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Cuando mi madre terminaba de rezar, me llamaba desde el camino. No le gustaba que bajara a la charca, una pequeña laguna junto al cementerio, porque decía que era un lugar insano y algún insecto podía picarme. Además, el limo estaba lleno de sanguijuelas, un animal que le repugnaba. Las sanguijuelas se adherían a la piel para chuparte la sangre y había que quemarlas con un cigarrillo para evitar que su cabeza se quedara dentro, provocando dolorosas infecciones.

Al cementerio raras veces iban los hombres, pues cuidar de los muertos era una tarea de las mujeres. Ellas se ocupaban de los recién nacidos, de vestir y educar a los niños, de limpiar las casas y dar de comer a los suyos, pero no descuidaban a sus familiares ausentes. Se ocupaban de los vivos y guardaban la memoria de los muertos, como si entre ambas cosas hubiera una absoluta continuidad. Luisa y Carmina iban con mi madre al cementerio y limpiaban y ponían flores en las tumbas de sus seres queridos. Las arreglaban como si fueran pequeñas casas, convencidas de que los muertos seguían añorando las costumbres de la vida. A veces, hablaban con ellos. Se sentaban en sus tumbas y les ponían al tanto de lo que había pasado en el pueblo desde que ellos no estaban. Que si una vecina había tenido mellizos, que si otra se había casado con un forastero, o que si una vaca brava se había escapado de la dehesa para refugiarse en el monte. Hablaban de las bodas, de los niños que nacían y de la gente que acababa de morir. Y apenas podían contener su tristeza. Especialmente cuando, terminados sus rezos y confidencias, se tenían que ir. Les daba pena dejarlos en aquel sitio donde no había abrigo, ni un pedazo de pan o un tomate, ni siquiera agua para beber. Allí, metidos en sus tumbas, se pasaban el tiempo sin hacer ni esperar nada, hasta que sus familiares dejaban un buen día de visitarlos y nadie volvía a acordarse de ellos.

Luisa, Carmina y mi madre salían atribuladas, con los ojos aún húmedos por las lágrimas, pero cualquier cosa tenía el poder de devolverlas a la vida. Alguien que pasaba en bicicleta, un perro que se ponía a seguirlas, un escaramujo cuyos frutos pomosos y rojos se detenían a coger para hacerse collares, como cuando eran niñas. En el pueblo estaba mal visto que una mujer fumara y ellas lo hacían a escondidas. Era Luisa quien les había metido en el vicio. Ella fumaba desde que era joven y había andado de un lado para otro de actriz. Buscaban un lugar apartado y encendían sus pitillos entre risas, con la sensación de estar haciendo algo prohibido, como tres muchachitas que burlaran la vigilancia de sus madres. Si yo andaba cerca, mi madre me decía que me fuera a jugar. Entonces iba a la charca y me quedaba escuchando el zumbido de los insectos o el arrullo monótono de las palomas. En las horas de sol, el agua brillaba con un verde de fuegos fatuos entre los juncos y las cañas. A veces veía al pájaro caballo. Volaba hasta un pino, y yo percibía el sonido de su pico perforando la madera, sus golpes secos, continuados, incansables, como un obrero loco. O, tumbado en el suelo, junto al agua, contemplaba a los renacuajos. Cuando sus patas empezaban a despuntar, parecían pequeños hombrecillos con escafandras.

Algunas tardes veía a don Bernardo. Salía de casa para dar largos paseos e iba tan abstraído que no solía reparar en nadie. Sólo algunas veces te veía de lejos y se acercaba con pasos decididos. No decía nada. Se quedaba mirándote con una expresión interrogativa y enseguida reemprendía aturdido su camino, como si no supiera qué hacía allí ni qué lugar era aquél. El padre Bernardo vivía en una completa soledad, apenas rota por esas salidas cada vez más espaciadas. Paseaba por la orilla del canal o se acercaba a la iglesia de San Ginés, lo que suponía atravesar el pueblo. Al pasar por las calles, miraba fijamente a los niños, a las mujeres, a los pájaros, con sus pupilas brillantes y negras. Nadie podía entrar en su cuarto, salvo los niños que hacían de monaguillos, pues llegó a tener una dispensa especial que le permitía decir allí la misa. Uno de ellos era Poldo, mi amigo del pueblo, y yo iba a menudo con él. Al padre Bernardo le gustaba que fuera a ayudarle porque Poldo sabía contestarle en latín.

Con frecuencia en la habitación había un hedor insoportable pues el padre hacía sus necesidades en un orinal, que muchas veces se olvidaba de sacar a las escaleras para que Teófila lo limpiara. Las ratas se paseaban por encima de la cama, y entre las vigas podridas anidaban colonias de arañas. El padre Bernardo era un hombre solitario, taciturno, de pocos amigos. Sentía un profundo respeto por todos los seres vivos y no mataba ningún animal. Incluso a menudo hablaba con ellos, como había hecho san Francisco, y no era infrecuente verle en las eras rodeado de tordos, o hablando con las ovejas como si le pudieran entender. Mi tía Gregoria le había dejado una pequeña pensión mensual de la que vivía.

Un día me quedé a solas con él. Poldo tuvo que salir a dar un recado y me senté junto a la ventana a esperarle. El padre Bernardo estaba sentado a la mesa leyendo uno de sus libros. Todos ellos hablaban del próximo fin del mundo y de las terribles desgracias que tendrían que soportar los hombres a causa de sus pecados. De repente, levantó los ojos de las páginas y me miró con sorpresa, como si se hubiera olvidado de que estaba allí. A su espalda, el ventanuco fue tomando un tinte luminoso y rosado, pues el sol se estaba poniendo. El padre Bernardo se levantó. Guardaba su ropa en un baúl negro y anduvo revolviendo en su interior hasta dar con una pequeña bolsa. Estaba llena de monedas de oro.

– Son de doña Gregoria -me dijo-. Cometió un pecado muy grande y quería que hicieran con el oro un cáliz para consagrar.

Y, mirándome con expresión de locura, añadió:

– Ya sabes qué pecado…

Y con la boca se puso a imitar el sonido de los cascos de un caballo.

– La cabrona se lo cargó.

No supe qué contestar, y enseguida me mandó que me fuera.

– Hala, vete, que aquí no haces más que incordiar.

Salí de allí de estampida. Poldo subía por las escaleras.

– Me voy a casa -le dije.

Junto a la puerta estaba la burra de Ramiro, el marido de Teófila, y me acerqué a acariciarla. Me fijé en sus ojos de pupilas redondas. No eran negras sino transparentes, de un pálido color de topacio, donde el sol se metía y se volvía de oro. Pensé en la tía Gregoria y en aquel pecado que había cometido y que no había podido olvidar. Era mi madre quien me había contado lo que se decía en el pueblo del caballo, que lo había envenenado. Ella conocía todas estas historias a través de Segunda, la criada que había cuidado a la tía Gregoria durante los últimos años de su vida.

– ¿Sabes qué hacía tu tía cuando llegaba Semana Santa? Imitaba la Pasión del Señor y tenía que caerse tres veces. Ella decía que se resbalaba, pero más de una vez la habían visto tirar las muletas y arrojarse al suelo. Se daba unos golpes terribles, porque no era que lo fingiera sino que se tiraba de verdad, y hasta que no lo había hecho tres veces, como le había pasado a Jesús, no se quedaba tranquila.

A mi madre le caía bien porque siempre andaba persiguiendo quimeras. Por eso caminaba entre las plantas como sonámbula, y cuando le llevabas los higos secos se los quedaba mirando como si no vinieran de las higueras del patio, sino del mismo huerto de Salomón. Segunda le contó a mi madre muchas cosas de la tía. Por ejemplo, que cuando ella era niña y estaba jugando con alguna amiga en el patio, a veces las invitaba a entrar. Les dejaba unas cartas muy bonitas. No eran como las cartas que conocían, pues estaban llenas de reyes, pajes, animales y signos que no entendían. La tía se sentaba a su lado y veía cómo jugaban con ellas. Nunca intervenía, ni abría la boca siquiera. Era capaz de pasarse horas enteras sin moverse, sólo mirando. Mirando, por ejemplo, una piedra o un ladrillo que había en el suelo. A veces pedía que le llevaran corderitos recién nacidos. Nadie podía tocarlos, y corrían por la casa haciendo sus cagarrutas por las alfombras. Tenían hambre, querían volver con sus madres, y se pasaban las horas balando, pero ella decía que estaban llamando a Jesús. Cuando se cansaba de ellos, pedía que se los volvieran a llevar. Lo mismo le pasaba con las niñas. Se obsesionaba con una y por un tiempo quería que estuviera siempre a su lado, que a veces hasta las mandaba hacer la camita junto a la suya, para que se quedaran allí a dormir, pero luego se le iba el capricho y no las quería ni ver. A Segunda le pasó. Un verano sólo quería tenerla a su lado. Estaba en su casa y llegaba Arturo a buscarla.