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Se encendieron las hogueras y vi remontarse el humo en penachos hacia los rostros repentinamente asustados que coronaban lo alto del muro. El agua cayó en cascada pero algunos de mis refugios habían sido adaptados para proteger los fuegos hasta que hubieran prendido lo suficiente para no extinguirse. La negrura del aceitoso humo aguado también resultó una gran ventaja.

Tratamos de subir con nuestras escaleras improvisadas pero los griegos eran demasiado astutos para permitirlo. Áyax arremetió arriba y abajo del sector medio, donde yo me encontraba, vociferando y derribando las escaleras con el pie. Comprendí que era inútil y ordené que cesaran en los intentos.

– Tiene que ser el fuego -le dije a Sarpedón, cuyas tropas se habían unido a las mías.

Las hogueras de nuestro sector, las primeras que se habían encendido, ardían ya fieramente. Los arqueros licios inclinaban las cabezas sobre el parapeto bajo los resguardos inferiores, mientras otros licios y mis troyanos alimentaban los fuegos con aceite.

– Déjame intentar subir los muros -dijo Sarpedón.

Protegidas por el humo, levantamos las escaleras entre las llamas y allí permanecieron mientras los arqueros de Sarpedón lanzaban descarga tras descarga. Luego, al parecer de modo mágico, los penachos de los cascos licios ondearon en lo alto del muro y comenzó la lucha. Distinguí vagamente que algún capitán griego pedía refuerzos, pero yo no esperaba a Áyax y a sus hombres. Al cabo de unos momentos la breve victoria se convirtió en aplastante derrota; los cadáveres se desplomaban a nuestros pies, los gritos de guerra de los licios se habían convertido en lamentos de dolor. Y Teucro se protegía con el escudo de su hermano y lanzaba sus flechas, no hacia la confusión creada en lo alto del muro sino contra nosotros.

Percibí en la proximidad un gemido sofocado seguido del peso de alguien que se cayó sobre mí; se trataba de Glauco, al que tendí en el suelo con el hombro atravesado por una flecha que había penetrado a través de la armadura. La herida me pareció demasiado profunda. Crucé una mirada con Sarpedón y moví pesaroso la cabeza; de la boca de Glauco surgía una espuma rosada, señal de muerte inminente.

Estaban tan unidos como si fuesen gemelos, habían gobernado juntos y se amaban desde hacía muchos años. La muerte de uno seguramente significaría la de su compañero.

Sarpedón profirió un breve grito de angustia y luego arrebató la manta de una montura a un soldado herido, se cubrió con ella el rostro y los hombros y marchó directamente hacia una de las hogueras. De un gancho olvidado por los griegos en su afán de expulsar a los licios del parapeto pendía una cuerda. Sarpedón se asió a ella y tiró con fuerzas sobrehumanas, tan grande era el dolor que sentía por la pérdida de Glauco. La madera crujió y chirrió, los maderos ennegrecidos comenzaron a abrirse y agrietarse y, de pronto, se desplomó un gran sector del muro alrededor de nosotros. Los troyanos que por desdicha se encontraban debajo quedaron aplastados; los griegos que por desdicha se encontraban en lo alto cayeron en picado con él; y al instante todo el sector medio de mi línea se hallaba descompuesto. A través del hueco distinguí altas casas de piedra y barracones, más allá hileras de embarcaciones y el gris Helesponto. Entonces Sarpedón bloqueó mi visión, arrojó la manta, cogió su espada y su escudo y entró en el campamento griego clamando muerte.

Los griegos desaparecían a medida que avanzábamos, y el número de nuestros hombres que se introducía por allí aumentaba por momentos, hasta que el enemigo se recuperó y nos hizo frente. Áyax se encontraba presente incitándolos a resistir, pero entre tanta aglomeración nadie confiaba en la posibilidad de entablar un duelo. De todos modos, la línea no cedía la mínima fracción; Idomeneo y Meriones acudieron con sus cretenses y mi hermano Alcatoo cayó. Vertí amargas lágrimas por él y maldije mi debilidad, aunque sentía más furia que pesar. Me esforcé por luchar mejor.

Los rostros aparecían y desaparecían: Eneas, Idomeneo, Meriones, Menesteo, Áyax y Sarpedón. Ya se veían muchos troyanos entre los licios y dárdanos; eché una ojeada atrás y advertí que el hueco del muro era mucho más amplio. Sólo los penachos morados nos impedían matarnos entre nosotros mismos, tan grande era la confusión y con tal dureza se discutía el terreno. Los hombres morían valerosamente y a puñados; mis botas resbalaban sobre los cuerpos y había zonas donde la presión era tan enorme que los cadáveres permanecían erguidos, boquiabiertos y manando sangre de sus heridas. Me goteaba sangre ajena de los brazos y el pecho, que tenía empapados.

Polidamante se materializó a mi lado.

– ¡Héctor, te necesitamos! ¡Hemos cruzado la brecha en gran número pero los griegos ofrecen firme resistencia! ¡Ve cuanto antes hacia el Simois, por favor!

Me costó algún tiempo liberarme sin sembrar el pánico entre los que quedaban detrás, pero por fin estuve en condiciones de retroceder con sigilo hasta que pude seguir a lo largo del muro griego, animando a los hombres en mi camino, recordándoles que nuestra sería la victoria definitiva en el momento en que incendiásemos aquellas mil naves y los dejáramos sin esperanzas de huir en ellas.

Alguien tropezó conmigo. El hombre estuvo a punto de abrirse la cabeza, salvo que al ponderar el golpe recibido lo descubrí sentado y riendo.

– ¿Por qué no miras por dónde vas? -me preguntó Paris.

Lo miré atónito.

– ¡Me sorprendes continuamente, París! Mientras los hombres sucumben por doquier, tú apareces por aquí sano y salvo. Tan tranquilo que te diviertes poniéndome la zancadilla.

Ni siquiera aquellas palabras borraron la sonrisa de su rostro.

– Bien, si crees que voy a rogarte que me perdones, tendrás que pensártelo mejor, Héctor. Si no fuera por mí, no estarías aquí, ésa es la pura verdad. ¿Quién escogió uno tras otro a los griegos más importantes para destinarles sus flechas? ¿Quién obligó a Diomedes a abandonar la lucha?

Lo así por los largos y negros rizos y lo obligué a levantarse.

– ¡Entonces escoge algunos más! -le grité entre dientes-. ¡Tal vez Áyax!, ¿qué te parece?

París se escabulló con una mirada de odio y en aquel momento descubrí que parte de nuestra línea, ya en dificultades, era atacada por Áyax y su gran compañía de soldados.

El frente de batalla en pleno había cambiado de dirección. Ahora luchábamos entre las casas, tarea difícil y peligrosa; todos los edificios albergaban a griegos preparados para una emboscada. Pero los que se encontraban al descubierto retrocedían sin cesar hacia la playa y las naves. Áyax oyó mi grito de guerra y respondió con el suyo, tan famoso: «¡A ellos! ¡A ellos!» Nos abrimos paso entre los innumerables cadáveres para encontrarnos mutuamente, yo con la lanza preparada. Luego, cuando casi estaba sobre él, se inclinó de repente y apareció con una piedra en las manos, uno de los calzos que se utilizaban para asegurar los barcos que recalaban en las playas. Mi lanza era inútil; la arrojé al suelo y desenvainé la espada, contando con mi velocidad superior para atacarlo primero. Mi adversario lanzó la piedra con todas sus fuerzas apuntando directamente a su objetivo. Sentí un dolor desgarrador cuando me alcanzó de pleno en el pecho, y me desplomé.

Me pareció surgir de la rumorosa oscuridad a un mundo de terrible dolor. Sentí el sabor de la sangre en la boca, vomité y, al abrir los ojos, distinguí junto a mí el suelo ennegrecido por la sangre. Entonces volví a perder el sentido. La segunda vez que recobré el conocimiento el dolor no era tan intenso y uno de nuestros cirujanos se arrodillaba sobre mí. Me esforcé por incorporarme y él me ayudó.

– Tienes algunas costillas muy magulladas y varias venas rotas, príncipe Héctor, pero nada reviste gravedad -me dijo.

– ¡Los dioses nos acompañan hoy! -logré articular apoyándome en él mientras me ayudaba a ponerme en pie.

Cuanto más me movía, menor era el dolor que sentía, por lo que seguí en movimiento. Algunos de mis hombres me habían conducido más allá del camino del Simois, cerca de mi carro. Quebriones me sonreía.