– Tú sabes que eso no puede ser -le dije-; no se puede volver de la muerte.
Sara se quedó un rato en silencio. Sus ojos estaban encendidos y me sonrió maliciosa.
– Puede ser -añadió-, pero en ese caso, ¿quién me quitaba las bragas?
Tardé en reaccionar, pues aquella respuesta me conmovió. La muerte de su hermano la había arrojado a un exilio sin fin. Se había asomado al balcón y miraba fijamente a los niños, a las mujeres, a los pájaros, con sus pupilas brillantes y negras como el caparazón de algunos insectos.
– Tú -le respondí-, te las quitabas tú sola. ¿No te das cuenta? Todo te lo inventabas, porque querías mantener la ilusión de que seguía vivo. Hasta que leíste la carta y tuviste que aceptar la verdad.
Sara se limitó a sonreír.
– Ven -me dijo haciéndome señas para que la siguiera.
Recorrimos la galería. Sentí pena de ella, una piedad extraña, como si siguiera a un animal. ¿Adónde me lleva?, pensé. Terminamos en su cuarto. Era pequeño, con una cama de hierro negro, cubierta con una colcha roja, de largos flecos. El suelo, de madera, se notaba fregado y frotado con estropajo. Sobre la cómoda brillaba un espejo, con tres rosas de papel prendidas de una esquina. Cogió una cajita que me entregó.
– Estuvo en mi casa -me dijo-. Vino para despedirse de mí y arregló la cajita de música.
Levanté la tapa y se oyó la música. Sara daba la espalda a la ventana y parecía nimbada de una claridad grande, como el resplandor que emana a veces de la tierra, en la lejanía, junto al horizonte. No quise insistir más. Me di cuenta de que estaba sola y necesitaba de aquello para seguir viviendo, pues no podemos vivir sin esperanza. Llaman a la puerta, y corremos a abrirla; escuchamos el sonido del teléfono y lo descolgamos llenos de ansiedad. Siempre confiamos en que alguien nos hable, que vengan a visitarnos los que nos gustan.
Empezó a llover. Era una tormenta. La lluvia caía con fuerza y muy pronto se oyeron los truenos. Me despedí de Sara y fui a buscar a tu padre. No podía olvidar mi conversación con ella y me dio por pensar en el pueblo. Creo que en ningún otro momento volví a amarlo tanto porque estaba lleno de locura.
Cuando la tía regresó del convento, mi idilio con Sara terminó, porque la tía no la dejaba vivir. Tenía que acompañarla a misa y acudir a buscarla cuando terminaban sus rezos, ir al mercado y hacer las labores de la casa. Así eran las señoras de entonces. La mayoría no sabía hacer la o con un canuto, pero se comportaban como si fueran las zarinas de Rusia. Tu padre y yo salimos de allí como alma que lleva el diablo, y las dejamos viviendo aquella historia de egoísmo, entrega y sumisión. Yo no soportaba a la tía, que había vuelto desquiciada del convento. Fue con la intención de hacer los votos, pero apenas dos meses después estaba de vuelta. No se acostumbró a aquella vida sin complacencias. Al frío y a los madrugones, a la comida barata y al trabajo físico. Nunca había movido un dedo, y no tardó en regresar a su mundo, donde la fiel Sara la estaba esperando. Y la tomó contra mí, tal vez porque había sido testigo de su derrota. A nadie le gusta ser descubierto en momentos así, por eso nos apartamos de los que lo hacen, como rompemos o echamos al fuego las fotografías que nos desagradan. La tía me perseguía con sus reproches y una tarde no pude más. Habíamos discutido porque iba poco a la iglesia y no vestía con el decoro que debía tener una embarazada. Y me dijo que a ver si aprendía a comportarme como una mujer casada y sentaba la cabeza de una vez.
– Mucho hablar de sacrificio -le contesté-, pero luego no aguanta que la traten como a las demás. Por eso se vino del convento con el rabo entre las piernas.
Fue como una estocada. La tía trastabilló, y hasta tuvo que apoyarse en la puerta antes de abandonar el cuarto. Me arrepentí de lo que había dicho, pero supe que si continuábamos viviendo juntas terminaríamos sacándonos los ojos, y cuando llegó tu padre le dije que teníamos que irnos esa misma tarde. Y fuimos a parar a una casa que parecía sacada de Fortunata y Jacinta, que de todas las novelas que existen es la que prefiero. Estaba en un patio interior, y en todos los pisos había realquilados como nosotros. Muy pronto los conocimos a todos. Casi siempre había viajantes, y en las ferias pasaban por allí cómicos y banderilleros. Uno de ellos nos dio entradas para ir a los toros. Toreaban Manolete y Arruza. Yo no había estado nunca en una plaza de toros y me gustó mucho, aunque me tapaba los ojos pues me daba pena ver aquella sangre tan roja, y que el pobre animal se hubiera pasado la corrida buscando una salvación que no existía.
Tu hermano nació en aquella casa, y casi inmediatamente nos trasladamos a una nueva. Era mucho más bonita y siempre estaba llena de luz, pues casi todas las habitaciones eran exteriores, pero yo seguía acordándome de la antigua y regresaba a menudo con tu hermano para que lo vieran nuestras caseras, Margarita y Jesusa. Antes de irnos, nos hicieron una fiesta en la que Margarita cantó para nosotros varias romanzas de zarzuela. Tenía una voz muy bonita, y Jesusa, su hermana, lloraba el escucharla.
– Canta como los ángeles, ¿verdad? -me dijo con los ojos llenos de lágrimas. Y yo me puse a llorar con ella. Me daba pena marcharme, dejar aquel lugar en el que habíamos sido tan felices. Creo que fue la primera vez que sentí el peso de todo lo que se transforma en pasado, de lo que se va de tus manos y sabes que no volverás a tener. Lloré al marcharme de aquella casa y me pasé varios días llorando cuando nos instalamos en la nueva. Todavía tenía pocos muebles y me parecía que era muy grande y que no iba a conseguir acostumbrarme a ella ni que a tu padre le gustara. Me pasaba el día arreglándola. Ponía las cortinas de la ducha, colgaba lámparas y cuadros, cambiaba los muebles de sitio. Nunca me gustaba cómo quedaban, y me pasaba las horas llevándolos de unos cuartos a otros. Tu hermano me observaba desde la cuna, como si se preguntara qué casa era aquella en que los muebles no podían estar dos días seguidos en el mismo lugar. Ya ves, yo era como esa casa: la mujer que se levantaba cada día no tenía nada que ver con la que se había ido a la cama la noche anterior. Tan pronto lo hacía llena de energía, dispuesta hasta a empapelar el pasillo, como me sentaba en el sillón y me pasaba el día sin hacer nada. Estaba mucho tiempo sola, porque en esa época tu padre abandonó la Brigada de Información, en que había trabajado hasta entonces y, sin decirme nada, pidió su ingreso en la Brigada Criminal, lo que le obligaba a pasarse muchas noches fuera de casa. Fue el primer disgusto gordo que tuvimos, pues me di cuenta de que no había conseguido hacerle cambiar. No podía hacerlo, porque nadie puede dejar de ser quien es.
Pero en ese tiempo aún no habían empezado nuestros problemas, y le bastaba con traerme bombones o flores para que se me pasaran los enfados. Estuvimos en aquella casa tres años, pues poco antes de nacer tú volvimos a mudarnos. Nos trasladamos al centro de la ciudad, donde estaban las mejores tiendas y vivía la gente elegante. Fueron los hermanos de tu padre quienes nos animaron a hacerlo, pues decían que debíamos estar entre los de nuestra posición. Mejoramos, pero yo seguía acordándome de nuestra casa de antes. Estaba en el barrio de San Martín, rodeada de palacios venidos a menos. Sus fachadas eran de piedra y casi todos tenían patios. Patios llenos de columnas, en los que los niños podían jugar a sus anchas. Enfrente de nuestra casa había una posada en la que la gente de los pueblos dejaba sus carros y sus caballos; y, un poco mas allá, una serrería. La calle terminaba en un prado inmenso. Todavía se veían allí vacas y ovejas, y te bastaba con andar un poco para llegar al río. Aquella zona estaba llena de ailantos, los árboles del cielo. Sus hojas brillantes daban un aspecto limpio y alegre, y al llegar el otoño sus frutos destacaban en sus ramas con su color rojizo. Parecían pequeñas hogueras que extraños viajeros habían hecho en las copas. Eran unos árboles de ramas estiradas y alegres, que parecían querer llegar hasta el cielo. Mucha gente protestaba por el olor desagradable de sus hojas, pero a mí me gustaban por las ganas que tenían de vivir. Crecían entre las grietas de las paredes, en los solares abandonados, o debajo de las alcantarillas, y al poco tiempo habían alcanzado alturas increíbles. Nosotros vivíamos en un tercer piso, y las ramas de uno de ellos llegaban hasta nuestro balcón. Me pasaba tardes enteras mirándolos, mientras veía jugar a tu hermano y pensaba complacida en esa nueva vida que ahora teníamos.