Me miró gravemente.
– Estad dispuestos para la batalla mañana al amanecer. Convocaré una asamblea pública y te devolveré a Briseida frente a nuestros oficiales. También juro que no he mantenido relaciones sexuales con ella. ¿Está claro?
¡Cuan viejo se veía y cuan cansado! Los cabellos que apenas estaban salpicados de canas hacía diez años ahora mostraban amplias franjas plateadas entre su negrura y a ambos lados de su barba se extendían dos blanquísimas franjas. Apoyado en Antíloco, aún tembloroso, regresé fatigado al lado de Patroclo.
Me senté sobre el polvo, junto a las andas, y cogí la rígida mano que aún sostenía Automedonte. La tarde transcurrió gota a gota en el pozo del tiempo. Mi pesar se iba disipando pero mi sensación de culpabilidad jamás desaparecería. La pena es algo natural; la culpabilidad se la inflige uno mismo.
El tiempo cura el dolor pero sólo la muerte puede sanar la culpabilidad. Tales eran las cosas en las que yo pensaba.
El sol se ponía, líquido, suave y rosado por la lejana playa del Helesponto cuando alguien acudió a interrumpirme. Era Ulises, con el rostro oscurecido por las sombras, hundidos los ojos y las manos colgando a los costados. Con un profundo suspiro se agachó en el polvo junto a mí, enlazó las manos sobre las rodillas y se apoyó en los talones. Durante largo rato no cruzamos palabra, sus cabellos eran como llamaradas entre los restos del sol, su perfil estaba ribeteado de puro ámbar contra el polvo. Pensé que tenía un aire divino.
– ¿Qué armadura llevarás mañana, Aquiles? -me preguntó.
– La de bronce ribeteada de oro.
– Me parece excelente. Pero quisiera obsequiarte con una mejor.
Se volvió y me miró con gravedad.
– ¿Qué piensas de mí? Cuando aquel muchacho habló en el consejo deseabas partirme el cuello, pero luego cambiaste de idea.
– Opino igual que siempre: que sólo alguna generación futura será capaz de juzgarte. Tú no perteneces a nuestros tiempos.
Inclinó la cabeza y jugueteó con el polvo.
– Por mi culpa has perdido una preciosa armadura que Héctor exhibirá muy complacido confiando en eclipsarte en todos los terrenos. Pero tengo otra de oro que te irá perfectamente y que perteneció a Minos. ¿La aceptarás?
Lo miré con curiosidad.
– ¿Cómo llegó a tu poder?
Trazaba garabatos en el suelo. Sobre uno de ellos dibujó una casa; en otro, un caballo; en el tercero, un hombre.
– Listas de tenderos. Néstor tiene símbolos propios de tenderos.
Frunció el entrecejo y borró sus dibujos con la palma de la mano.
– No, los símbolos no bastan. Necesitamos algo más, algo con lo que podamos transmitir ideas, pensamientos informes, alas en la mente… ¿Has oído murmurar de mí a los chismosos? Dicen que no soy un verdadero hijo de Laertes; que fui concebido en su esposa, mi madre, por Sísifo.
– Sí, los he oído.
– Es cierto, Aquiles. ¡Y algo estupendo por añadidura! Si Laertes hubiera sido mi padre, Grecia hubiera sido más pobre. Yo no he reconocido abiertamente tal paternidad porque mis nobles me habrían despojado del trono en un abrir y cerrar de ojos. Pero me desvío de la cuestión. Sólo deseaba hacerte comprender que la armadura fue conseguida por medios deshonestos. Sísifo se la robó a Deucalión de Creta y se la entregó a mi madre como muestra de su amor. ¿Llevarás algo conseguido de forma poco honrada?
– Gustosamente.
– Entonces te la entregaré al amanecer. Algo más…
– ¿Qué?
– No digas que yo te la he dado. Explícales a todos que es un regalo de los dioses. Que tu madre le pidió a Hefestos que la forjara por la noche en su fragua eterna para que pudieras salir a la palestra como corresponde al hijo de una diosa.
– Así lo haré si tú lo deseas.
Dormí un poco; caí de rodillas, apoyé la cabeza en las andas y me sumergí en un sueño inquieto y aturdido. Ulises me despertó poco antes de despuntar el alba y me condujo a su casa, donde, sobre la mesa, se encontraba un gran bulto envuelto en un paño de hilo. Lo descubrí con escaso entusiasmo, imaginando que se trataría de un excelente equipo de artesanía, sin duda de oro, pero en modo alguno comparable con el que Héctor ahora vestía. Mi padre y yo siempre habíamos supuesto que era la mejor armadura que Minos poseía.
Tal vez así fuera, pero el equipo que Ulises me regalaba era mejor. Di unos golpecitos con los nudillos en el impecable material y advertí que producía un sonido sordo, consistente, totalmente distinto del tintineo producido por múltiples capas de material. Volví el escudo enormemente pesado con curiosidad y descubrí que no era como otros, gruesos y con múltiples capas. Parecía formado tan sólo por dos, una placa exterior de oro que cubría otra de un material gris oscuro que no despedía ningún reflejo ni destello a la luz de la lámpara.
Yo había oído hablar de ello pero sólo lo había visto en la empuñadura de mi lanza Viejo Pelión. Lo llamaban hierro reforzado. Mas no suponía que existiera en cantidad suficiente para fabricar una armadura completa de aquellas dimensiones. Cada elemento estaba formado del mismo metal, y a su vez chapado en oro.
– Dédalo lo fabricó hace trescientos años -dijo Ulises-. Es el único hombre en la historia que sabía cómo endurecer el hierro, convertirlo en el crisol con arena para que la absorbiera en parte y se endureciera más que el bronce. Recogió fragmentos de hierro en bruto hasta que tuvo suficiente material para fundir este equipo e incorporó el oro posteriormente. Si una lanza rasga la superficie, el oro puede ser alisado. ¡Fíjate! Las figuras están fundidas en el hierro, no formadas en el oro.
– ¿Perteneció a Minos?
– Sí, al Minos que con su hermano Radamanto y tu abuelo Eaco residen en el Hades para juzgar a los muertos cuando se reúnen en las playas del Aqueronte.
– Te lo agradezco enormemente. Cuando concluyan mis días y deba presentarme ante aquellos jueces, recupera la armadura y entrégasela a tu hijo.
Ulises se echó a reír.
– ¿A Telémaco? No, siempre le quedará grande. Dásela al tuyo.
– Querrán enterrarme con ella. Tú debes preocuparte de que Neoptólemo la reciba. Enterradme con una túnica.
– Como desees, Aquiles.
Automedonte me ayudó a vestirme para la guerra mientras las mujeres de la casa se volvían contra un muro y murmuraban rezos y hechizos para protegerme del mal e infundirle fuerzas a la armadura. Cuando me movía despedía reflejos tan brillantes como el propio Helio.
Agamenón habló ante la asamblea de oficiales de nuestro ejército, que permanecían con rostros impasibles. Luego me llegó el turno de aceptar la parte de humillación imperial. Tras lo cual Néstor me devolvió a Briseida; no se veía ni rastro de Criseida, pero no creí que la hubieran enviado a Troya. Por fin nos dispersamos para ir a comer, lo que me pareció una pérdida de tiempo precioso.
Briseida marchaba junto a mí en silencio, erguida la cabeza. Parecía enferma y agotada, más trastornada que cuando ambos salimos de las calcinadas ruinas de Lirneso. Al entrar en el recinto de los mirmidones pasamos junto a las andas donde reposaba Patroclo, que había sido trasladado allí por causa de la asamblea. Briseida se estremeció al verlo.
– Vamonos, Briseida.
– ¿Salió a luchar en tu puesto?
– Sí, lo mató Héctor.
La miré al rostro buscando una señal de indulgencia. Me sonrió con profundo amor.