– Ahora, otro cuento -le decía yo.
– Está bien. Os contaré el cuento del príncipe que se quedó sin cuerpo.
Estábamos en el pueblo, en la casa que había heredado mi padre. Me levanté de un salto y me senté sobre la almohada, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama, junto a mi hermano. Mi madre nos miró complacida, con la boca entreabierta, como si un velo nos ocultara de los ojos del mundo.
– Érase una vez un príncipe -comenzó- tan enamorado de su esposa que se pasaba los días y las noches siguiéndola a todos los lados.
»Si ella se levantaba, él le iba detrás como un corderito. Si ella montaba a caballo, el príncipe hacía lo mismo. Si cogía una barca para navegar por el lago, la seguía en una barquita. Porque ¿sabéis qué pasa cuando quieres a alguien? Que nunca te cansas de él y quieres verle a todas horas. Verle cuando se acuesta, cuando se levanta, cuando se lava los dientes o se pone los zapatos. Quieres saber adónde va y, si es a la compra, por qué elige estas manzanas en vez de las otras, o esta falda en lugar de aquellos pantalones. Pero, sobre todo, quieres conocer sus pensamientos. Y él en todo momento quería conocer los de la princesa. Bastaba con que se quedara un momento callada, o mirando por la ventana, para que él quisiera saber qué estaba pensando, pero la princesa no quería revelar lo que rondaba por su cabecita. El príncipe le ofrecía perlas, monedas de oro, cacatúas y cajas de marfil para que lo hiciera, pero en vano. Un día en que ya no sabía qué ofrecerle, el hombre le prometió una de sus manos. Y la princesa aceptó, no porque quisiera esa mano para algo, sino porque era muy caprichosa y era la primera vez que alguien le ofrecía un regalo así. Y el príncipe se la tuvo que dar. Pero al día siguiente la historia se repitió, y le tuvo que dar el brazo. Y luego, la otra mano y el otro brazo, los dos pies, las piernas, hasta que sólo quedó de él la cabeza. Y tampoco es que la princesa pensara en nada importante, que unas veces pensaba en un vestido que se quería comprar, otras en el próximo baile de palacio o en irse de excursión al bosque con sus damas de honor, que aquella princesa no tenía mucho seso y sólo se preocupaba de las cosas más simples. Pero aun así el príncipe no dejaba de preguntarle por sus pensamientos, que era como si siempre esperara de ellos la respuesta a alguno de los grandes enigmas de la vida. Y así hasta que un día, cuando sólo le quedaba la cabeza, le ofreció su lengua a cambio de lo que estaba pensando. Y ella se lo dijo, pero el príncipe ya no pudo volver a hablar. Y la princesa empezó a avergonzarse de él, que no era cosa de ir a los bailes y a los banquetes con un esposo que sólo era una cabeza, y que además no tenía conversación. Así que una noche, cansada de tenerle a su lado, y de que las otras damas se rieran a escondidas de ella, tiró la cabeza por una ventana del palacio que daba al pantano, que era lo que había hecho con todas las demás partes de su cuerpo. Y del príncipe nunca más se supo. Lo que no quiere decir que muriera, porque había pasado algo que nadie sabía. Que, mientras la princesa iba tirando los pedazos de su cuerpo por la ventana, alguien allá abajo los recogía. Era una muchacha que amaba al príncipe por encima de todo, porque había crecido con él. Y muchas noches se acercaba al palacio y se quedaba mirando las ventanas iluminadas, preguntándose por lo que podía estar haciendo. Quiso la suerte que estuviera bajo la ventana la noche en que la princesa arrojó la primera mano. Flotaba entre los nenúfares, como una flor, y aunque llevaba años sin verle enseguida supo que era una mano del príncipe. Luego fue recogiendo la otra mano, los pies, los brazos y las piernas, hasta que le llegó el turno a la cabeza, y pudo comprobar no sólo que era su antiguo compañero de juegos, sino que se había vuelto el muchacho más hermoso que había visto jamás. Y con ayuda de unas hierbas que ella misma recogía, pues se había criado en el pantano y conocía todos sus secretos, logró unir los pedazos y tener al príncipe completo. Bueno, completo no, que la noche en que la princesa tiró su lengua por la ventana era muy oscura, y ella no la vio caer ni pudo por tanto recuperarla, y un pez se la tragó entera. De forma que cuando el príncipe regresó a la vida no podía hablar, lo que tampoco le importó mucho, pues le bastó con ver a la muchachita para darse cuenta de que era su compañera de juegos y comprender que era la única a la que había amado de verdad. Y que a ella no necesitaba preguntarle por lo que estaba pensando pues le bastaba con quedarse mirándola para saberlo al instante. Que siempre es así cuando amas a alguien de verdad, que tienes el poder de adivinar sus pensamientos. Por ejemplo, si estaba comiendo cerezas, pensaba en los besos que se daban a la hora de la siesta; si se metía en el agua, al sentirla corriendo sobre su piel se acordaba de sus caricias al despertarse; si se acercaba al fuego, su calor le recordaba las cosas que hacían durante la noche. Como tampoco ella necesitaba hablar, en su casa siempre había un silencio muy grande. Y empezó a pasar algo todavía más extraño. Que los animales se contagiaron de aquel silencio y cuando se acercaban a la casa lo hacían sin hacer ningún ruido. Los perros dejaban de ladrar, los pájaros no piaban, las ardillas no rechistaban y los ciervos no berreaban por las noches. Y hasta los propios árboles dejaron de hacer ruido con sus hojas cuando el viento los agitaba. Y entonces el bosque se llenó de llamas que nacían de ese silencio incomparable; bastaba con quedarse callado y mirar fijamente, para que se vieran por todos los lados. Sobre las plantas y los animales, pero también sobre los hombres. Que era como en el cuadro que había en la iglesia. Cuando la Virgen y los apóstoles, tras la muerte de Jesús, se habían reunido para ver qué hacían y sobre sus frentes empezaron a aparecer llamas y supieron que tenían que ver con Jesús y que esas llamas significaban que nunca les abandonaría. Y eso era lo que les pasaba al príncipe y a la joven. Todo el mundo les compadecía, porque pensaban que un pantano no era un lugar para vivir, pero ellos eran más felices allí, con aquellas llamitas sobre sus frentes, que en el más hermoso de los palacios.
– Mamá, otro cuento. El último, por favor.
– Está bien -nos decía-. Os contaré ahora el del ogro que no tenía memoria. Érase una vez un ogro con un hambre feroz, que todo se lo comía. Veía una cigüeña y se la comía; veía un jabalí, veía una oveja, veía una vaca y se lo comía todo. Comía y comía hasta que dejaba los huesos limpios y mondos y, cuando había llenado la tripa, le entraba tanto sueño que tenía que echarse la siesta. Podía pasarse días enteros durmiendo, según la comilona que se hubiera dado, y, al despertarse, se había olvidado de todo. Pero había una urraca a su lado que no se perdía ni un solo detalle de lo que hacía. De modo que el ogro, al encontrarse con los restos de su comida, invariablemente le preguntaba: ¿De quién son estos huesecillos tan blancos? A lo que la urraca le contestaba: Bien lo sabes, tragón. Que menuda merienda te diste ayer. Pero no es verdad que lo supiera, que con la digestión se olvidaba de sus crímenes, y por eso no tenía remordimientos y los volvía a cometer otra vez. Cuando no estaba hambriento era una criatura apacible y atenta que enseguida se ganaba la confianza de todos. Se hacía amigo de un corderito, por ejemplo, y sólo vivía para hacerle feliz. Pero cuanto más a gusto estaba a su lado, más apetitoso se volvía para él. Ése es el problema de los ogros, que para ellos el amor es comer.
»Así hasta que un día en que se había apartado del bosque más de la cuenta, vio a una niña. Era la primera vez que veía una, pues nunca se había acercado a los pueblos donde viven los hombres. La niña estaba a la orilla del río y lo primero que le sorprendió fue que no se asustara al verle. Tenía fama de asesino, y estaba acostumbrado a que todos se pusieran a correr y a gritar tan pronto le veían aparecer. Pero aquella niña se quedó tan campante. No sólo eso, sino que se volvió hacia él y le empezó a hablar sin manifestar el mínimo temor. Le dijo que había perdido la última barcaza y que ahora tendría que quedarse hasta el amanecer, a la espera de que volviera el barquero para llevarla a la otra orilla. Y añadió: ¿Puedes ayudarme tú? El ogro se la quedó mirando. Tenía hambre, pues llevaba dos días sin comer, y aquella criatura le pareció un bocado muy apetitoso. Nunca había visto un ser tan perfecto. Era delgada y leve como las pequeñas garzas que llegaban al bosque en primavera, pero tenía además otra cosa, algo que no había visto en ningún otro animal del bosque y que no sabía cómo definir, pues no conseguía saber si era real o sólo soñada. Y pensó: Está bien, la ayudaré a pasar el río y luego me la comeré. Sólo entonces se dio cuenta de que a la niña le pasaba algo raro porque, cuando tendió sus manos para que se acercara, ella no se movió. Comprendió que estaba ciega y que ésa era la razón de que no le tuviera miedo.