– No conocemos a nadie, y mucho menos a las personas que amamos -decía mi madre-. El amor nos hace pensar que son como nosotras queremos, pero esto no es cierto. Es el miedo a la soledad lo que nos confunde.
Mi madre ya estaba curada cuando empezó a decir estas cosas. Marga y Conchita se sentaban con ella en la cocina y, mientras se ocupaban de sus labores, la entretenían conversando. También yo, cuando regresaba del colegio, me iba a la cocina para escucharlas. Hasta mi padre empezó a pasarse más tiempo en casa y volvió a dormir en su cuarto. Incluso empezaron a salir otra vez, sobre todo al cine, a la sesión vermouth, que era la que les gustaba. Se esforzaban por aparentar una normalidad en la que sin embargo estaban lejos de vivir. La muerte de mi hermano seguía gravitando fatalmente sobre ellos, y yo no me atrevía a preguntar por lo que había pasado. No sólo mi padre y mi madre, sino también Marga, Conchita y Sara me ocultaban lo que sabían. Fue Julia quien me dijo que había sido un accidente. Mi hermano iba con mi padre en el coche y se detuvieron en el arcén a causa de un pinchazo. Mi padre se disponía a cambiar la rueda cuando mi hermano salió por la puerta que daba a la carretera. Un coche que pasaba a gran velocidad lo atropelló y, aunque lo llevaron enseguida al hospital, no pudieron hacer nada.
Muchos años después, mi madre todavía seguía acordándose de aquellos días. Yo la oía llorar, casi siempre por las noches, cuando todo estaba en silencio. A veces hablaba en voz alta. Oh, mi niño, decía, perdóname, no te supe cuidar. Se echaba la culpa de lo que había sucedido y quería volver atrás para poder empezar de nuevo. Era como esas leonas que encuentran a sus crías muertas pero siguen llevándolas en sus fauces, negándose a abandonarlas.
Una vez, mi madre sacó de una caja la ropa de mi hermano y se puso a contemplarla. Mi padre se enfadó al descubrirla. Le dijo que así nunca se pondría bien, que tenía que mirar hacia delante y olvidarse del pasado. Se fue dando un portazo y cuando entré en el cuarto, mi madre me llamó para que fuera a sus brazos.
– ¡Qué tontos son los hombres! -me dijo, mientras me besaba-, no saben que el amor no distingue entre la vida y la muerte.
VIII
No nos cansamos de que nos hablen de los que amamos, no nos cansamos de escuchar lo que nos cuentan de ellos, aunque sepamos que son mentiras. Don Bernardo escuchaba absorto los disparates de Toñín y yo me pasaba las tardes en casa de Carmina, que no dejaba de hablarme de tu hermano. Sentía devoción por todo lo suyo, porque nadie había querido a su hija Paula como él. No la trataba como si fuera retrasada, sino como una criatura misteriosa que se hubiera colado por error en nuestro mundo, algo así como si un pulpo o un calamar gigante tuvieran que vivir en la tierra. Y la niña estaba loca por él. Le bastaba con oír su voz para ponerse a gritar y a agitar sus bracitos delgados, con aquellos movimientos que tenían la dulce somnolencia de los seres que viven en el fondo del mar. Carmina, que era muy bruta, decía riéndose que estaba enamorada de él. Don Extravagancias, así llamaba Carmina al amor, por su afición a unir a los seres más dispares. Paula se hacía las cacas encima y para darle de comer había que atarla a la silla, pero era ver llegar a tu hermano y que todo se lo dejara hacer por él, que hasta la sopa se la comía sin mancharse.
El amor aparecía en los lugares más insospechados y tenías que obedecerle sin rechistar. Era el dueño de todo; de los tejados, de las vigas, de las madrigueras, de la vida que había en el aire y de la que había debajo de la tierra, de las huertas y del zumbido de las cigarras. Daba una orden, y los vencejos abandonaban los campos; daba otra, y las vides se llenaban de racimos. Y hacía las mezclas más extrañas, que, sin ir más lejos, allí mismo en el pueblo tenían el caso de don Bernardo con aquel niño, el de Sara y su hermano Jandri, el de Toñín y su burra, o el de la pobre Marga con aquel tunante que la hizo sufrir lo que no está escrito, para luego dejarla plantada. Sí, el amor era equivocarse, hacer lo que no debías, creer que las cosas podían transformarse en lo que querías tú. El cuarto de una pensión, en un palacio; los cuerpos, en huertos llenos de frutos; la noche, en un manto para esconderse; las palabras, en llamas que nunca se apagarían; y el dolor, en vida. Fue eso lo que me destruyó. Desde el primer día seguí llamando a tu hermano por las noches, buscando cuanto le recordaba. Por eso visitaba a Carmina, porque no dejaba de hablarme de él. Siempre terminábamos llorando. Me gustaba que me abrazara, porque de su cuerpo brotaba un calor denso y benigno, un calor que te alimentaba como el calor del pan cuando lo sacas del horno. Una vez nos besamos. Fíjate, nuestros labios estaban muy cerca y fui yo quien acerqué los míos para besarla. Su boca era como un panal, como la mantequilla cuando se derrite. No sé cuánto tiempo estuvimos así, con los ojos cerrados, besándonos suavemente, sin cansarnos nunca. Cuando nos separamos, los ojos de Carmina brillaban como carbones.
Era como un animal, un animal que se hubiera escapado de uno de esos jardines que hay en los cuentos, donde hay árboles que cantan y fuentes de oro. Un ser sin culpa ni remordimientos. No era extraño que los hombres se volvieran locos por ella. Y ya lo ves, también ella me engañó. Al principio, la odié con todas mis fuerzas, pero luego aprendí a perdonarla. Ya era tarde para pedirle cuentas. ¡Fue todo tan rápido! Poco después del verano empezó a tener mareos y fuertes dolores de vientre. Aguantó hasta Navidades, en que le diagnosticaron una enfermedad muy mala, y una mañana de primeros de marzo nos dijeron que acababa de morir.
Estaba a punto de ir a su entierro cuando Luisa me llamó desde el pueblo para pedirme que no lo hiciera. No me quería decir por qué, pero enseguida supe que tenía que ver con tu padre. No tardó en confesármelo. Él y Carmina se habían hecho amantes ese mismo verano, sin que yo me enterara de nada. En el pueblo lo sabían todos, y yo no debía ir a ese entierro si no quería hacer el ridículo. No supe qué decir. Sabía que tu padre me engañaba con frecuencia, y en aquel tiempo casi no había relación entre nosotros. Él no paraba en casa y apenas hablábamos cuando lo hacía. Tampoco dormíamos juntos. ¿Recuerdas? Fue la época en que me trasladé a tu cuarto y dormía en la cama de tu hermano. Pero jamás habría podido imaginar que se acostara con Carmina. Había sido la mujer de su amigo Gonzalo, y siempre había hablado de ella con una superioridad cercana al desprecio: que si era una analfabeta, que si no estaba a la altura de su amigo. ¡Fíjate, a su altura…, ni que eso fuera tan difícil! Gonzalo nunca había trabajado y sólo sabía de abolengos, caballos y galgos. No era mala persona, pero no había hecho otra cosa que malgastar su herencia en el casino, jugando con otros como él.
Aquel mundo estaba lleno de gentes así. Señoritos rancios que tenían la mente llena de fantasías y delirios de grandeza, aunque apenas fueran dueños de unas hectáreas de tierras que no valían gran cosa, y de grandes y frías casas de piedra llenas de goteras. Gonzalo se murió cargado de deudas, pues se había puesto en manos de prestamistas, y tu padre intervino para poner un poco de orden en aquel desastre. Supongo que fue entonces cuando Carmina y él se hicieron amantes, pues iba casi todos los días a su casa para ver papeles. Y yo fui tan tonta que no me enteré, aunque poco debió de faltarles para acostarse delante de mis propias narices.
Me sentí traicionada. No entendía que después de todo lo que había hecho por ella y por su hija, que hasta había llegado a limpiar su casa y a hacerles la comida, porque era un desastre y podía pasarse las mañanas enteras en la cama, me lo pagara acostándose con mi marido. Pero enseguida la perdoné. Era como un animal, una criatura inocente. Me acordé de aquel beso que nos habíamos dado. Los demás teníamos palabras, un mundo en el que vivir, proyectos y sueños; Carmina, sólo su cuerpo. Recuerdo que a veces hablaba con ella, tratando de poner un poco de sensatez en su vida. Le decía que no se vistiera de aquella forma tan provocativa, o que no dijera lo primero que se le pasaba por la cabeza. Ella intentaba hacerme caso, pero enseguida volvía a lo suyo. No parecía ser consciente de sus actos ni del efecto que causaban, y luego se hartaba a llorar porque en el pueblo se metían con ella. La culpa la tienes tú, que haces lo que te parece, le decía, y ella se encogía de hombros. ¿Qué hago yo?, me contestaba. ¿A quién hago daño?