Выбрать главу

El encargado de la Confederación distribuía el tiempo de regar e iba dando, según las peticiones, una papeleta en que constaba el día en que podría retirarse el agua y las horas de que se disponía para hacerlo. Aquella operación se llamaba sacar el agua, y convocaba a todos los afortunados que tenían tierras a lo largo del trazado del canal, pues el control del agua les había permitido abandonar las plantaciones de cereal y forraje, y tener otros cultivos más rentables, como la remolacha, que al llegar septiembre los tractores llevaban a Valladolid en sus remolques. La carne de la remolacha era blanca y tenía un sabor dulce que contrastaba con su aspecto un poco inquietante, pues recordaba terrosos corazones arrancados de los cementerios. Los tractores llegaban hasta la azucarera, en Valladolid, donde formaban largas colas que obligaban a los agricultores a pasarse noches enteras esperando su turno de descarga. La azucarera estaba iluminada como un gran trasatlántico, y sus chimeneas expelían un humo denso y blanco que contrastaba con el rastro oscuro de los remolques, como en unas nupcias del cielo con la tierra.

Desde los balcones de Sindicatos se divisaban el Arco y la iglesia de Santa María, en una de cuyas paredes los jóvenes jugaban a la pelota. Gritaban al golpearla con sus manos y la pelota sonaba contra el muro como si arrojaran contra la piedra piezas de hierro. En una de las esquinas del local había una figura de san Isidro labrador. A sus pies se veía un ángel dirigiendo la yunta de bueyes. San Isidro triplicaba en tamaño a las otras figuras, que a su lado parecían pequeños animales de los campos. El ángel, una tórtola; y los bueyes, oscuros topos aturdidos. Toda la atención se la llevaba el santo, con sus barbas negras y su mirada arrobada. Sin embargo, su expresión no era feliz, sino de abatimiento, como si estuviera preguntándose: ¿Tanto trabajo para qué?

A mí san Isidro me recordaba a Poldo, el capataz de mis tíos, que también se quedaba mirando los campos con aquella mezcla de desapego y abatimiento, pues todo lo que hacían los hombres terminaba en tristes días abocados al pasado y al tapiz del olvido y la pobreza. Poldo parecía un gigante y poseía una fuerza descomunal. Mis primeros recuerdos del pueblo tienen que ver con él. Me cogía de los brazos y me alzaba por encima de su cabeza. Yo tenía por entonces cuatro o cinco años y temía y esperaba por igual el momento en que Poldo me tomara del suelo y, con los ojos encendidos por un brillo de inexplicable júbilo, me alzara todo lo que daban de sí sus brazos, como queriendo situarme lejos de las ofensas del tiempo y de las crueles derrotas de la vida.

VI

No hay nada que afecte más a una mujer que ver morir a un niño, y en aquel tiempo se veían con frecuencia por las calles los coches y las cajitas blancas en que los llevaban a enterrar. Poco después de nacer tú hubo en la ciudad una epidemia de polio. Era una enfermedad terrible que, en el mejor de los casos, dejaba cojas a las criaturas. Se decían las cosas más disparatadas acerca de lo que la podía causar: que su origen estaba en las hebras de los plátanos, o en las aves, especialmente en los periquitos, que venían infectados de los remotos países de donde procedían. Nosotros teníamos dos periquitos, un macho y una hembra. La jaula estaba abierta y ellos se movían a su antojo por la casa, los llamabas y venían volando a tu dedo. Y yo, por el temor a que pudieran contagiaros, se los di a Sara para que los tuviera en casa de la tía Marta.

Por ese tiempo leí una noticia en el periódico que me estremeció. Hablaba de una mujer joven que antes de suicidarse había matado a sus hijas. Les había dado los mismos somníferos que luego tomaría ella, y dejó una carta en que decía que no soportaba imaginarlas solas en un mundo lleno de dolor. ¿Era el mundo así, tan cruel? A veces os veía acostados y me imaginaba a aquella mujer junto a sus hijas dormidas. Tras darles las pastillas y tomárselas ella, se acostaba a su lado como si unas horas después, al abrir los ojos, fueran a encontrarse en un lugar nuevo donde no existían tristezas ni calamidades. Pero no había un lugar así. Eso opinaba el padre Bernardo, que todo era creación de Dios, y aunque muchas de las criaturas y de los sucesos del mundo nos parecieran incomprensibles, teníamos que aprender a amarlos. Amar a los pájaros, a los corderos y las flores, pero también las tormentas, el granizo y el fuego, el dolor y la muerte, pues todos eran nuestros hermanos.

Hermano dolor, hermana muerte, decía, como si también ellos tuvieran derecho a andar por ahí haciendo sus bellaquerías. Todos se metían con él, por lo sucio que iba y los disparates que hacía, pero a mí me gustaba ir a su casa y hablar con él. Una vez vi que había dormido en el suelo y le pregunté por qué. Me llevó a su cama y, levantando con cuidado la manta, me mostró un nido de ratones. Lo hago para no molestarlos, me dijo. Me había cogido de la mano para llevarme, y antes de soltármela se detuvo un momento a mirarla. Nadie me ha mirado las manos así, como si tuvieran una vida propia, una vida que no me pertenecía. Creo que se enamoró de mí. A veces les pasa a los ancianos, que se enamoran de una muchacha. Puede ser una vecina, la chica que les vende la fruta o una enfermera que les viene a cuidar. Y lo hacen con la misma intensidad y la misma locura que los jóvenes. No pueden dormir, pierden el apetito y sólo viven para verlas y estar a su lado. Y eso hacía don Bernardo, que todo el día se lo pasaba merodeando por nuestra casa, aunque raras veces se atreviera a entrar. Una tarde estaba en el pozo cuando noté que andaba por el patio. Yo me estaba lavando el pelo y fingí no darme cuenta. Estaba medio desnuda, y empecé a lavarme los brazos y los hombros, consciente de que no me quitaba ojo. Me gustaba sentirme mirada por él, poder regalarle algo de mi juventud y mi belleza. Era como tener un huerto e invitarle a entrar para que lo viera. ¿Qué había de malo en eso? Si lo piensas bien, era lo mismo que mirar los membrillos que colgaban de los árboles, percibir el olor de los higos o el arrullo de las palomas. Esa noche tuve un sueño. Estaba en casa y sentía ruidos por el pasillo. Era don Bernardo, que bajaba las escaleras. Pase, le decía, venga a la luz. Y cuando le llevaba junto a la lámpara, veía que sus manos estaban llenas de sangre. Estoy así por ti, me decía con una sonrisa. Fue un sueño dulce, como si me estuviera dando gracias por aquel dolor.

El dolor y la muerte siempre estaban cerca de nosotras, las mujeres. Por eso me gustaba la Virgen, porque era como las otras madres del mundo, siempre pidiendo cosas que no se podían cumplir. Si no había podido salvar a su hijo, ¿cómo iba a poder ayudarnos a nosotros? Me arrodillaba y le decía: ¿Y ahora qué hacemos? Y ella, desde lo alto, en el altar, rodeada de ángeles y racimos de oro, me contestaba: Consentir, qué otra cosa podemos hacer. Los hombres le ponían joyas y coronas y mantos preciosos, pero ella apenas era como las muchachas que servían en las casas. Puede que valieran para sacar brillo a los suelos, para preparar la comida y lavar la ropa, abrir la puerta e ir a comprar, pero no podían curar a los enfermos, ni hacer que no hubiera dolor en la vida de los niños, ni impedir que los hombres y las mujeres terminaran odiándose. Por eso, cuando murió tu hermano nunca se lo reproché. Dime, me limitaba a preguntarle, ¿qué hacías tú, cómo pudiste soportar el dolor? Ah, el dolor… A veces era tan intenso que no podía contener el deseo de gritar. Me metía en los armarios para que no me oyeran, o me negaba a levantarme de la cama, porque no quería ver la luz del día, ni asomarme a las ventanas para ver a la gente. ¿Por qué los árboles no perdían sus hojas, los pájaros no huían de aquel lugar ni se secaban las fuentes? ¿Por qué las otras madres, cuando pasaban ante nuestra casa, no encendían velas o ponían ramos de flores para recordar a tu hermano?