No había una verdad absoluta, nada duraba para siempre, pues nuestra experiencia cambiaba sin descanso. Mi madre había luchado con todas sus fuerza por su felicidad. Creía tener la verdad absoluta, pero le faltaba enfrentarse a la muerte de su hijo. Entonces comprendió que no había ninguna verdad a la que agarrarse, que la verdad era un pozo negro que todo lo devoraba.
Es así como la recuerdo en los últimos tiempos. Sentada en su sillón de orejas, absorta en sus pensamientos. Por entonces yo solía salir de noche y, a mi regreso, me la encontraba esperándome. Siempre tenía el retrato de mi hermano sobre la mesa.
– ¿Por qué no te acuestas? -le decía.
– No puedo dormir.
Me sentaba a su lado y me quedaba un rato con sus manos entre las mías. Era la muerte de mi hermano lo que nos unía. La muerte podía ser algo tan vivo, concreto y cierto como la existencia.
A veces le daba por hablar.
– En la joyería me lo pasaba en grande. Entraba la gente a comprar, y enseguida sabía si necesitaban una medalla, unos pendientes o un anillo. Si buscaban esas joyas por devoción, porque estaban enamoradas o sólo por presumir. Todos pensaban que al mundo le faltaba luz, y a mí me gustaba ayudarles a conseguirla.
Había adelgazado mucho, pero seguía siendo muy guapa. Tenía una belleza escondida que crecía según la mirabas y la oías hablar. Sus ojos eran oscuros y densos, como bañados en miel. Yo tenía la costumbre de besarla suavemente cerca de la sien, donde nacía el cabello. Su piel era fina y tersa, casi como la de una muchacha. Continuaba hablando:
– Es extraño, sueñas con algo y recibes otra cosa completamente distinta.
No parecía triste, sino perpleja. Un día de repente me dijo:
– ¿Te acuerdas de cuando os iba a ver por la noche? ¿Cuando me acostaba con vosotros? No os cansabais de pedirme historias, y yo, para que os durmierais, os hacía cerrar los ojos. Era como estar en una habitación secreta, en la que sólo nosotros podíamos entrar.
– La habitación de los ojos cerrados…
– Sí, así es como la llamabais. Un lugar para hablar sólo de lo más importante.
Se volvió hacia mí y me miró silenciosa, dolorida como un animal. Y dijo:
– Lo terrible es que ese lugar ya no le hace falta a nadie.
Aquellas noches sus palabras se posaban sobre nuestros ojos y nuestros labios, se desplazaban sobre la cama como pequeñas llamas. Sentíamos su calor, su ondulación vibrante, su rastro sobre la piel y las cosas, mientras el sueño se iba apoderando de nosotros. Yo era el primero en dormirme. Me decía que esa noche no lo consentiría y que iba a aguantar más que mi hermano, pero nunca lo lograba. Por la mañana me despertaba furioso. No quería dejarlos solos. Me parecía que tenían una vida a mis espaldas.
Una noche me desperté y mi hermano no estaba. Nuestro cuarto tenía dos camas, pero yo solía pasarme a la suya porque tenía miedo a la oscuridad. Oí que sonaba una canción. No sabía de dónde venía y permanecí sin moverme, con los sentidos aguzados en la oscuridad. La puerta estaba entreabierta y la música venía de algún lugar de la casa. Me levanté para asomarme al pasillo. Avancé lleno de temor, imaginando miradas, oscuros y menudos túneles atravesando el aire hacia mí. La puerta del salón estaba entreabierta y una luz roja iluminaba los cristales esmerilados, como si fuese sangre. Me asomé lleno de temor y vi a mi hermano y a mi madre. Habían puesto un pañuelo rojo sobre la lámpara, para amortiguar la intensidad de la luz, y estaban bailando sobre la alfombra. Mi hermano apenas le llegaba a la altura del pecho. Mi madre se inclinaba sobre él para que pudiera decirle algo. En ese instante me vieron. Mi hermano se volvió hacia mí con una mirada de rabia. ¿Por qué nos interrumpes?, parecía decir, ¿no ves que estamos hablando de nuestras cosas?
– Anda, ven con nosotros -dijo mi madre, arrodillándose en el suelo y tendiendo los brazos para recibirme.
Corrí hacia ellos y, después de besarme, ella me levantó del suelo. Bailamos los tres juntos, yo en brazos de mi madre y mi hermano haciendo el payaso a nuestro alrededor. Nos hacía cosquillas. A mi madre en el costado y a mí en las plantas de los pies. No parábamos de reír. De repente, ella se quedó quieta un momento.
– Silencio -dijo-, oigo algo.
Fue al tocadiscos y lo apagó. Nos quedamos callados y, en efecto, oímos ruidos que venían del portal, y enseguida el traqueteo del ascensor al ponerse en marcha. Salimos disparados hacia la cama, y poco después oímos cómo mi padre abría la puerta. Venía de trabajar.
Oímos a lo lejos la voz de mi madre. Se estaba riendo. En ese tiempo era feliz y se reía por cualquier cosa. Mi padre decía que no estaba bien de la cabeza, que a pesar de ser la madre de dos hijos se seguía comportando como si fuera una cría. Luego dejaron de oírse ruidos y la casa se quedó en silencio. Me levanté y me fui a la cama de mi hermano. Tenía el cuerpo ardiendo.
– ¿Qué hacíais? -le pregunté.
– ¿Cuándo?
– Antes, en el salón.
Pensaba que tenían otra vida que sólo ellos conocían, en la que yo no podía entrar. Siempre andaban con secretos. Estábamos comiendo y de pronto mi hermano se levantaba y, dando la vuelta completa a la mesa, se acercaba a mi madre y le decía algo al oído. Me parecía que ella le prefería a él, que él era su verdadero hijo. Incluso mi hermano bromeaba con esto. Me decía que una tarde había sorprendido a mi madre en la cocina contándole a Felicidad, la costurera, cómo me había comprado a una gitana. La gitana estaba pidiendo en la calle, mientras me daba la teta, y mi madre había sentido tanta pena al verme que se había encaprichado de mí. Y que cuando me cogió en brazos para llevarme pesaba tan poco, de lo delgado que estaba, como los huesos que quedan en el plato después de comernos el pollo. Yo protestaba, pataleaba en el suelo e iba a buscar a mi madre.
– ¿A que no es verdad? -le preguntaba, a punto de echarme a llorar.
– No, claro que no -decía ella, tomándome en sus brazos para consolarme-. ¿Sabes cuál es la verdad? Que te hice con miga de pan. Fue como Gepeto cuando hizo a Pinocho. Un día fabriqué un muñeco con la masa que me había sobrado y lo me ti en el horno. Y entonces oí una vocecita que no sabía de dónde venía. Una vocecita muy fina que gritaba: Socorro, socorro. Y yo le pregunté: ¿Quién eres, dónde estás? En el horno, me contestó, asándome con las pastas. Fui corriendo y, al abrirlo, allí estabas tú, en la bandeja, y como vi que te movías, te saqué a toda prisa. Tan pronto te coloqué sobre la mesa te pusiste a sacudirte el azúcar que te había echado encima, y era tan gracioso ver cómo lo hacías que decidí quedarme contigo. Te preparé una camita muy pequeña en una caja de cerillas de cocina, pero luego empezaste a crecer y crecer hasta que te hiciste como eres ahora. Aunque basta con olerte un poquito para saber que estás hecho con la masa de las pastas y que aún conservas el calor del horno en que te encontré.
Eso era lo que me contaba, pero era ella la que parecía recién salida del horno. Se metía en mi cama y cuando la abrazaba sentía el calor de su cuerpo bajo la tela leve del camisón.
– Y cuando aquella princesa vio la imagen del ave rapaz matando a la paloma, comprendió que las cosas no eran como había pensado y que no era que el macho hubiera abandonado a la pobre paloma, sino que no había podido socorrerla porque un gavilán lo había matado justo cuando iba en su ayuda. Así se dio cuenta de que los sueños nos inducen a error, porque la verdad completa no cabe en un solo sueño. Y por eso la tía decía que ninguna vida se basta a sí misma, y que necesitamos las vidas y los sueños de los demás para completarnos. Por ejemplo, antes de nacer vosotros yo no sabía qué era cuidar a un niño, ocuparse de que no tenga frío, de que esté limpio, de darle de comer; lo graciosos que son cuando tienen hambre y lo bien que huele la harina de sus papillas cuando se tuesta al horno. Yo no sabía que llevar a un niño en brazos es lo más hermoso que puedes hacer en esta vida.