Odié a tu padre con todas mis fuerzas, porque también él lo quería olvidar. No soportaba su presencia y, si me contrariaba, me revolvía como una fiera salvaje. Llegaba a romper lo que tenía a mano: los platos en que comíamos, jarrones, cuadros y espejos. Una vez quise tirarme por la ventana. No me acuerdo bien de qué pasó, pero cuando quise darme cuenta tenía la ventana abierta y tu padre me estaba sujetando por la cintura. Me llevó a la cama. Yo gritaba y trataba de soltarme. Veía la ventana abierta y quería morir de una vez. Pero me di cuenta de que te hallabas en la puerta. Acababas de cumplir seis años y te habías echado a llorar porque no entendías qué pasaba. Puede que creyeras que tu padre me estaba haciendo daño, aunque lo único que quería era protegerme. Protegerme de mí misma, de mi propia furia. Me pareciste el marrano Antón. ¿Te acuerdas? Lo soltaban por las calles del pueblo e iba de casa en casa como un alma en pena. Se plantaba ante las puertas y, si le invitaban a entrar, se quedaba allí unos días, descansando y comiendo, hasta que volvía a marcharse. Y así crecía y engordaba. Y tú estabas allí, mirándolo todo con los mismos ojos asustados del marrano Antón cuando se paraba delante de tu puerta y no sabía si le ibas a dejar entrar o le ibas a dar un escobazo. Sentí pena de todos nosotros, pena de tu hermano que acababa de morir y al que ya nunca tendría en mis brazos; pena de tu padre, al que culpaba injustamente de lo que había pasado; y pena de ti, que parecías un niño que no tenía madre e iba de mano en mano como esos gatitos que nadie quiere y que suelen acabar en el río. Y fui en tu busca para pedirte perdón. Ya pasó todo, te decía, a partir de ahora todo cambiará. Me esforcé para que así fuera. Te iba a buscar a la salida del colegio y, por las noches, te leía cuentos y me quedaba a tu lado hasta que te dormías. Pero no veas el trabajo que me costaba. Era como si todo aquello sucediera bajo el agua, donde yo no podía respirar. Tenía que subir a por aire y conservarlo en mis pulmones hasta que volvía a necesitar más. Era como si una madre que sólo pudiera respirar en la tierra se ocupara de un niño pez.
Y cuando me quedaba sola, todo me parecía extraño. La casa, los muebles, cuanto había a mi alrededor. Me quedaba mirando las cucharillas, los vasos, las madejas de lana y las agujas de hacer punto, y pensaba: ¿Por qué estarán ahí? Todo me daba pena. Veía a una madre con su bebé por la calle y sentía pena porque antes o después se tendrían que separar. Veía un grupo de niños jugando y lloraba al pensar que crecerían. Veía un caballo o un perro y sufría porque no sabían hablar y eran nuestros esclavos. Ni siquiera los pájaros me parecían felices, porque pensaba en sus fríos nidos en la noche y en los gatos que acechaban en los tejados. Veía una pareja de novios y lloraba porque el amor tarde o temprano dejaría sus corazones desiertos. Y ¿sabes una cosa? No podía pedirte que me ayudaras, porque ¿cómo una leona puede pedir a un cordero que la salve? No, eso no es posible, porque el cordero es aún más débil que ella. No podemos hacer nada, pensaba, sólo esperar.
Llamé a aquel tiempo mi noche triste, en recuerdo de Hernán Cortés. En el libro de historia de tu hermano había un dibujo en que se veía a Cortés junto a un árbol, lamentándose de su derrota. Me pasaba las tardes mirando ese dibujo porque, poco antes de la muerte de tu hermano, había estado hablando con él de lo que había pasado en esa batalla y de cómo, a su término, Cortés se puso a llorar a causa de tantos amigos y tantos tesoros perdidos, y porque no sabía qué iba a ser de los que quedaban ni dónde podían esconderse. Y eso mismo me pasaba a mí, que no sólo me parecía terrible lo que había pasado, sino todo lo que estaba por venir. Fue entonces como si la casa se llenara de niebla. Una niebla que brotaba de las paredes, de los muebles y del suelo y hacía que todo pareciera irreal. Un día me tropecé con un jarrón que se rompió al caer. Era un regalo de boda, pero vi sus fragmentos en el suelo y me dio igual que se hubiera roto. Otro día, se declaró un violento temporal. La ventana se abrió bruscamente y el agua y el viento entraron en el cuarto mojando el aparador y la alfombra, y yo, que estaba sentada en el sillón, no me levanté a cerrarla. Nada me importaba, a veces ni siquiera tú. Iba a verte por las noches y no me parecías un niño de carne y hueso, sino un ser sin alma que el agua se podía llevar sin que importara. Eras como esas cáscaras de nueces y avellanas que quedan en la mesa después de comer.
A veces me quedaba mirando el fuego de la cocina y pensaba: seguro que si meto la mano no me quemaré. Estaba como borracha de las medicinas que me daban, y una tarde me tropecé por el pasillo con Julia, que era la chica que entonces teníamos en casa. Llevaba un delantal con la labor dentro y una de las agujas de hacer punto me traspasó el muslo. Julia me la quitó como si la sacara de un bote de manteca. No sentía los sabores, ni los olores, ni el calor ni el frío. No sé cuánto estuve así, porque perdí la noción del tiempo. No había pasado ni futuro, día ni noche, ni siquiera recuerdos. Hasta que poco a poco aquella niebla se fue retirando y pude volver en mí. Habían pasado ocho meses completos y allí estabas tú, como esos perros que dejamos en el pueblo y que, al verano siguiente, nos siguen esperando en la calle, como si nos acabáramos de marchar. ¿Qué haría ahora, cómo te devolvería el tiempo que te había robado? Oh, perdóname, te decía, he estado muy enferma, pero ya pasó todo, nunca más volveré a abandonarte. Pero ya lo ves, también en esto te mentí, porque hubo una segunda vez. ¿Te acuerdas? Fue en aquel viaje que hicimos a Madrid los dos solos, el viaje en que te escribí aquella carta. Pero esto sucedería muchos años después. Nunca habías estado en Madrid y, cuando cumpliste catorce años, decidí que había llegado la hora de que lo hicieras. Aún te estoy viendo en la estación, loco de contento porque muy pronto nos iríamos juntos y yo te había dicho que me tenías que proteger. ¡Protegerme a mí, que te iba a traicionar! Pero espera, espera, que aún hay muchas cosas que tengo que contarte de aquel otro tiempo, el que siguió a la muerte de tu hermano. Tenías sólo seis años y te volviste mi caballero andante. Estabas pendiente de que tomara las medicinas, de llevarme agua, de buscarme una chaqueta cuando tenía frío. Una vez que estábamos paseando por el parque, te pregunté por lo que habías hecho durante los meses en que había estado enferma. ¿Y sabes lo que me contestaste?: esperar. Tenías sólo seis años y me hablabas como si tú fueras el adulto y yo la niña. Pero yo no era una niña, sino una mujer que sentía envidia de la felicidad de las otras mujeres, y que les deseaba en secreto lo peor. Si yo era tan desgraciada, ¿no debían, al menos, disimular su felicidad delante de mí? Ojalá te mueras, les deseaba cuando pasaba al lado de una de ellas.
Un día hiciste una trastada y me puse hecha una furia. Me pasaba eso, que cualquier contratiempo me llevaba a un ataque de inesperada cólera. Cogí la zapatilla y empecé a pegarte. Tú corrías por la casa y yo te perseguía enloquecida, hasta que te arrinconé en uno de los cuartos. Iba a seguir golpeándote cuando, lleno de terror, me dijiste: Por favor, no me pegues más. Yo no tengo la culpa de lo que pasó. Me quedé paralizada. ¿Habías pensado que te culpaba de la muerte de tu hermano? Me arrodillé a tu lado y te abracé con todas mis fuerzas. No digas eso, por favor. Nadie tiene la culpa de aquello, son cosas tristes con las que tenemos que aprender a vivir. ¿A que tú y yo lo vamos a hacer? Asentiste con la cabeza, mientras te sorbías los mocos. ¡Eras tan guapo! Parecías un almendro. Uno de esos almendros que se llenan de flores en los caminos cuando todavía hace frío, que anuncian la llegada de una nueva estación. Esa noche me arrodillé ante la Virgen para rezarle. Oh, Virgen mía, ¿qué hacías tú? Tú sufrías en silencio, no te rebelabas. Y fue así como hiciste que aquellas llamas aparecieran. Enséñame cómo hacerlo, haz que también yo pueda llevar una llama como la tuya sobre mi frente.