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Transcurrió el tiempo y todo se fue olvidando, hasta que Toñín empezó a hablar. Era un hombre muy delgado, con la cabeza redonda. Iba peinado con un flequillo ralo sobre unos ojos de color pardo, fijos y huecos, como si fuesen de cristal. A pesar de vivir en el campo, era muy pálido y vestía de forma estrafalaria. Bebía sin parar cada día y, cuando estaba a tono, daba en hablar e inventarse todo tipo de historias. Empezó a contar por los bares que había visto a don Bernardo el día de su fuga. Él estaba en el monte, cogiendo leña, cuando le vio a lo lejos con el niño. Don Bernardo lo llevaba sobre los hombros, como san Cristóbal al Niño Jesús. Nadie le creyó, porque Toñín era un mentiroso crónico y, a causa del alcohol, era capaz de inventarse las historias más disparatadas con tal de llamar la atención. Un día llegó a decir que una vaca le había recriminado que bebiera tanto. Fue en una época en que estuvo varios días sin probar el alcohol. Y cuando sus amigos, extrañados de su abstinencia, le preguntaron la causa, él contó la historia de la vaca. Había sucedido cerca de su casa. Se resbaló cuando regresaba bien entrada la noche, y estaba tan borracho que no se podía levantar. Entonces vio a la vaca acercarse a él, y la oyó decirle: Toñín, que te estás matando. Qué van a comer tus hijos cuando revientes. Y eso le había hecho reflexionar y cambiar de costumbres. Pero no le duraron mucho los buenos propósitos porque a los pocos días volvía a andar por los bares. La gente se reía y le pedía que contara alguna de sus historias, y él no se hacía de rogar. Sólo así era feliz, con todos a su alrededor escuchándole y él bebiendo. Y eso empezó a hacer con don Bernardo, a decir que le había visto con el niño que había resucitado. Y de pronto empezó a tener dinero. Nadie sabía de dónde lo sacaba, pero pagaba religiosamente lo que consumía y hasta invitaba a los que estaban con él en el bar.

Teófila fue la que descubrió que era el padre quien le daba el dinero. Procedía de la venta de las monedas de oro de la colección de doña Gregoria. Francisco, su marido, era muy aficionado a las monedas y ella le había regalado esas piezas al poco de casarse. Y a su muerte, se las entregó a don Bernardo para obras de caridad. Teófila sabía esto porque el propio padre le había enseñado las monedas, que guardaba en el baúl de su cuarto, y le había dicho que doña Gregoria se las había dado para expiar la muerte de aquel caballo blanco, pues estaba arrepentida de haberlo envenenado. Había sido la propia Teófila quien le fue al padre con el cuento de lo que Toñín andaba diciendo por los bares. Don Bernardo le mandó varias veces recados, diciéndole que le quería ver, pero Toñín se negaba a ir. Jugaron al ratón y al gato, hasta que una tarde le sorprendió en el río. Toñín estaba pescando cangrejos y, cuando quiso darse cuenta, tenía al padre encima de él. A ver, ¿qué andas contando?, le preguntó. Toñín se puso a balbucear frases incoherentes y culpó a sus amigos de inventarse la historia. Y el padre Bernardo le enseñó una de las monedas. Toñín supo al momento que era buena, de oro puro, por cómo brillaba, y cambió de actitud. Era a comienzos de noviembre, pero aún no habían empezado los fríos invernales. Toñín sentía en la piel el sopor lento de la tarde, tan dulce y pegajoso, lleno de pereza. Los troncos de los árboles relucían aún por la última lluvia, y el suelo estaba lleno de hojas amarillas. Se habían sentado en una sombra húmeda y, mientras hablaba, se fijó en que las hormigas subían por las manos sarmentosas del padre sin que él hiciera nada por evitarlo. Y entonces le empezó a contar. Al principio, sólo por conseguir la moneda, pero enseguida, y al ver la atención con que le escuchaba, gozando con ello, como el pastor que se pone a contar sus ovejas y, al verlas tan desamparadas, se olvida de esa cuenta y sólo tiene ojos para el tembloroso rebaño que camina a su lado.

Su relato empezó a avanzar como ese rebaño, yéndose para donde quería, siguiendo querencias que ni él mismo era capaz de comprender o prever. Y Toñín le dijo al padre que sí, que les había visto a los dos por el campo al amanecer. Él llevaba al niño sobre los hombros, pero luego lo dejó en el suelo y éste empezó a andar por su cuenta. Y así estuvieron un buen rato, caminando el uno detrás del otro. ¿Andaba por sus propios pies?, le preguntó. Toñín dijo que sí, que lo hacía sin dificultad, con el faldón recogido en una de sus manos para que no le molestara, y que desprendía una luz muy blanca, una luz que parecía nacerle de dentro, como pasa con la luz de las lámparas. Y que él, el padre, iba detrás de ese rastro, que recordaba el que dejan sobre la hierba los caracoles. Hasta que llegaron al río, donde se detuvieron a hablar. ¿A hablar?, volvió a interrumpirle el padre, pero ¡si aún no había cumplido el año! Pues lo hacía como nosotros, le contestó Toñín, que al acercarse aún más para escucharles vio que el suelo estaba lleno de pájaros con las alas abiertas, pájaros que parecían sumidos en un sopor que les impedía moverse, como en los días de intenso calor. Y eso mismo le sucedió a él, que no pudo seguir avanzando, y cuando quiso darse cuenta, se sintió invadido por el mismo sopor hasta que se quedó dormido. Al abrir de nuevo los ojos, habían pasado varias horas. La corriente del río fluía lentamente y los carrizos temblaban en las orillas como copos suspendidos en el aire. Por más que les estuvo buscando, no halló rastro de ninguno de los dos.

Al llegar a este punto, Toñín vio que el padre estaba llorando. Las lágrimas brotaban de sus ojos y se perdían en sus mejillas como en una extensión de arena. Toñín ya no sabía cómo seguir. Estaba muy nervioso y quería terminar cuanto antes, porque tenía miedo a que descubriera que todo se lo estaba inventando. Pero el padre se levantó y le dio aquella moneda. Hale, ya te puedes marchar, le dijo. Toñín se fue sin dudarlo. Sentía algo raro en las manos, en las rodillas, como si se le hubiesen vuelto rígidas. Empezaba a oscurecer cuando llegó al pueblo. Al pasar por delante de la casa del padre, vio por la ventana el bulto de los muebles y los libros, como jorobas de animales. Yo aquí no vuelvo, pensó para sí.

Pero sí volvió, en busca de más monedas. Antes había ido a Medina de Rioseco, a ver a un joyero conocido, que le dijo que la moneda era buena. Le dio la dirección de un coleccionista en Valladolid, y, en efecto, la moneda era de oro y le dio por ella más dinero del que Toñín había soñado tener. Es más, le dijo que si conseguía otras monedas como aquélla no dudara en llevárselas. Toñín regresó al pueblo convertido en un potentado. Se pasaba el día en los bares, invitando a todos los que se encontraba, hasta que el dinero se le terminó. Entonces se acordó de lo que le había dicho el coleccionista y volvió a casa de Teófila. El padre le recibió en su cuarto, y ambos se sentaron a la mesa. Toñín le dijo que había recordado más cosas. Por ejemplo, que llevaba al niño atado por la cintura. Don Bernardo se incorporó despacio, bañado por algo incierto, dulzón, que flotaba en el aire. Huele a muerto, pensó Toñín. ¿Atado?, le preguntó. Sí, con una cuerda, para que el niño no se escapara. Toñín habló y habló, y se maravillaba de que el padre todo se lo creyera, y fuera capaz de asentir con la cabeza a los episodios más descabellados. ¿De verdad hacíamos eso?, se atrevía de vez en cuando a preguntar. Y Toñín le contó que bastó con que el niño tocara un escaramujo para que éste se llenara de flores, y que poco después empezó a desprenderse del suelo y si no llega a ser por la cuerda con que lo sujetaba, se habría ido volando por el aire como hace el humo cuando se queman los rastrojos. O que se encontraron con un rebaño y las ovejas, al verles, se tumbaron en la tierra y el niño las fue bendiciendo una a una. Y todo lo que Toñín le contaba era de este jaez, que tomaba aquellas cosas de las historias de santos que había escuchado en la escuela, y así estuvo varias semanas, que cuando volvía a necesitar dinero se pasaba por allí para añadir nuevos dislates a los que ya le había contado.