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Me puse hecha una furia. Anticipé el viaje de vuelta a Zamora, y estuve sin escribirle ni hablarle años enteros, a pesar de todo lo que la había querido. Pero fue verdad que tu padre no cambió. En eso tuvo razón, pero no en que no debería amarle. El amor es otra cosa, no tiene que ver con la felicidad. Y creo que si pudiera dar marcha atrás y empezar otra vez mi vida, volvería a buscarle por todas las comisarías del mundo. Hay una película que se titula Sólo se vive una vez. Trabajan en ella Henry Fonda y Sylvia Sidney, y es una de esas historias de amantes desgraciados a los que el destino les juega malas pasadas. Henry Fonda es un delincuente de poca monta condenado tres veces pero acusado de un asesinato que no ha cometido. Decide entonces escapar de la cárcel, pero esta decisión y la fatalidad le impiden seguir un camino recto, a pesar de contar con el apoyo de Sylvia Sidney, la mujer que le ama. El final no puede ser más conmovedor. Ella lo deja todo por seguirle, y ambos escapan tratando de alcanzar la frontera. Pero la policía les ha tendido una trampa y les dan el alto en la carretera. Empiezan los disparos y tienen que abandonar el coche e internarse en el bosque. Y cuando ya se creen a salvo, uno de los disparos alcanza a la chica. Henry Fonda la coge en sus brazos y sigue la marcha con ella, hasta que, agotado, se detiene junto a un árbol. Es una noche radiante, con el cielo cuajado de estrellas, y ella se le queda mirando conmovida y le dice: Lo volvería a hacer. Fíjate, se está muriendo y le dice que no le importa, que volvería a morir todas las veces que hiciera falta si ése era el precio que tenía que pagar por estar junto a él. Y eso me pasaba a mí con tu padre. Terminamos de la peor manera posible, durmiendo en camas separadas, casi sin hablarnos, como dos extraños, y sin embargo, si pudiéramos retroceder a aquella mañana en que yo estaba en la joyería y él entró casualmente a comprar una medalla, me volvería a enamorar de él. Cuando dos personas se aman, no lo hacen de la misma manera. Siempre hay uno más fuerte y otro más débil, y el más débil es siempre el que se entrega sin reservas. Ese papel me tocó desempeñarlo a mí y no me arrepiento. Muchas veces, al ver actuar a muchas mujeres, me he preguntado si les interesa de verdad el amor. Llevan a sus amantes o a sus maridos del brazo, como si fueran bolsos, sólo por lucirse con ellos, pero no quieren saber nada del amor. En cambio, hay otras que lo llevan escrito en el rostro. Cuando las veo siempre pienso que terminarán sufriendo, porque a los hombres no les gusta que se les desee. Y yo lo hacía, a todas horas, en todas las situaciones, lo que a tu padre acabó sacándole de quicio. Sí, lo que al principio le hacía gracia, que me presentara en la comisaría a buscarle, que me inventara cualquier excusa para llamarle por teléfono al trabajo, que cuando íbamos por la calle sólo quisiera ir abrazada a él, terminó por hartarle. Eres una pesada, me decía, no me dejas ni respirar.

A veces me despertaba por la noche y él no estaba a mi lado. Me levantaba sin hacer ruido y le sorprendía en el salón, fumando, con los ojos fijos en la ventana. Era como si estuviera escuchando voces que yo no llegara a percibir, voces perdidas que le decían sígueme. Y hubo noches en que lo hacía. Se vestía en silencio y se iba sin decirme nada. Una vez oí ruidos y me levanté. Le sorprendí junto a la puerta, a punto de marcharse. Es muy tarde, le dije, ¿adónde vas?

Sus excusas eran casi siempre las mismas, que había quedado con uno de sus confidentes o que un compañero le había llamado para que fuera en su ayuda. Pero esta vez se limitó a llamarme a su lado y me abrazó contra su pecho. Escucha, me dijo. Estuvimos un rato así, abrazados, con los ojos cerrados, escuchando. Le sentía respirar, oía los latidos de su corazón y el ruido lejano de algún coche que pasaba por la calle a esas horas. Pero sabía que él oía otras cosas, y que tarde o temprano se iría tras ellas como hacen los gatos.

III

Hay una foto de mi madre que fue siempre mi preferida. Está con dos amigas en un puente. Es muy joven y se apoya en la barandilla con los brazos estirados, a punto de saltar. El viento tensa la falda sobre sus piernas, como la vela de una barca. Lleva un pañuelo en la cabeza y mira a la cámara de una forma desafiante. Puedo hacer lo que quiera, parece estar diciendo. Incluso arrojarse al vacío, como esas aves que se posan en los acantilados y que momentos después vemos planeando en el aire.

Fue por aquel entonces cuando conoció a mi padre, que estaba en Zamora completando sus prácticas de policía. Mi padre era un poco la oveja negra de la familia. Al contrario que su hermano, que hizo una carrera universitaria y siempre tuvo puestos relevantes en la sociedad de entonces, mi padre nunca terminó los estudios. Él decía que había sido a causa de la guerra, pero lo cierto es que la universidad nunca le gustó, y si había empezado la carrera de derecho era por complacer a su hermano. Mi padre era muy distinto de él, más alocado e inconstante. Le gustaba pasárselo bien, aunque los estrictos preceptos religiosos que gravitaban sobre la familia se empeñaran en prohibírselo. Durante los años de la República, que fueron sus años universitarios, formó parte de los grupos de fascistas que querían la creación de un Estado Nuevo que engrandeciera la idea y la unidad de la Patria. Tenía la misma edad que Girón, y participó con él en muchas de aquellas pendencias que alteraron la vida de la ciudad, y que serían el preámbulo de la Guerra Civil.

Aunque después de la guerra habría podido regresar a la universidad, no quiso hacerlo. Un amigo le habló de la policía, diciendo que con una prueba muy sencilla podría aspirar a una plaza de comisario, y mi padre se presentó a esa prueba. Su segundo destino fue Zamora y la foto del puente es de unos meses antes de hacerse novios. Hay otras fotos de esa época. En una de ellas, están los dos junto a la catedral. Mi padre lleva un abrigo muy largo y un sombrero que le da un aire de galán cinematográfico. Está fumando un pequeño puro y sonríe a la cámara con una pintita de malicia en el rostro, como si estuviera diciendo: ¿A que no sabes de dónde venimos? Mi madre no puede estar más guapa. Lleva un abrigo de piel y el pelo negro formando una ola justo encima de la frente. Una ola con una leve depresión en el centro. Tiene los labios y los ojos levemente pintados, y las mejillas tersas y limpias como si les hubiera sacado brillo frotándoselas con la manga del jersey. Guantes de cuero negro y unos zapatos con plataforma, de esos que hacen que las piernas de las chicas parezcan suspendidas en el vacío. Está cogida del brazo de mi padre y se les ve muy felices, aunque hay algo extraño en la fotografía. La sombra de mi padre se proyecta sobre la pared, y es como si no estuvieran ellos solos y alguien les acompañara en secreto, esperando una ocasión para actuar.

Estaban viviendo los primeros tiempos de noviazgo, y sin duda se amaban de verdad. Aún vivía la abuela Tomasa. Era muy estricta y a mi madre no la dejaba ni respirar. Tenía dieciocho años y todavía le hacía llevar calcetines. Mi madre guardaba las medias en el bolso, y al salir de casa se las ponía a escondidas en el portal. Cuando empezó a salir con mi padre no cesó la vigilancia. Iban al cine, pero se tenían que marchar antes de que terminara la película, pues a las diez de la noche ella debía estar en casa sin excusa. Aun así, seguían yendo siempre que podían, pues era el único sitio donde, amparados por la oscuridad, podían besarse y estar a solas. A pesar de la vigilancia de la abuela, mi madre se quedó embarazada y tuvieron que precipitar la boda. En la sociedad puritana de entonces esto era un auténtico escándalo y la familia de mi padre no se lo perdonó. Pensaron que su embarazo había sido para forzar una boda que ellos no querían.