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– ¡Queridísimo Aquiles, estás tan cansado! Sé cuánto significaba para ti, pero te afliges demasiado.

– Murió despreciándome. Despreció nuestra amistad.

– Entonces no te conocía realmente.

– Tampoco a ti puedo explicarte nada.

– No es necesario. Hagas lo que hagas estará bien, Aquiles.

Marchamos a lo largo de los pasos elevados y formamos filas en la llanura entre la húmeda y naciente luz solar. El aire era suave, corría una brisa similar a la caricia de la lana cardada antes de hilarla. Ellos se encontraban enfrente, hilera tras hilera, como debían de vernos a nosotros. La emoción me formaba un nudo en la garganta. Apretaba con fuerza los nudillos sobre el gastado mango negro de Viejo Pelión. Había entregado a Patroclo mi armadura, pero no mi lanza.

Héctor apareció majestuoso por el ala derecha en un carro tirado por tres sementales negros, balanceándose ligeramente con el movimiento del vehículo y luciendo de manera excelente mi armadura. Advertí que había añadido el color escarlata al dorado que formaba el penacho del casco. Se detuvo frente a mí y nos miramos con avidez en un desafío implícito. Ulises había ganado su apuesta: sólo uno de los dos saldría con vida del campo y ambos lo sabíamos.

El silencio era singular. No se percibía un solo sonido, ni el resoplido de un caballo ni el tintineo de un escudo, mientras aguardábamos a que comenzase el redoble de tambores y el estrépito de los cuernos. La nueva armadura me resultaba muy pesada, tardaría algún tiempo en acostumbrarme a ella, en aprender el mejor modo de maniobrar llevándola. Héctor debería esperar.

Sonaron los tambores, los cuernos retumbaron y la hija del destino hundió sus tijeras en la franja de terreno desnudo que nos separaba a Héctor y a mí. Cuando lancé mi grito de guerra Automedonte ya lanzaba al galope mi carro, pero Héctor viró bruscamente y se alejó entre sus líneas antes de que pudiéramos encontrarnos. Comprendí que no tenía ninguna esperanza de seguirlo, aunque lo deseara tras quedarme bloqueado por una bullente masa de soldados de infantería. Lancé mandobles a diestro y siniestro y vertí la sangre de los troyanos sin sentir nada más que la fascinación de matar. Ni siquiera importaba el juramento que le hice a Patroclo.

Distinguí el familiar grito de guerra y divisé otro carro que se abría camino entre la muchedumbre. Eneas se abalanzaba fríamente, conteniendo su furia al encontrarse frente a los mirmidones que esquivaba claramente. Proferí mi grito característico, que él oyó y me devolvió apeándose al punto para el duelo. La primera lanza que me arrojó la detuve con mi escudo y sus vibraciones me agitaron hasta la médula, pero aquel metal mágico desvió por completo la lanza, que cayó a tierra con la punta aplastada. Viejo Pelión voló, alto y certero, formando un hermoso arco sobre las cabezas de los hombres que nos separaban. Eneas advirtió que la punta se aproximaba a su garganta, alzó el escudo y se agachó. Mi querida lanza atravesó limpiamente el cuero y el metal por encima de su cabeza, derribó el escudo e inmovilizó a Eneas debajo. Desenvainé la espada y me abrí paso entre mis hombres, empeñado en alcanzarlo antes de que pudiera escabullirse. Sus dárdanos habían retrocedido ante nuestra carga y yo ya sonreía de triunfo cuando fui víctima de una oleada, de ese frustrante y enloquecedor fenómeno que sucede de modo ocasional cuando una masa humana se apiña densamente. Fue como si de repente se hubiera levantado una poderosa ola en un mar de menudas ondas y barriera toda la hilera, de uno a otro extremo; los hombres chocaban entre sí como una fila de ladrillos que se derriban sucesivamente.

Al verme casi arrastrado en volandas, transportado como los restos de un naufragio entre aquella marejada humana, grité desesperado porque había perdido a Eneas. Cuando logré liberarme, él había desaparecido y yo estaba cien pasos más abajo de la línea. Convoqué a los mirmidones para que formasen filas, desanduve el camino y cuando llegué al lugar me encontré con que Viejo Pelión aún sujetaba su escudo en el suelo, tal como lo había dejado. Arranqué la lanza y tiré el escudo a uno de mis acompañantes no combatientes.

Poco después desterraba a Automedonte y al carro hacia la retaguardia confiando a Viejo Pelión a su cuidado, pues aquélla era tarea del hacha. ¡Ah, una arma excelente en una aglomeración! Los mirmidones seguían mi ritmo y eran invencibles. Pero por muy frenética que fuera la acción, yo buscaba sin cesar a Héctor; al que encontré tras dar muerte a un hombre que lucía la insignia de los hijos de Príamo. Héctor observaba no lejos de allí con el rostro contraído ante el destino sufrido por su hermano. Nuestras miradas se encontraron y el campo de batalla pareció no existir. Advertí una expresión satisfecha en su sombría contemplación mientras nos mirábamos por vez primera cara a cara. Nos acercamos cada vez más derribando a nuestros enemigos, impulsados por un solo pensamiento: encontrarnos, hallarnos lo bastante próximos para tocarnos. Entonces me arrastró otra oleada. Algo me empujó en el costado y estuve a punto de perder el equilibrio mientras me veía proyectado hacia atrás entre las filas. Los hombres caían y eran aplastados, pero yo lloraba por haber perdido a Héctor. Del dolor pasé a la ira y a un exterminio frenético de mis enemigos.

El rojo entusiasmo se evaporó cuando descubrí que sólo se me enfrentaban un puñado de penachos morados, entre cuyos pies era visible la hierba pisoteada. Los troyanos habían desaparecido y me enfrentaba con los rezagados. El enemigo retrocedía de un modo ordenado, sus jefes montaban una vez más en sus carros y Agamenón los dejaba marchar, satisfecho por el momento con reformar sus propias líneas. Mi carro surgió de improviso y monté en él junto a Automedonte.

– ¡Busca a Agamenón! -le ordené jadeante.

Dejé caer el escudo en los montantes del suelo con un suspiro de alivio. Como protección era magnífico, pero demasiado pesado.

Todos los jefes habían llegado. Nos detuvimos entre Diomedes e Idomeneo. Agamenón, que saboreaba la victoria, volvía a ser el rey de reyes. Llevaba el antebrazo vendado con un paño que desprendía menudas gotas de sangre en el suelo, pero no parecía advertirlo.

– Están en franca retirada -decía Ulises-. Sin embargo, no se ven indicios de que pretendan refugiarse dentro de la ciudad, por lo menos todavía. Héctor cree que aún existen posibilidades de vencer. No es necesario apresurarse.

Miró a Agamenón como quien acaba de tener una brillante idea.

– ¿Y si hiciéramos lo que hemos hecho durante nueve años, señor? ¿Dividir en dos nuestro ejército y tratar de abrir una cuña entre sus filas? A un tercio de legua desde aquí, el Escamandro forma un inmenso recodo y se interna hacia los muros de la ciudad. Héctor ya ha tomado ese camino. Si podemos hacer que se extiendan por el cuello del recodo, podríamos utilizar el segundo ejército para empujar a la mitad de ellos por lo menos hasta el bucle del meandro, mientras que el resto de nosotros sigue conduciendo a la otra mitad en dirección a Troya. Aunque no consigamos gran cosa con los que huyan hacia la ciudad, podremos acabar con los que queden encerrados en los brazos del Escamandro.

Era un plan excelente y Agamenón no tardó en comprenderlo.

– De acuerdo. Aquiles y Áyax, tomad las unidades que prefiráis de los tiempos del segundo ejército y enfrentaos a cuantos troyanos podáis atrapar en el recodo del Escamandro.

Yo sentí cierta rebeldía.

– Sólo si te aseguras de que Héctor no se refugia en la ciudad.

– De acuerdo -replicó Agamenón al punto.

Cayeron en la trampa como pececillos en una red. Condujimos a los troyanos a medida que llegaban a la altura del cuello del meandro, donde Agamenón cargó contra ellos con su infantería diseminando sus filas centrales. No tenían esperanzas de hacer una retirada ordenada mientras se enfrentaban a la enorme masa de hombres que él desplegaba. A la izquierda, Áyax y yo reteníamos nuestras fuerzas hasta que más de la mitad de los troyanos que huían comprendieron que se habían metido en un callejón sin salida, y entonces nosotros arremetimos contra su única vía de escape. Concentré mi infantería y los conduje hacia el meandro; Áyax marchó vociferando hacia la derecha haciendo lo mismo. Los troyanos, presa del pánico, se arremolinaban indefensos y retrocedían constantemente, hasta que sus filas posteriores se encontraron al borde del río. La masa humana que seguía retirándose ante nuestro avance los empujaba a su vez de manera inexorable, como ovejas al borde de un precipicio, y los que se encontraban detrás comenzaron a caer en picado en las sucias aguas.