Eve sabía, mejor que nadie, lo obstinado que podía ser Joe.
– Voy a ir a Atlanta. Necesito ver a Kessler. Me encontraré contigo en el estacionamiento de Hardee, en Dekalb, mañana a las diez de la mañana. Está a unas seis cuadras de Emory.
– Bien. -Joe permaneció en silencio varios segundos. -¿Cómo es de grave todo esto, Eve?
– Un espanto. No podría ser peor.
– Sí que podría ser peor… Si no me tuvieras a mí para ayudarte a arreglar las cosas.
Ella esbozó una sonrisa temblorosa.
– Es cierto… Eso sería peor. -Una idea le vino a la mente. -¿Puedes conseguir una fotografía de la asistente de Logan, Margaret Wilson y enviársela a mamá? Dile que Margaret es la que irá a ayudarla.
– ¿Ayudarla a qué?
– Va a encargarse de que mamá vaya a algún lugar donde esté a salvo.
– De eso me voy a encargar yo -replicó Joe con dureza-. No necesitas ayuda de nadie más.
– No me hagas esto, Joe. Necesito toda la ayuda posible. ¿Le llevarás la fotografía?
– Por supuesto. Pero más vale que tengas una muy buena razón para no haber confiado en mí.
– Pero si confío en… -Tal vez comprendiera cuando ella le explicara todo. Recordó otra cosa. -¿Y me consigues también una fotografía de James Timwick y de un hombre llamado Albert Fiske, que trabaja para él? Tráelas contigo mañana.
– No va a haber problema con Timwick. Sale en las noticias con frecuencia, ¿pero quién es Albert Fiske?
– Un nombre al que tengo que ponerle una cara. Hasta mañana, Joe. -Oprimió el botón para finalizar la conversación.
Lakewood. Dios Santo, Lakewood.
Guardó el teléfono en la cartera y se puso de pie. Podía oír el televisor en la habitación contigua. Logan y Gil ya se habrían enterado del asunto de Lakewood.
Seguramente Logan ya lo sabía de antes. Su abogado hacía el trabajo de detective y era el dinero de Logan lo que había sacado a la luz todos los hechos sobre su pasado.
Otra vez Logan. Maldito sea.
Gil y Logan levantaron la vista cuando ella entró en la habitación.
– La trama se complica -comentó Logan y apagó el televisor.
– Sí, yo estoy loca y usted está muerto -replicó ella-. Quieren asegurarse de que se nos haga bien difícil movernos.
– Difícil no, imposible -la corrigió Gil-. ¿Estuviste realmente en Lakewood?
– Pregúntale a Logan.
Logan sacudió la cabeza.
– A mí no me dieron esa información. Supongo que Novak se la guardó para vendérsela a Timwick.
– ¿Usted sabía que él estaba tratando con ellos?
– Tenía mis sospechas. Novak es ambicioso. -Hizo una pausa. -Pero la pregunta es cuan valiosa es esa información para ellos. ¿Cuánto tiempo estuviste en Lakewood?
– Tres semanas.
– ¿Quién te internó?
– Joe.
– Cielos, las autoridades. No es una buena imagen.
– ¡No fueron las autoridades! -se defendió Eve con ferocidad-. Fue Joe.
– Quinn estaba con el FBI en ese entonces.
– Ellos no sabían nada del tema. Nadie sabía nada, ni siquiera mi madre.
– Ella es tu familiar más cercano. Tienen que habérselo dicho.
Eve sacudió la cabeza.
– Lakewood no es una institución pública. Es un pequeño hospital privado del sur de Georgia. Joe me internó bajo otro nombre. Anna Quinn. Les dijo que yo era su esposa.
– ¿Y fuiste por voluntad propia?
Eve esbozó una sonrisa torcida.
– No, Joe puede ser una topadora cuando quiere. Me hizo ir por la fuerza.
– ¿Por qué?
Eve no respondió.
– ¿Por qué, Eve?
Qué diablos, de todas formas se enteraría.
– La noche que ejecutaron a Fraser tomé una sobredosis de sedantes. Me alojaba en un motel cercano a la prisión. Joe vino a ver cómo estaba y me encontró. -Eve se encogió de hombros. -Me hizo vomitar varias veces y caminar por esa maldita habitación hasta que estuve fuera de peligro. Después me llevó a Lakewood. Se quedó allí conmigo durante tres semanas. Al principio quisieron sedarme, pero él les dijo que no me había llevado allí para eso. Me hizo hablar con todos los psicólogos del lugar. Me hizo hablar de Bonnie, de Fraser, de mi madre. Caray, hasta me hizo hablar de mi padre y yo no lo había visto desde que era bebé. -Hizo una mueca. -Pero, evidentemente, no le pareció que me había abierto lo suficiente con los amables médicos, así que después de tres semanas, me sacó de allí, me llevó a la Isla Cumberland y me hizo quedar allí otra semana.
– ¿La isla Cumberland?
– Es una isla salvaje cerca de la costa. Hay un solo hotel, pero Joe no reservó allí. Acampamos al aire libre y me aplicó su propia terapia.
– ¿Y con él sí te abriste?
– No me dio opción. -Sonrió a pesar de sí misma. -Ya les dije, cuando se le mete algo en la cabeza… El no iba a permitir que me volviera loca o me matara. Simplemente no lo iba tolerar. Así que me las tuve que arreglar.
– Ese Quinn sí que es un personaje -comentó Gil.
– Oh, sí. De eso no hay dudas. No hay nadie como él. -Eve fue a la ventana y contempló el mar. -Luché contra él como una leona. Pero no hubo caso, no me dejó abandonarme.
– Ojalá hubiera enterrado mejor los registros de Lakewood.
– Lo mismo digo. En el vecindario donde me crié había muchos locos, pero tenías que estar realmente chiflado para ir a un hospital psiquiátrico. Pero Joe no piensa como nosotros. Es muy directo. Si algo se rompe, hay que traer un experto para arreglarlo. No veía que hubiera ningún estigma en el hecho de estar en un hospital psiquiátrico. Eso no le hacía ninguna mella.
– ¿A ti te asustaba?
Eve no respondió por un instante.
– Sí -dijo por fin.
– ¿Por qué?
– Tenía miedo de que fuera el sitio donde me correspondía estar -masculló.
– Qué absurdo. Cualquiera hubiera tenido una crisis de haber estado sometido al estrés que sufriste tú.
– ¿Y qué distancia hay entre una crisis y volverse loco? Uno nunca se da cuenta de que camina por la cornisa hasta que no resbala y ve el abismo debajo.
– Pero tú luchaste contra eso.
– Joe me sacó de un tirón. -Cruzó los brazos contra el pecho. -Después sentí una profunda ira y me enfurecí conmigo misma. Fraser no iba a quitarme nada más. Ni la vida ni la salud mental. No iba a dejarlo ganar. -Se volvió hacia Logan. -Como tampoco lo voy a dejar ganar a Timwick ni a ella. La pregunta es cómo vamos a impedir que logren que todo el mundo crea que estoy loca.
– No podemos hacerlo, al menos por ahora. Estamos a la defensiva -explicó Logan-. No podemos hacer nada hasta que tengamos un arma para lanzar un ataque.
Eve ya lo sabía pero había estado esperando buenas noticias, no toparse de frente con la realidad.
– ¿Llamó a Margaret?
Logan asintió.
– Ya está en camino.
– ¿Adónde llevará a mi madre?
– Está haciendo arreglos con el servicio de seguridad que vigila a tu madre ahora. Le dije a Margaret que quiero que se lleven por lo menos un guardia a cualquier lugar donde decidan ocultarla. ¿Le avisaste a Sandra que va a ir Margaret?
– Sí, y le dije a Joe que se encuentre con nosotros mañana en Atlanta. -Vio cruzar una expresión casi imperceptible por el rostro de Logan y exclamó. -¿Qué pasa, hay algún problema?
– No. Tal vez no sea buena idea involucrarlo, nada más. Cuanto menos gente…
– No me venga con pavadas. -Pasó por alto el hecho de que esa misma había sido su reacción inicial. -Confío más en él que en usted o en Gil.
– Entiendo por qué. -Gil se puso de pie. -No veo la hora de conocer al interesante señor Quinn. Creo que iré a caminar un poco. ¿Quieres venir, John?