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Mi padre decía que el mundo no tenía remedio y si no eras el cazador terminabas por ser la pieza cobrada. También decía que no era cierto que los cazadores no amaran a los animales. Los amaban más que nadie, pero tenían que matarlos para vivir. Así había sido desde el origen de los tiempos. No sólo se trataba de comer, sino de hacer tuyas las cualidades del animal capturado. El cazador tenía que ser silencioso, sagaz, resolutivo como ellos. De otra forma, ¿cómo los podría capturar? Tenía que conocer sus costumbres y adivinar sus deseos.

A mí me gustaba salir con mi padre, porque te enseñaba a seguir las huellas de los animales, a identificarlos por sus excrementos y a localizar sus nidos. Aquéllos no eran campos fértiles, pero las largas horas de sol en el verano hacían que el trigo madurara y llegara a producir una de las harinas más ricas del mundo. Esa harina había dado lugar a una industria floreciente que, a finales del siglo XIX, había llevado la prosperidad a la comarca. Y las grandes fábricas, hechas de piedra sillar, eran los mudos testigos de esa antigua abundancia. La mayor parte de las fábricas estaba ya abandonada en las orillas del canal y del río, y la gente entraba en ellas para llevarse las vigas de madera y los hermosos azulejos, pero bastaba con ver sus imponentes siluetas recortándose contra el cielo, para que algo de aquel tiempo y de quienes lo habían vivido volviera a renacer de sus ruinas. Mi padre se conocía el nombre de todos y las historias de sus familias. Muchas de ellas habían sido muy ricas pero sus descendientes apenas tenían para comer. Nada duraba gran cosa, y hasta las fortalezas y las grandes fortunas eran poco más que el humo que desprendían hogueras y barbechos. Mi padre se ponía serio cuando hacía estas reflexiones, pero no le duraba mucho su melancolía, y al instante nos estaba señalando unas palomas torcaces, o llamándonos la atención sobre alguna abubilla que se posaba por allí. Las abubillas eran elegantes y esquivas, parecían arrancadas de un jardín oriental. Al volar desplegaban sus alas y su cola, mostrando sus vistosas rayas blancas y negras. Comían en el suelo, pero al menor ruido se refugiaban en los árboles con un vuelo lento y pausado que recordaba el de las mariposas. Las hembras segregaban una sustancia que olía muy mal, con la que untaban a los polluelos para ahuyentar a sus enemigos.

A veces veíamos avutardas. Eran recelosas y se posaban en los campos, como rebaños. Podían llegar a pesar quince kilos y medir metro y medio. Eran muy difíciles de cazar, pues tenían una vista muy aguda y no dejaban que nadie se les acercase. Algunos cazadores ponían las escopetas sujetas en el suelo y las accionaban de lejos, tirando de cuerdas que ataban a los gatillos. Nosotros tuvimos una vez un pollo de avutarda. Nos lo regaló un pastor, que lo había capturado en el campo, y lo tuvimos varios días en la panera. Era muy excitable y nos atacaba si pasábamos a su lado con ropa de colores vivos. Murió enseguida porque las avutardas no pueden vivir en cautividad, y mi padre lo mandó disecar al hijo del farmacéutico, que había aprendido a hacerlo en Madrid, donde estudiaba. Los animales disecados eran entonces muy frecuentes, y en casi todas las casas había alguna perdiz, alguna liebre o algún zorro adornando la entrada o el salón. Solían permanecer en posturas de alerta, como si hubieran sido detenidos por un rayo en el momento de la huida o el ataque. A mi madre no le gustaban, porque decía que era como robarles el alma, si acaso los animales la tenían. Raras veces iba a la farmacia. El farmacéutico atendía por un ventanuco que daba al portal, pero a nosotros siempre nos mandaba entrar. La farmacia estaba llena de los animales que disecaba su hijo. Los había de todas las clases y en todas las posturas, y mientras te atendía no podías dejar de preguntarte qué pasaría si revivieran de repente, buscando vengarse.

Mi madre era una chica de ciudad. Le gustaba pasear por las calles, ver escaparates y sentarse en una terraza a tomar un refresco. Le gustaba ir a la piscina, y la música que ponían a todo volumen por los altavoces para amenizar los baños. También le gustaban mucho los animales, pero cuando eran libres y podían ir y venir a su antojo, sin depender de nadie: los vencejos que volaban al atardecer buscando insectos, los conejos que se escondían en las carrascas del monte, las bandadas de patos que anidaban en los ríos. Le gustaban las cigüeñas, con sus vuelos pausados y su quietud en lo alto de las torres; y le gustaban las golondrinas cuando bajaban raseando a beber agua y los nidos que hacían bajo los aleros de los tejados, como pequeños apartamentos. También amaba los campos y las veredas del río, que no era gran cosa y a veces traía tan poca agua que parecía a punto de desaparecer. Le gustaba bajar a su orilla y detenerse ante los juncos y mimbreras donde anidaban las gallinitas de agua. O, en los días de calor, observar en su superficie los movimientos aturdidos de los peces, o subir a la casa donde vivía el guarda del monte, que era una casa de piedra y estaba rodeada de encinas negras como la tinta del calamar, y pasearse por los senderos cuando florecían las jaras y el monte se poblaba de flores blancas cuyo olor aromático recordaba el del bálsamo.

– Un campo lleno de margaritas -nos decía- es más valioso a los ojos de Dios que todas las riquezas del mundo.

Mi madre y la tía Gregoria se cayeron bien desde el principio. Mi madre se ponía sus vestidos y paseaba delante de ella, o le enseñaba lo que había llevado en la maleta: sus faldas y blusas, sus camisones, su ropa interior. La visitábamos todos los años. Solíamos hacerlo en Navidad. Íbamos y volvíamos el mismo día, y estas visitas la hacían muy feliz. Yo era muy pequeño y no me acuerdo de nada, pero mi madre me contaba que poníamos música en el gramófono y bailábamos en el salón. Mi madre me llevaba en brazos y mi hermano hacía bobadas a nuestro alrededor, mientras la tía Gregoria nos miraba y se reía como una niña.

En ese tiempo apenas podía andar. Le había pasado algo en las piernas y se desplazaba con muletas por toda la casa. Pero para ir a la iglesia la llevaban en silla de ruedas. Había dos iglesias en el pueblo, la iglesia de Santa María, que estaba situada junto al Arco, y la de San Ginés, que era donde le gustaba ir. Para llegar hasta el atrio había que subir unas escaleras e hicieron una rampa para que pudiera entrar con la silla. Un año la iglesia se quemó y fue ella quien pagó la reforma. Tuvieron que pintarla entera. Lo hicieron dos hermanos, que eran los albañiles del pueblo. Fue cuando se cambiaron el nombre. Estaban hartos del mote por el que eran conocidos, y cuando terminaron la obra escribieron en la cúpula que la iglesia la habían pintado los hermanos Pirelli, en honor de los populares neumáticos. También arreglaron la capilla de la tía, que estaba a la derecha del altar mayor. Hicieron dos nichos en una de las paredes y trasladaron los restos del tío Francisco, dejando el otro vacío a la espera de que ella se muriera.

Cuando nació mi hermano, mi madre y mi padre fueron a que lo conociera, y se pasaron con ella unos días. Era verano, y llegaron al pueblo unos zíngaros que hacían títeres, acrobacias y pequeñas obras de teatro. Tenían monos, perros y cabras amaestradas, y tocaban por las calles una música melancólica que atraía a los niños. Por la noche encendían sus fogatas en la plaza, junto a la iglesia, para la función. Eran gitanos que venían del centro de Europa con sus músicas y sus vestidos de colores, y que encandilaban a pequeños y mayores con sus juegos, sus bailes y sus locuras. Pero había que tener cuidado con ellos pues, aunque venían de un mundo de libertad y gozo, también eran portadores de oscuras historias que hablaban de deseos y actos inconfesables. Se les acusaba de robos de animales y joyas, aprovechando el abandono en que quedaban las casas cuando sus dueños les iban a ver, raptos de niños que cambiaban por oro y joyas en remotos mercados, secuestros de muchachas cuya voluntad doblegaban con el encanto de sus ojos ardientes.