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– Oh, Dios mío, Dios mío -decía Sara.

Se volvieron hacia mí. Julia tenía el rostro enrojecido, hinchado, como si se le hubiera quemado, y Sara parecía una niña. Tendió los brazos para que fuera con ella.

– ¿Qué pasa? -acerté a decir. En ese instante pensé en mi madre, en que le había pasado algo, y les pregunté dónde estaba.

Sara me abrazó contra su pecho. Era muy baja y apenas me sacaba la cabeza.

– Calma, calma -me dijo-, tus padres vendrán enseguida.

A mi madre le gustaba decir lo que era suyo y lo que no lo era. Por ejemplo, en la casa sólo unas pocas cosas le pertenecían de verdad. El mantel de las florecitas rojas, la imagen de la Virgen de Fátima, su ropa, sus libros y algunos muebles: un sillón tapizado en rojo que había en el salón, y donde le gustaba sentarse a leer, una lámpara de cristal, el reloj de cuco… A veces jugábamos a adivinar lo que era suyo y lo que no. No sólo en casa, sino cuando íbamos por la calle. Por ejemplo, veía algo en un escaparate y exclamaba:

– Mirad, eso es mío.

O íbamos por el parque y nos decía lo mismo de un árbol, un pato o un rosal que acababa de florecer.

– Esas rosas son mías -decía con firmeza.

Decía que bastaba con elegir algo de verdad para que pasara a ser tuyo y nadie te lo pudiera quitar. Una de las cosas que le gustaban era una gallina de porcelana que había comprado en Portugal, durante el viaje de novios. Estaba en el aparador de la cocina y pedí a Sara que me la diera. Me quedé dormido con ella. La casa estaba llena de gente cuando me desperté. Me habían llevado al cuarto de estar. Vi a los tíos y a alguna de mis primas mayores. Dos de ellas estaban llorando. Entró mi padre y, al verme despierto, vino a mi encuentro. No lograba entender qué me decía. Apenas podía hablar y ni siquiera se atrevía a mirarme. Tenía en las manos un papel doblado que apretaba como si fuese un pez que intentara escurrírsele.

– Tu hermano, ha sido un accidente terrible.

Era de noche y se había puesto a llover en la calle. Oía los pequeños golpes de lluvia contra el cristal; había en cada gota una luz diminuta, perlada. Nada se ha borrado de aquella noche y podría describir minuciosamente cada uno de sus instantes.

– ¿Y mamá? -pregunté.

Tenía miedo de que me estuvieran engañando y que a quien le hubiera pasado algo fuera a ella.

– Está bien. Ahora necesita descansar.

Los tíos estaban a nuestro lado. Sus cuerpos parecían ocultar y guardar cosas, como cajas cerradas. Sara vino a buscarme y me tendió su pequeña mano.

– Anda, ven.

Había mucha gente en la casa y cuando pasábamos junto a ellos se ponían a cuchichear. Sentía vergüenza, como si hubiéramos hecho algo malo y todos estuvieran comentándolo.

Mi madre estaba en su cuarto, sentada en la cama, con la tía y con Julia y, al verme en la puerta, tendió sus brazos para que me acercara. Me preguntó si sabía lo que le había pasado a Antonio.

– Está en el hospital, pero ya no se puede hacer nada. -Y añadió-: No lo quieren traer a casa.

Estaba serena, pero su voz sonaba de una manera extraña, como si no supiera lo que decía. También a mí me trataba como si no me reconociera. Me incliné sobre su oído:

– Mamá -le dije-, soy yo, Daniel.

No había ternura en sus gestos, y se notaban sus huesos empujando la carne. Olía a algo raro, medicinal, y tras apartarse de mí se volvió hacia Julia y le preguntó:

– ¿Has puesto el mantel bordado?

No sabía lo que decía, se preocupaba de cosas absurdas. Si habían encendido la calefacción, si había café para los que iban llegando, si tenían algo de comer.

– Hay pastas en la despensa -decía.

Una de las primas se había sentado a su lado y le retenía las manos entre las suyas. Mi madre se inclinó sobre su hombro y, aunque yo estaba un poco apartado, la oí decir:

– Creo que me he hecho pis.

No parecía ella, sino alguien que tenían allí, en la cama, y con el que no sabían qué hacer. La prima habló con Julia, que se dirigió a la cama para ayudar a mi madre.

– Ande, señorita, levántese. Tenemos que cambiarla.

Tenía el camisón empapado, y sobre el colchón había una gran mancha de humedad. La prima se puso a ayudar a Julia. Tenía los ojos negros y redondos, brillantes, como el carbón mojado por la lluvia. Mientras cambiaban las sábanas, mi madre vino hasta mí y me abrazó.

– ¿Estás bien? -me preguntó.

Parecía ida, no sabía dónde estaba ni lo que había pasado. Seguía lloviendo y el agua golpeaba los cristales como si arrojaran contra ellos puñados de arena. Mi madre me abrazó más fuerte, tiritando como un pájaro en invierno. Estaba muy fría. Fuera, en la calle, debieron de moverse las ramas de algún árbol, porque la luz tembló en la habitación, extraña como un sueño en la oscuridad. Mi madre se puso a llorar de una forma suave y silenciosa.

– Se acabó, se acabó todo -me dijo-. Ahora, ¿cómo voy a vivir?

Me acuerdo de todos los detalles de aquella noche pero no de lo que pasó en los días siguientes. No me acuerdo de haber visto a mi hermano muerto, no me acuerdo del funeral, ni de su ataúd, que era de color blanco porque mi hermano Antonio sólo tenía nueve años. Mi padre quiso llevarlo al pueblo. Su familia tenía un panteón, y lo enterraron en uno de los nichos, junto a los abuelos, bisabuelos y tíos.

– Todos son viejos -decía mi madre-; ahí no se puede quedar.

Y consiguió que mi padre comprara una tumba para él bajo unos cipreses muy esbeltos que había en el pasillo central. Era de mármol blanco, y mi madre mandó poner un ángel en la cabecera. Tenía las alas abiertas y una vestidura que le llegaba hasta los pies. Sus manos estaban sobre el pecho, en actitud de rezar.

Era una tumba muy bonita, que mi madre limpiaba siempre que la visitaba. Durante el verano, lo hacía casi todos los días. A veces la acompañaba yo. Mi madre llevaba flores, que ponía a los pies del ángel, y se quedaba un rato rezando. Siempre empezaba con aquella oración a la Virgen que tanto la gustaba: «Ave Regina Caelorum». Se la sabía en latín y me hacía arrodillarme a su lado y rezarla con las manos juntas. Hablaba de la Reina del Cielo, de la Señora de los Ángeles, y la llamaba Raíz, Puerta de la que había surgido la luz del mundo, para pedirle que implorara por todos nosotros. Mi madre pensaba que era a la Virgen a la que tenía que rezar, porque sólo ella podía entenderla. Hablaban de sus hijos, como hacen todas las madres cuando se encuentran. Luego me dejaba marchar y yo la esperaba fuera del cementerio.

Por delante pasaba el Camino Real, que discurría por campos sembrados de maíz y alfalfa. Las plantas del maíz se plantaban muy cerca unas de otras y cuando hacía un poco de viento, sus hojas chascaban con un ruido de chapas y espadas. Las mazorcas eran alargadas y gruesas como faroles, y de su extremo colgaban espesas cabelleras doradas. Podían alcanzar más de dos metros de altura y formaban selvas casi impenetrables, en las que nos gustaba entrar a jugar.