Al llegar la victoria, tenía el grado de teniente y, aunque pensó en quedarse en el ejército, abandonó la idea a causa de un enfrentamiento con uno de los oficiales. Así que ingresó en el cuerpo de policía. Lo hizo sin encomendarse ni a dios ni al diablo, y en su casa sólo se enteraron cuando tuvo en las manos el nombramiento de agente de tercera. La abuela Joaquina llegó a amenazarlo con desheredarle si persistía en su actitud, pero aunque la vida de policía era entonces muy dura y apenas se ganaba dinero, él no dio su brazo a torcer. Había unas plazas vacantes en Canfranc, en el Pirineo de Huesca, y pidió ese destino con otros dos compañeros de promoción. No le vieron en tres años. Se ocupaban de guardar la frontera y cobraban por ello un plus especial, que mejoraba su exiguo sueldo. Luego le destinaron a Zamora, donde conoció a mi madre. Eso fue en el año 1944, cinco años después de terminada la guerra.
En el ejército había hecho de radiotelegrafista y en todo ese tiempo había trabajado en la Brigada de Información. Pero a mi padre lo que le gustaba era la calle y, al llegar a Zamora, se cambió a la Brigada Criminal. La llamaban el pringue, y el trabajo consistía en escuchar a prostitutas y carteristas. Tenía mucha libertad y el trabajo no era especialmente conflictivo. No había grandes delitos, y hasta los delincuentes respetaban a la autoridad. Mi padre solía contar cómo una vez fueron a recoger a un espadista a Miranda de Ebro y le dejaron en un vagón de tercera mientras ellos se iban con el revisor. Estuvieron todo el viaje jugando a las cartas y, al llegar a Zamora, fueron a por el detenido, que no se había movido del asiento.
A mi madre le ocultó al principio su verdadero trabajo. Le dijo que trabajaba de funcionario, y ella no preguntó más. Uno de sus hermanos le fue con el cuento y le dijo que era policía secreta. Ella al principio se disgustó mucho, pero enseguida empezaron los problemas con la familia de mi padre a causa de su noviazgo, y entonces le apoyó. Hasta llegó a ver con buenos ojos que fuera policía, ya que lo había elegido en contra de los deseos de su familia. Pronto comprobaría los inconvenientes de aquella profesión. Mi padre no tenía un horario fijo, y nunca sabía si iba a volver o no a casa por la noche. Enseguida nació mi hermano, y ella se pasaba las horas en vela llorando, con el niño en los brazos, esperando que él regresara. Aún más, le bastó con conocerle un poco para darse cuenta de que le gustaba frecuentar aquellos ambientes turbios. El deseo de separarle de ellos se acentuó cuando nací yo. Mi madre tenía una familia que defender y no podía aceptar que su marido no estuviera a su lado para ayudarla. Una tarde, paseando por el Campo Grande, el parque de la ciudad, pasó algo que nunca olvidó. Yo iba en el cochecito y mi hermano tenía tres años. Mis padres estaban cruzando una de las grandes islas de sombra que formaban las ramas en el suelo cuando se encontraron con unas mujeres. Iban vestidas de una forma llamativa y saludaron a mi padre como a un viejo conocido. Él fue a su encuentro, y estuvieron hablando un rato. Mi madre no oyó qué le decían, pero las vio colgarse de sus brazos y acariciarle sin que les importara que ella estuviera viéndolo todo. Una de las mujeres se inclinó hacia el oído de mi padre y le dijo algo que a él le hizo reír de una forma exagerada y extraña, como si hubiera perdido la razón. Nunca le había visto reírse así y, cuando regresó, mi madre le preguntó quiénes eran aquellas mujeres. Mi padre le dijo que prostitutas, y que en la policía se servían de ellas como confidentes porque nada escapaba a su control. Y añadió:
– Los hombres en la cama hacen confidencias que jamás harían en otro lugar.
Mi madre quiso saber de qué se había reído. Y mi padre negó haberlo hecho.
– Sí, lo has hecho -insistió ella-. Era como si te rieras de nosotros.
Mi padre se enfadó con ella y le dijo que bastante tenía con trabajar hasta en sus horas libres, sin tener ni un momento de paz, como para que ahora encima se lo reprochara. Ella no insistió, y continuaron el paseo en silencio. El Campo Grande estaba lleno de pavos reales, y uno de ellos se puso delante y extendió su cola inmensa. Mi madre se fijó en aquellos dibujos que parecían ojos, en el color azulado de las plumas del cuello, en su pequeña cresta y en su cabeza minúscula. Poseía una belleza disparatada, como dictada por el capricho, y al ver su paso desafiante y esquivo, a ella le pareció que mi padre era como esos animales, que también él tenía otra vida que empezaba justo donde terminaba la suya. Una vida abierta a otros deseos y otras palabras, de las que ella apenas sabía nada. Aún más, como si su verdadera vida fuera ésa, y no la que llevaba en casa. Su vida secreta de pavo real. No me conoces, decía esa vida, donde yo voy tú no puedes seguirme. Pero ella no quería seguirle, sino mantenerlo a su lado, como si hubiera comprendido de pronto la verdadera naturaleza del mundo.
La muerte de mi hermano la puso al borde de la locura. Entonces, y por una razón que tardaría años en descubrir, se enfrentó a mi padre. Le culpaba de lo que había pasado. Fue una lucha sorda que se prolongó varios años. Finalmente, mi padre empezó a ausentarse de casa. Pasaba la noche en hoteles de poca monta, y terminó por alquilar un pequeño piso. Un día mi madre y yo fuimos a espiarle y le vimos subir con una mujer. Era muy joven, y mi padre la miraba lleno de felicidad. Mi madre ni siquiera lloró. Ya no tenía fuerzas para hacerlo, para reprocharle sus frecuentes infidelidades. Sabía que existían pero no decía nada, tal vez porque se daba cuenta de que había dejado de ser una buena esposa y la vida a su lado se había vuelto insoportable. Era lógico que mi padre buscara en otras mujeres lo que ella no sabía darle.
Recuerdo que en esa época yo sacaba a menudo las viejas fotografías. Me gustaban sobre todo aquellas en que mi padre y mi madre estaban juntos. ¿Qué había sido de ese tiempo? ¿Siempre era así, y la felicidad apenas duraba un instante? Hay un tiempo de nacer y otro de morir. Un tiempo para plantar y un tiempo para cosechar. Un tiempo para los lamentos y un tiempo para las danzas. Un tiempo de abrazarse y otro para separarse. Así está escrito en el Eclesiastés. Todos tenemos un tiempo de felicidad en la tierra y el suyo fue cuando conoció a mi padre y nacimos nosotros. Recuerdo que ella venía todas las noches a nuestro cuarto, y mientras nos entraba el sueño no paraba de hablarnos de ese tiempo. De lo guapo que era mi padre, y de la envidia que sentían sus amigas al verlos paseando juntos, y de cómo se lo comían con los ojos. Una vez se presentaron juntos a un concurso de bailes de salón y lo ganaron sin esfuerzo. Cuando subieron al escenario a que les dieran la pequeña copa, los aplaudieron como a dos estrellas de cine. Ella nos hablaba de su vida, como si niños y adultos no fueran tan distintos y todo lo que nos contara lo pudiéramos entender, porque las cosas importantes eran iguales para todos. Mi madre era muy religiosa y, como todas las mujeres de entonces, obedecía sin rechistar las prédicas de los sacerdotes, pero en el fondo creo que pensaba que nada de lo que se hiciera por amor podía ser pecado. Por eso no se avergonzaba de su embarazo. Es más, hablaba de ello con naturalidad, como si en el fondo estuviera orgullosa de que hubiera sucedido así. Orgullosa del lío que se había armado en su casa, hasta el punto de que uno de sus hermanos había llegado a atarla para que no se escapara, y sobre todo en la de mi padre.
– A la abuela Joaquina -nos contaba riéndose- estuvo a punto de darle un ataque cuando se enteró.
Mi madre pensaba que la había vencido, que la vida que había en su cuerpo era más fuerte que los prejuicios de la abuela. Pero la realidad fue mucho más amarga, una locura que estuvo a punto de acabar con su relación con mi padre. La presión de su familia fue enorme, y mi padre llegó a dudar de que una boda como aquélla le conviniera. Con la connivencia de los jesuitas, le llevaron casi a la fuerza a Villagarcía de Campos, a la gran colegiata que tenían allí como seminario y casa de espiritualidad. Tenía que convivir con los seminaristas, y por las noches cerraban con llave la puerta de su celda. Pero una noche se escapó. Se descolgó por la ventana, haciendo una cuerda con unas sábanas atadas. Recorrió a ciegas los campos hasta llegar a un pueblo en que, de madrugada, pudo coger un autobús. Esa misma tarde estaba en Zamora y fue a buscar a mi madre a la joyería, para prometerle que ya nada ni nadie les podría separar nunca. Ella decía que se había portado como un héroe y que hasta el abuelo Abel, que hasta entonces le había mirado con reserva, finalmente les dio su bendición. Siempre disculpaba a mi padre; decía que él no había tenido la culpa, y añadía: