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»Cuando finalmente empezó a cruzar el río con ella, le pasó algo que lo desconcertó. Nunca había llevado a un niño en los brazos, y aquel peso tan leve, el hecho de notar su cuerpecito latiendo en sus manos, le hizo sentir algo que nunca había experimentado. Como si todo, el río que corría a sus pies, el vuelo de los pájaros, el murmullo de las hojas mecidas por el viento, la luz y el zumbido de los insectos, dependiera de lo que estaba haciendo. Era algo muy dulce y muy triste a la vez, como si se diera cuenta de lo frágil que era todo y lo cerca que está lo que vive de dejar de vivir. Y cuando llegó a la otra orilla, estaba tan aturdido por lo que había sentido, que dejó a la niña en el suelo y la miró alejarse sin hacer nada.

»Aunque luego volvió al bosque y se comió a unas pobres ovejas que se habían escapado del rebaño, algo empezó a cambiar para él, pues al despertar de la siesta, por primera vez se sintió infeliz. Cada poco tenía que pararse y se quedaba mirándose las manos, como si echara en falta algo que no podía explicar qué era. Tomó la costumbre de coger piedras y llevarlas consigo, porque era como si así no se sintiera tan solo. Casi siempre terminaba en la orilla del río, pues, aunque él no supiera por qué, ver correr el agua le daba tranquilidad.

»Un día quiso la suerte que se encontrara de nuevo con la niña ciega. Estaba con su familia, esperando a que llegara el barquero para cruzarles al otro lado, y al ver al ogro todos se echaron a correr. Todos menos ella, que enseguida les dijo que no tuvieran miedo. Y se volvió hacia él y le preguntó: ¿No te acuerdas de mí? El ogro no se acordaba, y la agarró para comérsela. Pero le bastó levantarla y sentir su peso en las manos para que algo se removiera en él. Y cuando la niña le pidió que les ayudara a cruzar el río, el ogro la obedeció. Primero la pasó a ella y luego, uno a uno, fue pasando a todos sus hermanos. Y, al terminar, los dejó irse por el camino sin hacerles daño porque aún estaba desconcertado. Y ese día se olvidó de comer, y al día siguiente estaba de nuevo en la orilla del río. Y vio que estaba llena de niños, porque los hermanos de la niña ciega habían contado en el pueblo lo sucedido, y todos quisieron ir a ver al ogro y a que les cruzara la corriente del río. Y el ogro uno a uno los fue pasando a todos, y luego les volvió a llevar de vuelta.

»A partir de entonces todas las tardes estaba allí y ayudaba a los niños a cruzar el río. No volvió a matar a ningún animal, pues se alimentaba sólo de lo que le llevaban sus amigos, y siempre estaba dispuesto a ayudar al que se lo pedía. Y una vez, una pareja de novios se acercó para conocerle y la chica le preguntó: Tú que has vivido tanto y sabes tantas cosas, ¿qué crees que es lo más hermoso del mundo? Y el ogro se acordó de la cieguita y de cuando hace ya muchos años le ayudaba a cruzar el río y, con los ojos llenos de lágrimas, le contestó: Unos dicen que los anillos de oro con que los novios se prometen, otros que una ventana encendida en la oscuridad del bosque o las golondrinas que quitaron las espinas a Jesús para que no sufriera. Pero yo digo que lo más hermoso es llevar al niño que amamos en nuestros brazos.

IV

Cuando la tía Marta se fue al convento, nos quedamos a vivir en su casa. Tu padre había mejorado de su enfermedad y nos pasábamos el día en la calle. En los cafés de la plaza Mayor, paseando por Fuente Dorada o el Campo Grande que en esa época, estábamos en pleno invierno, se llenaba de niebla. Nos conocían en todas las pastelerías, y siempre volvíamos cargados de paquetes a casa. Me gustaba que papá derrochara el dinero, que lo hiciera por mí. Nunca me ha gustado la gente que ahorra, que se pasa la vida mirando lo que gasta. ¿Te acuerdas de la fábula de la cigarra y la hormiga? Mi preferida era la cigarra, que sólo pensaba en cantar. Yo era como ella. No quería levantarme de la cama, ni lavar la ropa ni planchar ni hacer la comida, sólo que tu padre estuviera conmigo. Las bragas y las faldas terminaban en cualquier lado, y a veces no teníamos ni para comer, que hasta una vez tuvimos que cenar un mendrugo de pan duro porque se me había olvidado comprar. Recuerdo que me quedaba mirando los retratos de los familiares de tu padre, sus tíos, sus abuelos, todos tan graves y vestidos de negro, y pensaba para mí: si pudieran ver cómo está su casa, les daría un síncope. Sólo Sara, la criada de la tía, ponía un poco de orden. Venía del pueblo a primeros de mes, y se pasaba unos días con nosotros. Nunca me hizo ningún reproche, todo lo contrario, me disculpaba. No se preocupe, me decía, las recién casadas tienen otras cosas en que pensar. Es curioso, pero de todas las personas que he conocido creo que era ella quien mejor sabía qué era el amor. El peligro que hay en él, el riesgo que corren los que se aman.

Yo siempre había sido una chica ordenada y limpia, pero en ese tiempo me trastorné. Veía unas medias tiradas en el suelo y me decía: que se queden ahí. Veía la pila de cacharros sucios y pensaba: que esperen. No era una holgazana, pero entonces me gustaba aquel desorden. Era el desorden del bosque, de los nidos repletos de crías, de las hojas agitadas por el viento, de los cuartos de los niños. El desorden que reina en esos lugares donde no sentimos miedo. Los domingos, cuando iba a la iglesia, me arrodillaba ante el altar de la Virgen y hablaba con ella. ¿A que tú me entiendes?, le decía. Seguro que el Portal de Belén también estaba manga por hombro.

Cada día se me ocurría una locura nueva. Me escondía dentro de los armarios, me disfrazaba, construía tiendas con sábanas y le pedía a papá cenar allí, como si estuviéramos aislados en el país de los hielos eternos. Una vez le hice poner el colchón en el pasillo. El colchón era una barca y mientras dormíamos nos arrastraba la corriente del río. Cuántas locuras se me ocurrieron, y papá todas me las consentía. Un buen día me descubrí mintiéndole. No me acuerdo de cómo fue. Le mentía en cosas sin importancia, porque en realidad no tenía nada que ocultarle. Que si había entrado en tal joyería a ver unos pendientes que me gustaban, que si una gitana me había leído las rayas de la mano y me había dicho que iba a tener siete hijos, que si me había encontrado con una antigua compañera del colegio que se había casado con un médico y vivía en Valladolid. Era capaz de inventarme las cosas más tontas sólo porque me daba placer. Hasta que un día me pilló. Le dije que había estado en casa de su hermano, y esa misma tarde tu padre se encontró con él y éste le preguntó qué era de mí, que hacía más de dos semanas que no me veían. Aquello le desconcertó. ¿Por qué me mientes?, me preguntó. No supe qué contestarle porque no sabía explicárselo. Cómo decirle que lo hacía para que me amara más, porque quería parecerme a aquellas mujeres que veíamos en las revistas y en el cine, por las que los hombres se volvían locos. Eso era mentir para mí, decirle a aquel mundo tan rancio que podía hacer lo que quisiera. Pero tu padre se enfadó muchísimo y le prometí no volver a hacerlo. Ya ves lo poco que duró mi vida de mujer fatal. Superamos la pequeña crisis y pasaron las semanas mientras mi tripa se iba hinchando a causa del embarazo. Incluso aprendí a amar aquella ciudad, que la verdad es que no era nada bonita, ni sus vecinos demasiado simpáticos, que cuando entrabas a comprar en una tienda te miraban como si fueras a robar.