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El padre no decía nada. Escuchaba sus historias y, al terminar, iba a por una nueva moneda y se la daba. Y un día, cuando estaba en su cuarto esperando, Toñín vio que había un libro sobre la mesa, y se puso a hojearlo pues estaba lleno de láminas con bellos colores, en las que se veían todo tipo de criaturas fantásticas: hombres que saltaban sobre un solo pie, mujeres llenas de pelos, animales de dos cabezas, pájaros con patas de felinos, jirafas con pechos de mujer, delicados unicornios que espiaban entre las ramas el baño de las muchachas. Y como el padre le sorprendiera mirando tales figuras, le preguntó si le gustaban y Toñín asintió con la cabeza. Son quimeras como las que me cuentas tú, le dijo, al tiempo que ponía la mano sobre su hombro en señal de gratitud. Y en ese instante Toñín supo que el padre estaba cuerdo, y que nada de lo que él le contaba lo daba por más real que aquellas extrañas criaturas. Y un día, al darle la nueva moneda, el padre le dijo: Es la última, ya no me quedan más. Toñín ya estaba en la puerta, cuando el padre volvió a hablar. Ya no tienes que volver, le dijo.

Don Bernardo se metió en la cama y no volvió a levantarse, que las últimas semanas de su vida se las pasó acostado y prácticamente sin comer, aunque Teófila a todas horas estuviera llevándole sopas. Y poco antes de morir la llamó para pedirle perdón por la forma en que las había tratado a ella y a su familia. Y, sobre todo, por lo que había hecho con el niño el día de su entierro. Y, cerrando los ojos, exclamó: hemos olvidado las palabras que dan la vida.

Fue lo último que dijo. Antes de retirarse, Teófila se lo quedó mirando y supo cuánto le odiaba. Odiaba su suciedad, su desdén, sus gritos en la noche, aquellos sermones llenos de amenazas que anunciaban la destrucción del mundo. Odiaba su soberbia, su feroz autoritarismo, su pretensión de ser portador de los designios de Dios. Odiaba la tiranía que había ejercido sobre ella y sus hijos, pues había tenido que soportar su malhumor, sus ataques repentinos de cólera, su inquisitiva piedad, para continuar en aquella casa. Odiaba sus libros, llenos de amenazas sombrías, y el miedo que se derivaba de ellos. Y le odiaba, sobre todo, por el acoso al que había sometido a su hijo pequeño. Que quisiera verle cuando le daba el pecho y que luego se lo pidiera para tenerlo en sus brazos. Y que hubiera robado su cuerpecito muerto y se hubiera ocultado un día entero con él en el monte. ¿Qué había hecho en ese tiempo? Acaso él, que era sacerdote, ¿no sabía que no se puede regresar de la muerte?

El padre Bernardo se había quedado dormido y Teófila le estuvo mirando. Sus manos reposaban sobre la manta raída. Aquellas manos le produjeron una sensación de angustia y repugnancia a la vez, como la vista de una culebra, y no pudo sino desear su muerte, para poder entrar en aquel cuarto y limpiar, limpiarlo todo hasta no dejar ni una huella de su paso por el mundo. Y eso hizo cuando el padre expiró. Sacó todos sus libros al patio e hizo una hoguera con ellos. Luisa llegó cuando ya estaban ardiendo. Las llamas eran tan fuertes que no pudo acercarse a salvar ninguno. ¿Qué has hecho?, le preguntó, con las mejillas sonrojadas por el calor y luz de las llamas. Ya lo ves, quemarlo todo, le contestó Teófila. Había en su rostro una expresión de felicidad y descanso, como si en aquella hoguera estuvieran ardiendo, al tiempo que los libros y ropas de don Bernardo, todos los recuerdos de esa vida que habían compartido y en la que nunca habían sido iguales.

Y así fue como Luisa terminó su relato. Ya era de noche en el monte. La casa estaba despojada de visillos, y las ventanas aparecían desnudas, abiertas a la oscuridad, como ojos sin párpados. Luisa fue a por leña y se arrodilló frente a la chimenea. El fuego se levantó en la negra y fría boca. Espejearon los cristales y los muebles se nimbaron de un color rojizo. Me pidió que me quedara a cenar, pues su marido estaba a punto de llegar, pero yo no quise. Mi bicicleta tenía uno de aquellos faros que funcionaban con una dinamo, y unos minutos después estaba pedaleando cuesta abajo. En vez de bajar por la carretera, tomé el camino que solían utilizar en el pueblo para subir al monte. Pero el camino se bifurcaba cada poco y terminé por perderme. No era grave, pues me bastaba con seguir bajando para llegar al valle. Había luna creciente, y una luz lechosa bañaba piedras y arbustos. Vi la caseta del picón de Carmina y me dirigí hacia ella, pero, al tomar una curva, perdí el control de la bicicleta y me caí al suelo. Me golpeé la rodilla, que empezó a sangrar. Apenas podía moverme y, al alzar los ojos, vi a un hombre en medio del campo. No hacía nada. Permanecía inmóvil, mirándome, entre los cultivos. Mi corazón se puso a latir atropelladamente. Conseguí levantarme y recuperar mi bicicleta, que gracias a Dios aún funcionaba. Cada poco miraba en dirección a aquel hombre, que seguía sin moverse, atento a cada uno de mis movimientos. Sentía su mirada detrás de mí y el temor a que pudiera hacerme algo.

El pueblo ya estaba cerca y se veían las primeras casas, e hice el resto del camino con el corazón en la boca. Unos días después, pasé de nuevo cerca del picón y descubrí que el temible desconocido era un vulgar espantapájaros. Allí estaba, flotando sobre el maíz, con el sombrero, la ropa raída y los brazos abiertos. Al acercarme me dio pena, pero la verdad es que en ese tiempo me daba pena todo. Los niños que andaban por la calle medio desnudos, las viejecitas que iban renqueantes a misa, los rebaños de ovejas, siempre tan mansas y cabizbajas, hasta las farolas que los chicos rompían con sus tirachinas.

Esa noche aún temblaba como una hoja cuando llegué a casa. Tu padre no estaba y fui derecha a tu cuarto. Ya estabas dormido y me metí en la cama contigo. Desprendías el calor suave y benigno de esas piedras que han estado todo el día expuestas al sol. Y te estreché suavemente entre mis brazos. Soy yo, mamá, te dije muy bajito. Y te vi sonreír en sueños. Pero yo no podía dormirme, porque me acordaba de lo que me había contado Luisa. Me imaginaba al padre llevándose al niñito muerto, y luego allí en la oscuridad del monte, rezando y rezando, para que se despertara. Tratando de encontrar esas palabras capaces de obrar el milagro de devolverle la vida. ¿Existían palabras así? Puede que no, pero todos seguían buscándolas. En todos los pueblos del mundo, en todas las casas, en el momento de la muerte, siempre había alguien que se acercaba al difunto y, cerrando los ojos, le pedía en secreto que se despertara. Nunca sucedía pero, aun así, en el corazón de los hombres seguía existiendo el absurdo deseo de intentarlo una y otra vez.

VII

Mi hermano murió a finales de septiembre. Acabábamos de volver del pueblo y yo había ido a comer con la tía Marta, lo que solía hacer cada sábado. Julia fue a buscarme, y cuando llegamos a casa no había nadie. Fuimos a la cocina y me dio la merienda. Estaba muy callada y se puso a planchar. De vez en cuando se volvía nerviosa para mirarme. Lo hacía como si no me reconociera, como si dudara de que el niño que estaba en la cocina fuera yo y no otro cualquiera, un niño de la calle que se hubiera colado en la cocina para comerse todas sus magdalenas. Luego llamaron a la puerta. Era Sara, la criada de la tía. Me extrañó volver a verla tan pronto, pues acababa de estar en su casa. Me dio un beso y me dijo que me fuera a mi cuarto a jugar. Estaba desplegando mis soldados en el suelo cuando oí sollozos. No parecían provenir de una mujer sino de un animal que hubiera caído en una trampa. Me asomé a la puerta de mi cuarto. Ya había oscurecido y al fondo se veía la cocina iluminada. Sentí miedo y rabia por que no estuviera mi madre. Sabía que me daba miedo la noche y me había prometido que siempre estaría a mi lado cuando oscureciera. Avancé por el pasillo. Los sollozos habían terminado pero ahora oía susurros en la cocina, las voces sofocadas de Julia y Sara hablando bajo para que nadie las oyera. Estaban abrazadas junto a la ventana.