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El placer que se obtiene del poder es una potente motivación. El poder de Fraser provenía de matar. La motivación de Lisa Chadbourne era mucho más complicada, por supuesto, y posiblemente hasta más letal todavía. La sed de poder en escala global podía ser mucho más dañina que la sed de poder en escala personal.

Al diablo con la escala global. Nada podía ser peor de lo que le había sucedido a Bonnie. El mundo estaba hecho de historias personales, tragedias personales y los actos brutales que había cometido Fraser eran tan ruines y malvados como el asesinato perpetrado por Lisa Chadbourne.

El asesinato era siempre asesinato. Habían tomado una vida y la vida era sagrada. No estaba convencida de que Detwil fuera tan peligroso como decía Logan. No sabía nada de política ni de tramas diplomáticas, pero sí conocía todo sobre el asesinato. Había vivido con él, comido con él, dormido con él. Y vaya si lo aborrecía.

– Sigue vigilando a la madre, James. -Lisa frunció el ceño mientras estudiaba el expediente de Duncan en la computadora. -Es evidente que ella tiene debilidad por la madre. Creo que podríamos encontrar una forma de utilizarla.

– La estoy vigilando -respondió Timwick-. No dejé de vigilarla en ningún momento. Creemos que Duncan la llamó esta mañana. Habló por un teléfono digital, pero teníamos un hombre con un amplificador afuera de la casa. Pudimos captar solamente segmentos de la conversación, pero estoy casi seguro de que Duncan está tratando de sacar a la madre de en medio.

Astuta. Exactamente lo que hubiera hecho ella, Lisa. Eliminar todos los puntos débiles.

– Que no suceda. Encárgate del asunto.

– ¿En forma permanente?

Caray, Timwick proponía la violencia como solución a cualquier cosa.

– No, podemos llegar a necesitarla.

– Está custodiada por Seguridad Madden, el equipo de Logan y por el Departamento de Policía de Atlanta. Puede llegar a ser difícil hacer un trabajo limpio.

– Inténtalo. Envía a Fiske. Hizo un trabajo excepcional con Barrett House. ¿Qué hay del antropólogo forense?

– Tenemos vigilado a Crawford, de la Universidad Duke.

– ¿Y la gente con la que trabajó Eve Duncan?

– Estamos yendo paso a paso con esa lista. Es algo que lleva tiempo.

– No tenemos tiempo. No debería ser tan difícil. Tendría que ser alguien con capacitación para trabajar con ADN y experiencia en el tema.

– Hay más gente de lo que piensas capacitada para trabajar con ADN. Es la ola del futuro.

– Tenemos que achicar esa lista. Envíamela, la haré yo. -Miró el reloj. -Me tengo que ir, tengo una reunión. Volveré a ponerme en contacto contigo.

Cortó y se dispuso a cerrar el expediente de Eve Duncan, pero vaciló y se quedó mirando la imagen de Eve.

Eve se estaba moviendo aprisa para evitar más daños. Lisa tenía el presentimiento de que ella trataría de salvar a su madre aun a pesar de que Sandra no parecía haber hecho demasiado por ella. Había dejado crecer a su hija en las calles y no había movido un dedo para evitar que quedara embarazada y tuviera esa hija ilegítima.

Sin embargo, era evidente que Eve había perdonado a su madre y le era muy leal. La lealtad era una cualidad difícil de encontrar y muy valiosa. Cuanto más estudiaba Lisa el expediente de la mujer, más le parecía que empezaba a conocerla… Y a admirarla. Encontraba muchas similitudes entre ambas. Los padres de Lisa habían sido cariñosos y abnegados, pero ella también había salido de la pobreza con mucho trabajo y había luchado con uñas y dientes contra el sistema.

¿Pero qué estaba pensando? Se dijo con impaciencia. No podía perder objetividad ni determinación nada más que porque comenzaba a sentir que comprendía a Eve Duncan. Había tomado un camino determinado y ahora debía seguirlo hasta el final.

Sin importarle quién se le pusiera enfrente.

CAPITULO 14

– Bueno, llegaron -comentó Joe con tono áspero mientras se acercaba al coche-. Me sorprende. Esto no es precisamente un cero kilómetro.

– Llama menos la atención. -Logan bajó del asiento del conductor y se paró frente a él. -¿Hubiera preferido que trasladara a Eve de un lado a otro en un Lamborghini rojo?

– Preferiría que no la trasladara a ninguna parte. -Joe miró a Logan. -Preferiría que nunca se hubiera enterado de su existencia, maldito canalla.

Cielos, qué enojado estaba, pensó Eve. Joe tenía un aspecto amenazador que ella nunca le había visto y Logan estaba tenso como un perro de guardia. Ella se apresuró a bajar del automóvil.

– Sube al asiento trasero conmigo, Joe. Logan, usted conduzca hasta Emory.

Ninguno de los dos hombres se movió.

– ¡Diablos, no se dan cuenta de que llaman la atención! Sube, Joe.

Joe subió de mala gana.

Eve respiró aliviada y dijo:

– Vamos, Logan, conduzca. -Acto seguido, subió ella también.

Logan volvió a su lugar en el asiento del conductor y puso el motor en marcha.

– ¿Le mandaste la fotografía de Margaret a mi madre? -preguntó Eve a Joe.

– Anoche -respondió él, con la mirada fija en la nuca de Logan-. Yo mismo revisé la zona y me topé con el equipo de seguridad de él. Casi tuve que arrestarlos antes de que me mostraran su identificación.

– ¿Vio a alguien más? -preguntó Logan.

– No, no me di cuenta de nada. No han montado ninguna operación obvia de vigilancia.

– Nunca harían nada obvio. Además, son buenos. Y tienen los mejores equipos.

– ¿Por qué? -Joe se volvió hacia Eve. -¿Qué diablos está pasando? Dímelo.

– ¿Me trajiste las fotografías de Timwick y Fiske?

Joe buscó dentro del bolsillo del saco y extrajo un sobre.

– A propósito, hice averiguaciones sobre este tal Fiske y es de lo peor. No deberías ni estar a un kilómetro de ese mal nacido.

– Lo intentaré. -En la foto, Fiske no parecía desagradable, pensó Eve, distraídamente, sino que más bien tenía el aspecto del estereotipo del mayordomo. Ojos castaño claro levemente desenfocados. Nariz larga y aristocrática y un prolijo bigotito. Si bien no parecía tener más de treinta y ocho años, el cuidado cabello castaño tenía canas en las sienes y estaba bien retirado de la ancha frente.

El que no tenía nada de aristocrático, por cierto, era James Timwick. Una cara ancha, de aspecto casi eslavo y ojos celeste pálido. Era más joven de lo que Eve había creído, debía de tener unos cuarenta y tres años y pelo renegrido.

– Ahora cuéntame por qué me pediste que te las trajera -exigió Joe.

Porque necesitaba verle la cara al enemigo, a los hombres que pueden querer matarme. No era una buena explicación para darle a Joe, que estaba cercano al punto de ebullición.

– Pensé que podían llegar a ser de utilidad. -Guardó las fotografías en la cartera.-Gracias, Joe.

– No me agradezcas. Dime lo que necesito saber.

Tenía que intentarlo por última vez.

– No hay nada que necesites saber. Preferiría que te quedaras afuera de esto.

– Cuéntame ya.

Eve aceptó, resignada, el hecho de que Joe no iba a dejarse convencer.

– Está bien, pero deja que te lo cuente a mi manera. No trates de interrogarme, Joe.

Para cuando Eve terminó de hablar, hacía diez minutos que estaban en el estacionamiento de Emory.

Joe no dijo nada durante varios instantes, sino que se quedó mirando el maletín de cuero que estaba junto a los pies de Eve.

– ¿Ahí está él?

– Sí.

– Es bastante difícil de creer.

– Estoy de acuerdo contigo -repuso ella-. Pero es Ben Chadbourne, Joe.

– ¿Estás segura?