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Salí tambaleándome del cauce del río y me senté agotado en la hierba empapada. Sobre mi cabeza el carro de Febo se encontraba algo más allá del cenit; habíamos luchado durante la mitad de su viaje por la bóveda celeste. Me pregunté dónde se encontraría el resto de mi ejército, y volví a la realidad avergonzado al comprender que me había absorbido de tal modo mi ansia de matar que había ignorado por completo a mis hombres. ¿Acaso nunca aprendería? ¿O mi instinto criminal era parte de una locura seguramente heredada de mi madre? Se oían gritos. Los mirmidones venían hacia mí y, a lo lejos, Áyax reconstruía sus fuerzas. Se veían griegos por doquier, pero ningún troyano. Subí a mi carro y le sonreí a Automedonte.

– Condúceme hasta Áyax, viejo amigo. Éste sostenía una lanza en su fuerte mano y tenía expresión ausente. Cuando me apeé aún chorreaba agua. -¿Qué te ha sucedido? -me preguntó. -He entablado un combate con el dios Escamandro. -Bien, y has vencido. Está agotado.

– ¿Cuántos troyanos han sobrevivido a nuestra emboscada? -Pocos -repuso con serenidad-. Entre nosotros dos hemos conseguido matar a quince mil. Tal vez otros tantos hayan regresado con el ejército de Héctor. Hiciste un buen trabajo, Aquiles. Tienes una sed de sangre incomparable. -Preferiría tu amor que mi ansia asesina. -Es hora de que regresemos con Agamenón -me dijo sin comprenderme-. Hoy he traído mi carro.

Marché con él en el suyo, aunque más bien parecía una carreta porque le faltaban cuatro ruedas, mientras Teucro viajaba en el mío con Automedonte.

– Algo me dice que Príamo ha ordenado la apertura de la puerta Escea -dije señalando hacia las murallas.

Áyax gruñó. A medida que nos aproximábamos se hacía evidente que no me equivocaba. La puerta Escea estaba abierta y el ejército de Héctor avanzaba por delante de Agamenón, frustrado por el gran número de troyanos que se acumulaban ante la entrada. Miré de reojo a Áyax con expresión iracunda.

– ¡Al Hades con ellos! ¡Héctor ha entrado! -gruñó. -Héctor me pertenece, Áyax. Tú ya tuviste tu oportunidad.

– Lo sé, primito.

Nos introdujimos lentamente entre las fuerzas de Agamenón y acudimos en su busca. Como de costumbre, se hallaba con Ulises y Néstor y fruncía el entrecejo. -Están cerrando la puerta -le dije.

– Héctor los ha apiñado tan densamente que no tenemos posibilidades de impedirles el acceso… ni oportunidad alguna de intentar asaltarlos. La mayoría de ellos ya ha conseguido entrar. Han escogido dos destacamentos deliberadamente para que se queden fuera y Diomedes trata de persuadirlos para que se sometan -dijo Agamenón. -¿Y qué hay de Héctor? -Creo que ha entrado. Nadie lo ha visto. -¡El canalla! ¡Sabe que lo busco!

Aparecían otros compañeros: Idomeneo, Menelao, Menesteo y Macaón. Observamos todos a Diomedes, que remataba a los que se habían ofrecido a quedarse fuera, gente razonable, pues al ver que se exponían a la aniquilación se rindieron. Diomedes, que valoraba su valor y disciplina, prefirió tomarlos prisioneros en lugar de matarlos. Se acercó a nosotros alborozado.

– Quince mil hombres exterminados en el Escamandro -anunció Áyax.

– Mientras nosotros sólo hemos perdido unos mil -repuso Ulises.

Los soldados que descansaban detrás de nosotros profirieron un profundo suspiro. En aquel momento llegó a nuestros oídos tal grito de espantosa agonía de la torre de vigilancia que interrumpimos nuestras risas.

– ¡Fijaos! -dijo Néstor señalando agitado con su huesudo dedo.

Nos volvimos lentamente. Héctor se apoyaba en los clavos de bronce de la puerta, en la que apoyaba su escudo y dos lanzas en la mano. Vestía mi armadura dorada con el añadido escarlata entre el penacho del casco y el tahalí de brillante púrpura destellante de amatistas que Áyax le había regalado. Yo, que nunca me había visto ataviado con aquel equipo, pude comprobar lo bien que le sentaba a cualquiera que lo llevase, y en especial a Héctor. En el instante en que Patroclo se lo puso, debía haber imaginado que lo condenaba a un destino fatal.

Héctor recogió su escudo y avanzó unos pasos.

– ¡Aquiles! -llamó-. ¡Me he quedado para que nos enfrentemos!

Crucé una mirada con Áyax, que asintió. Cogí mi escudo y a Viejo Pelión de manos de Automedonte y le entregué el hacha. No podía insultar a alguien como Héctor con una hacha.

Con la garganta oprimida por el temblor y la alegría me aparté de las filas de los soberanos y acudí a reunirme con él midiendo mis pasos, como quien se dispone al sacrificio; yo no empuñaría la lanza ni tampoco él. Nos detuvimos a tres pasos de distancia, decididos ambos a descubrir qué clase de hombre era el otro, nosotros, que nunca nos habíamos visto a menor distancia que un tiro de lanza. Teníamos que hablar antes de que comenzase el duelo y nos aproximamos poco a poco, hasta que casi pudimos tocarnos. Yo miré sus ojos negros e imperturbables y comprendí que era en gran manera como yo. Salvo que su espíritu es puro, me dije. Es el perfecto guerrero.

Lo amaba mucho más que a mí mismo, más que a Patroclo, a Briseida o a mi padre, porque era yo mismo en otro cuerpo; él era el precursor de la muerte, tanto si me asestaba el impacto mortal como si yo duraba unos días más hasta que algún otro troyano acabase conmigo. Uno de los dos debía perecer en el duelo; el otro, poco después, porque así se había decidido cuando se entretejieron los hilos de nuestros destinos.

– Han sido muchos años, Aquiles -comenzó.

De pronto se interrumpió, como si no pudiera expresar sus sentimientos con palabras.

– Héctor, hijo de Príamo, ojalá hubiéramos podido ser amigos. Pero no puede olvidarse la sangre que ha corrido entre nosotros.

– Mejor morir a manos de un enemigo que de un amigo -respondió-. ¿Cuántos hombres han perecido en el Escamandro?

– Quince mil. Será la caída de Troya.

– Sólo cuando yo haya muerto. No lo verán mis ojos.

– Ni los míos.

– Ambos hemos nacido sólo para la guerra. Lo que de ella resulte no nos importa, y me place que así sea.

– ¿Está tu hijo en edad de vengarte, Héctor?

– No.

– Entonces te llevo ventaja. Mi hijo vendrá a Troya a vengarme, y Ulises procurará que el tuyo no viva lo suficiente para lamentar su escasa edad.

Se le mudó el rostro.

– Helena me advirtió de que desconfiase de Ulises. ¿Es hijo de un dios?

– No, su padre es un villano. Yo lo consideraría el espíritu de Grecia.

– Ojalá pudiera prevenir a mi padre sobre él.

– No vivirás para ello.

– Acaso acabe yo contigo, Aquiles.

– Si lo haces, Agamenón ordenará que te reduzcan.

Permaneció unos instantes pensativo.

– ¿Dejas mujeres que lloren por ti? ¿Un padre?

– No moriré olvidado.

Y en aquel momento nuestro amor ardió con más fuerza que nuestro odio. Tendí bruscamente la mano antes de que aquellos fervientes impulsos pudieran morir en mí. Héctor me cogió por la muñeca.

– ¿Por qué te has quedado para enfrentarte conmigo?

Apretó los dedos y el dolor ensombreció su rostro.

– ¿Cómo podía regresar? ¿Cómo mirar a mi padre sabiendo que por mi irreflexión y necedad hemos perdido tantos miles de hombres? Debía haberme retirado a Troya el día que maté a tu amigo, el que vestía tu armadura. Polidamante me advirtió de ello, pero yo no le hice caso. Deseaba enfrentarme contigo. Ésa es la verdadera razón por la que mantuve nuestro ejército en la llanura.

Retrocedió unos pasos, me soltó el brazo y de nuevo me miró como a un enemigo.

– Te he estado observando con esa hermosa armadura de oro, Aquiles, y he decidido que debe de ser de oro macizo y que su peso ha de abrumarte. Mi armadura es mucho más ligera. Por ello, antes de que crucemos nuestras espadas, te desafío a una carrera.

Y, tras pronunciar aquellas palabras, puso pies en polvorosa. Permanecí unos instantes inmóvil y eché a correr tras él. Una idea inteligente la tuya, Héctor, pero has cometido un error. ¿Por qué intentar alcanzarlo? En breve él tendría que volverse y enfrentarse conmigo. A un cuarto de legua de la puerta Escea, en dirección a nuestro campamento -su dirección-, las murallas de Troya proyectaban un enorme contrafuerte hacia el sur y allí le interceptó el paso el ejército griego.