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Estaba a punto de nacer tu hermano cuando la tía Marta volvió. Se había puesto enferma porque no pudo adaptarse a la vida del convento, y regresó tan delgada como esos esqueletos que tienen en las escuelas para que los niños aprendan los nombres de los huesos. Y lo primero que nos dijo fue que no podíamos seguir allí, porque no estaba bien que en casa de una mujer soltera naciese un niño. Así que tuvimos que buscar una nueva casa a toda prisa, pues yo andaba ya al final de mi embarazo. Terminamos en una habitación con derecho a cocina, que encontramos no muy lejos de casa de la tía. En aquel tiempo muchas familias vivían así. Había problemas de vivienda y la gente se metía donde podía. Y nosotros nos fuimos casi con lo puesto, pues no teníamos muebles, ni cubiertos, ni platos. Aún recuerdo a la tía asomada al hueco de las escaleras mientras nosotros bajábamos las maletas. No me importaba irme, ni que apenas tuviéramos otra cosa que la ropa que nos poníamos, pues era como si viajáramos con nuestra propia tienda. ¡Qué hermosa era! Ni las tiendas de los más ricos mercaderes, de los príncipes que andan por el desierto, se le podían comparar. Y nos bastaba con plantarla en cualquier lugar para que al momento la noche se llenara de hogueras. Los amantes llevan su propia casa consigo, como los caracoles… ¡Cómo me iba a importar dejar aquella casa tan triste, si nos bastaba con cerrar los ojos y acariciarnos para que a nuestro alrededor el mundo se llenara de frutos y de animales que venían a mirarnos! Fue en ese tiempo cuando me inventé lo del corderito. Yo hablaba con él, como si fuese real, y le atribuía mis alegrías y enfados. Un corderito que nos seguía a todos los sitios balando, que teníamos que cuidar y alimentar, así era el amor que sentía. ¡Ya ves si estaba loca!

Cuando vi a la tía Marta arriba, acodada en la barandilla de las escaleras, a mí lo que me dio fue pena. Pena porque no tenía quien la amara, porque su ánimo estaba lleno de temores y en su vida nunca había habido ni una pizca de locura. Me hizo pasar las de Caín, pero no le guardo rencor. Recuerdo lo mal que lo pasé cuando empecé a vivir en su casa. Tuve que bajar hasta los dobladillos de las faldas porque le parecían demasiado cortas, y no le gustaba que me pintara las uñas porque decía que parecía una cupletista. La mayor parte de los días, cuando tu padre regresaba del trabajo, me echaba en sus brazos a llorar.

Nos habíamos hecho una foto en Madrid, durante el viaje de novios. Una foto en que parecemos sacados de la cartelera de un cine. Tienes que acordarte de ella porque estuvo mucho tiempo en el aparador del salón. Yo llevo una blusa blanca, y tu padre está detrás de mí. Lleva un traje de rayas, y su brazo, que está colocado sobre el respaldo de la silla, dibuja el contorno de mi hombro. Parece un ala que se extiende para protegerme. Está muy guapo, con el pelo engominado, que era la moda de entonces, y su pequeño bigote, y el cuello de la camisa prendido con un imperdible. En la foto sólo se nos ve hasta la rodilla, pero la original era de cuerpo entero y la tía me la hizo cortar, por parecerle que se me veían demasiado las piernas. Yo tenía unas piernas preciosas y me encantaba lucirlas. Más de una vez, y siendo novios, cuando estábamos en un café, tu padre me hacía levantar e ir al servicio sólo por el gusto de verme andar. Pero la tía ni siquiera nos dejaba dormir juntos. Yo estaba embarazada y ella pensaba que en mi estado no era ni higiénico ni moral que durmiera con papá. Teníamos que besarnos y acariciarnos a escondidas. Papá venía a verme por las noches y a mí me daba la risa. Tanta, que tenía que taparme la boca, para no hacer ruido, y la tía, claro, se daba cuenta. No creas que no sé lo que hacéis, me decía luego por la mañana, que no soy tonta. Y yo me ponía roja como un pimiento. Pero, ya lo ves, la perdonaba. Se limitaba a pensar y vivir como lo hacían tantas mujeres de entonces, siempre rodeadas de curas y de monjas que las hacían avergonzarse de sus propios deseos. Pero si Dios nos había dado esos deseos, ¿por qué tendríamos que avergonzarnos de ellos? ¿Acaso Jacob no había amado a Raquel con el alma y el cuerpo? Se enamoró al verla dar de beber a sus ovejas y desde ese momento sólo vivió para estar a su lado, que primero trabajó siete años para pagar su dote y, cuando su suegro lo engañó y le hizo casarse con su hermana, tuvo que trabajar siete años más para conseguir hacerla su esposa. Me gustaba un grabado en que se veía a Raquel junto al pozo y Jacob se acercaba para abrazarla. Raquel se retiraba pudorosa, pero se notaba que nada le gustaba más que Jacob deseara besarla. ¿Era malo eso? Noé guardó en su arca las semillas y los animales que amaba, y Marta y María le pidieron a Jesús que resucitara a su hermano. No se conformaban con su recuerdo y querían volver a verle en el umbral de la puerta y que se sentara con ellas a la mesa. Ninguna de las dos habría querido vivir en una casa como la de la tía. Era una casa lúgubre y triste, llena de oscuridad. Era extraño, porque tenía grandes balcones que daban a la calle, y la parte trasera se abría a una amplia galería por la que asomaban el cielo y la calle, pero era como si tuviera su propia sombra dentro, una sombra que ni la luz de la mañana lograba diluir. Sí, todo parecía muerto. Los muebles eran pesados y grandes como catafalcos; las cortinas y alfombras, de colores apagados; las lámparas tenían luces mortecinas; y jamás se oía la radio, ni había gramolas o tocadiscos, ni se oían gritos, como si todo lo que tuviera que ver con la vida, las palabras, el barullo de los niños, la música de los organillos, las canciones que cantaban las criadas, estuviera proscrito. Sólo Sara estaba viva, y cuando venía a verme no paraba de hablar. O cantaba por lo bajo mientras cocinaba y lavaba la ropa.

Era extraña aquella fidelidad que profesaba a la tía, a la que disculpaba y cuidaba como si fuera una niña enferma y asustada que no quiere ni vivir ni morir. No podían ser más opuestas, y sin embargo Sara se ocupaba de ella como de una de esas plantas, las bellas de noche, que sólo pueden vivir lejos de la luz. Claro que las bellas de noche tienen flores que nacen en la penumbra o en los días nublados y la tía era como un cardo que no sacaba gusto de nada. Sara había empezado a trabajar en casa de los abuelos siendo una niña, y dejó el pueblo para irse a vivir con ellos después de la guerra, cuando había muerto su hermano. Una tarde me contó el porqué de su devoción por la tía. Tu padre y yo aún estábamos viviendo en su casa, y la tía había vuelto a censurar mi conducta. Corrí a mi cuarto y, desconsolada, me eché a llorar. Me sentía muy desgraciada, y Sara vino a consolarme. Había una gran tormenta. En tres días casi no habíamos podido salir de casa. Estaba el cielo negro, de la mañana a la noche, cruzado por relámpagos. El río se había desbordado. Derribó parte del muro de piedra y el agua inundó calles y casas. Todos estábamos muy nerviosos a causa de aquellos desastres. Sara se sentó a mi lado en el borde de la cama y me dijo: No se lo tome en cuenta. En el fondo, es buena mujer.

Tras darme su pañuelo para que me secara las lágrimas, me contó algo que había sucedido en el pueblo, al comienzo de la guerra. Jandri, su hermano, era amigo de Modesto Sastre, uno de los muchachos a los que mataron en el pueblo los falangistas. Fusilaron a bastantes en aquella zona. Les iban a buscar por la noche y se los llevaban al monte, donde los mataban y enterraban como si fuesen perros. En el pueblo sólo fusilaron a cinco o seis en los primeros días del alzamiento. No fueron muchos, porque don Ramón, uno de los curas, la tía Gregoria y el hermano de tu padre intervinieron para templar los ánimos. La tía Gregoria llegó a enfrentarse a una patrulla que iba a buscar a un hermano de Segunda, su casera, y a prohibirles que volvieran por allí. En este pueblo mando yo, les dijo. Y ellos se acobardaron, pues sabían que conocía a muchos en Valladolid y que se podían meter en un buen lío. Pero a Modesto le cazaron en el monte como a un conejo. Parece que le denunció la hija del guarda, por despecho. Había querido tener algo con él y, como Modesto la había rechazado, cuando supo que se acercaba por las noches a beber del pozo, avisó a una de las patrullas que le tendió una emboscada. Había estado escondido en casa de Sara y Jandri, del que era muy amigo. Los dos se habían hecho muy populares en los pueblos de los alrededores, en la época de las protestas obreras. Jandri siempre iba con Modesto, que era un verdadero líder, pero ésa fue también la razón de que, cuando estalló la guerra, fueran a buscarles los primeros. Con Jandri no se atrevieron, porque sabían que la familia de tu padre no consentiría que le hicieran daño, pero a por Modesto fueron como una manada de lobos. Se escapó por el tejado y se refugió en casa de Jandri y de Sara. ¿Cómo pudo hacerlo siendo ésta tan pequeña? El misterio tenía una explicación muy simple: había una habitación que nadie conocía. En realidad, pertenecía a la casa de al lado, pero Jandri se había apropiado de una parte de su desván, sin que sus vecinos, que eran muy ancianos y nunca subían allí, se hubieran dado cuenta. Se entraba por una pequeña puerta que había en la galería. Una puerta ventana, pues estaba en la mitad de la pared, por la que Jandri, que era tan menudo y ágil, entraba y salía sin problemas. La cubrían con un mapamundi que a Jandri le había regalado don Luis, el maestro, y que cuando estaba colgado disimulaba su existencia. Era una ocurrencia de Jandri, que, al construir la casa, había decidido que debían tener un lugar que sólo ellos conocieran. Jandri tenía ocurrencias así, y Sara decía que era como José, el hijo de Jacob, que veía cosas en los sueños. Una vez le dio por levantar una pequeña torre de ladrillo en uno de los prados que había junto al río. Los que pasaban por allí le preguntaban: ¿Para qué haces eso, Jandri? Y él se reía antes de contestar: No lo sé, para algo servirá.