacia ellos. Los no combatientes ya desmontaban la empalizada de madera y convertían los fragmentos mayores en escaleras y desmenuzaban todo cuanto no era aprovechable como leña menuda. Ordené a mis hombres que construyesen estructuras donde poder colocar sus escudos como los guijarros de un techado para resguardarse al tiempo que trabajaban mientras ya llegaba aceite, brea y grasa de cocinar desde Troya.