Llegó el invierno, y luego empezaron las lluvias. Llovió tanto que una noche el río se desbordó, inundándolo todo. Un pastor había dejado sus ovejas en un aprisco que tenía en el prado, y el agua se las llevó como si fuesen la lana de un colchón. Amaneció por fin un día precioso, lleno de luz, y un montón de niños se congregó frente a su casa llamando a Jandri, que salió bostezando y les acompañó al río. El agua llegaba casi hasta San Ginés y todas las eras estaban inundadas. Sólo despuntaban las almenas de la pequeña torre. Y ¿qué había allí para que los niños hubieran ido con esas prisas a buscarle? Un cordero. Todo el rebaño se había ahogado, pero el cordero había visto aquella torre y, como el agua estaba a su altura, pudo encaramarse a ella y salvarse. Y eso pasó con aquella habitación secreta. Jandri no podía explicar para qué la había hecho, pero fue la que permitió a Modesto burlar a los que querían matarle. Aunque no le sirviera de mucho, que poco después lo pillaron en el monte. Habían entrado en la casa y, tras retirar el mapamundi, dieron con la puerta y la habitación oculta, y vieron las pruebas de que Modesto había estado allí. Tu hermano se la ha cargado, le dijeron a Sara. Acababan de irse cuando Jandri llegó. Ella le dijo que tenía que huir enseguida, que le querían matar. Salieron a la carretera, y al ver la furgoneta de la patrulla en la plaza, Sara metió a su hermano en casa de los abuelos. Pero alguien les vio, y a los pocos minutos estaban aporreando la puerta. En la casa sólo estaba la tía Marta, ya acostada, pues acababa de anochecer. Sara se presentó en su cuarto con el hermano, y le dijo que le estaban buscando para matarlo. La tía se sentó en la cama y, después de pensar un momento, les señaló el armario. Pero antes de que Jandri se escondiera dentro, cambió de parecer y, levantando las mantas, le dijo que se metiera en la cama con ella. El chico lo hizo sin pensárselo, pues los golpes y los gritos que daban los de abajo eran cada vez más fuertes, y amenazaban con tirar la puerta. Era una cama enorme, cuya lana acababan de varear. Y como Jandri era aún más pequeño que la tía, cuando ésta recompuso las ropas de la cama no se notaba que estaba allí. Unos minutos después aquellos brutos entraron profiriendo amenazas e insultos, y le preguntaron a Sara dónde estaba su hermano. Llegaron a ponerle la escopeta en el pecho para intimidarla, pero ella les dijo que no lo sabía. Miraron por toda la casa, sin éxito, y finalmente subieron al cuarto de la tía. Ésta los conocía a todos, y les preguntó cómo se atrevían a entrar en su dormitorio. Buscamos a Jandri, le dijo el cabecilla. ¿Y qué os hace pensar que puede estar aquí?, añadió ella. Le contestaron que lo habían visto entrar en su casa y que su deber era detenerlo. La tía les dijo que hicieran lo que tenían que hacer y que se marcharan enseguida, y continuó leyendo su breviario. Se fueron derechos al armario, y luego miraron debajo de la cama. Había una puerta que llevaba al desván, y subieron para explorar el tejado. A ninguno se le ocurrió pensar que podía estar acostado en la misma cama que la tía. Ella ni siquiera levantó la vista de su breviario; es más, cuando estaban junto a la puerta les dijo que muy pronto el gobernador tendría noticia de todo aquello.
Sara les acompañó a la calle y regresó poco después. Iba a decirle que se habían ido, y que Jandri ya podía salir de la cama, cuando la tía se puso un dedo en los labios para mandarle callar. Se quedaron un rato mirándose, y luego la tía Marta sonrió. Era una sonrisa triste, como si se estuviera preguntando si hacía bien en renunciar a todo aquello que las otras mujeres buscaban: las caricias, los besos, la proximidad de un cuerpo joven, las palabras que habría podido decirle, aunque luego fueran mentiras, pues sabía que los hombres eran capaces de inventarse las mayores pamplinas con tal de conseguir lo que querían. ¿Y qué si las mujeres se creían sus mentiras? ¿No eran mentiras los ángeles, las coronas de los santos, los cálices que se guardaban en los sagrarios? ¿No era mentira que habría un juicio final y que los muertos saldrían de sus tumbas? Eso fue lo que Sara vio en la sonrisa de la tía, pero sólo un instante. De repente, Marta dio una palmada en la cama y levantó la ropa para que Jandri saliera. Hala, le dijo, carretera y manta.
Jandri se fue por el tejado como un gato y no le volvieron a ver. Mucho tiempo después, cuando ya había terminado la guerra y llegaron a manos de Sara sus cartas, ella sabría por fin cómo había sido su vida en ese tiempo. Le decía que estaba en el ejército de la República, y le hablaba de Madrid y de cómo, a pesar de la guerra, cuando llegaban los primeros fríos, las calles se llenaban de puestos donde asaban castañas y patatas. Y de la Gran Vía y de aquellas carteleras enormes que colgaban a la entrada de los cines; y del metro, que era un tren que iba por debajo de la tierra; y del café con porras y los bocadillos de calamares a que los madrileños eran tan aficionados. Y lo contaba con tal viveza que era como si todo lo estuvieras viendo con tus propios ojos.
Un día en que la tía sorprendió a Sara leyendo las cartas, le preguntó de quién eran, y cuando ella le dijo que eran las cartas que Jandri le había escrito desde Madrid y que habían llegado a sus manos al terminar la guerra, la tía le pidió que se las leyera. Le gustaron tanto que cada cierto tiempo volvía a pedirle que lo hiciera otra vez, y se veía que se emocionaba porque la piel se le sonrojaba al escucharlas y sus ojos brillaban como los ojos de las palomas cuando ven el grano en las eras. Pero la tía nunca volvió a referirse a lo que había pasado cuando le escondió junto a ella en su cama hasta una noche muchos años después. Ya eran casi unas viejas. La tía ya se había acostado, y Sara estaba arreglando las ropas de su cama, como hacía siempre. Acababa de dejar el agua en su mesilla, cuando la tía le dijo: ¿Te acuerdas de cuando escondimos a Jandri? ¡Cómo engañamos a aquellos brutos! Sara apenas pudo articular otra cosa que un inaudible sí. Y la tía añadió: Qué pequeño era, ¿verdad? Parecía el cordero que se salvó en la inundación.