– Es una historia preciosa -me dijo-. No tienes que avergonzarte de haber hecho algo así.
Luego me llevó a la cama y me acostó. Esa noche no quería separarse de mí. Entonces, me puse a llorar yo. De una forma incontenible, desconsolada, como si el caudal de mis lágrimas ya no fuera a detenerse nunca.
– ¿Por qué lloras? -me repetía una y otra vez, tratando de consolarme-, sólo queríais que Paula se curara.
Pero yo no lloraba por eso. Lloraba por mí, pero también por el niño que iba en el avión, y que no sabía si había sido real o una alucinación de la fiebre, y lloraba al preguntarme por qué éramos tan infelices y por lo que iba a ser de nosotros. Recuerdo que en ese tiempo yo vivía obsesionado con la idea de que mis padres, a los que oía discutir sin descanso, pudieran separarse. Marga me había dicho que en el extranjero era normal y que muchas parejas lo hacían.
– No es para tanto -decía-. Fíjate en las actrices, cambian de marido como de vestido. Es mejor eso que estar todo el tiempo tirándose los trastos a la cabeza.
De todas las chicas que tuvimos en casa, Marga fue a la que quise más. A veces, cuando volvía de uno de sus paseos, le preguntaba si se había acordado de mí.
– Nada, ni pizca. ¿Por qué iba a hacerlo si tú y yo no somos nada?
Pero lo decía con una sonrisa limpia y desafiante que me llenaba de felicidad.
– ¿Sabes qué me pasa contigo? -añadía-. Que cuando dejo de verte me olvido de ti.
Marga era como esos pájaros que se posan a tu lado y que reemprenden el vuelo si los vas a coger. Le gustaba mucho el cine e iba casi todas las semanas, en su tarde libre. No había detalle en que no se fijara. En los vestidos que llevaban las protagonistas, en cómo eran las ciudades y las casas en que vivían. Tenía una memoria prodigiosa y era capaz de retener largas escenas de diálogos, aunque con ella nunca podías estar seguro de que no se estuviera inventando la mitad. Mi madre, que iba y venía por la cocina mientras Marga me daba de cenar, solía intervenir para corregirla.
– Marga, Marga -le decía muy seria-, deja de contar truculencias, que luego el niño no puede dormir.
Una noche regresó a casa más excitada que nunca pues había visto Drácula, príncipe de las tinieblas. Todavía hoy, cuando pienso en los vampiros y en su búsqueda de nuevas víctimas con las que saciar su sed de vida, pienso en Marga y la veo junto a mi cama contándome, temblorosa, su historia.
– Te lo juro, no tengo palabras para explicarte lo que acabo de ver.
Pero ¡vaya si tenía palabras! Empezó a contarme la película y siguió sin parar hasta que mi madre la llamó.
– ¡Ya voy, señorita!
En ese momento me estaba describiendo la escena en que el conde Drácula chupaba la sangre de la pobre Lucy.
Continuó su relato al día siguiente, mientras me llevaba al colegio. Estábamos en invierno y apenas se distinguían los árboles más allá de tres metros, a causa de la niebla. Daba un poco de miedo caminar por unas calles que recordaban las calles de Londres y los crímenes de Jack el Destripador. Al llegar a la plaza de España vimos los árboles sin hojas, parecidos a esqueletos.
– Eso era lo peor -continuó Marga-, que cuando te miraba te quedabas sin voluntad y tenías que obedecerle a la fuerza.
Lo que más le había impresionado de la película era que las chicas no gritaban cuando Drácula entraba en su cuarto, aunque les diera miedo. El conde les chupaba la sangre y ellas se quedaban quietas, como pajaritos hipnotizados por la mirada de un reptil.
Algo parecido le pasaba ella con su feriante, que bastaba una llamada suya para que perdiera la voluntad y los buenos propósitos.
– ¿Te acuerdas del conde Drácula? -me preguntó después de una de aquellas llamadas, con una mirada extraviada-, pues Javi es igual. Tengo que hacer lo que me pide.
Una tarde fuimos a ver una película de amor. A mí me había aburrido un poco, pero di por supuesto que Marga se lo había pasado en grande. Se lo pregunté y me sorprendió su respuesta tajante.
– No me ha gustado -me dijo-. El amor tiene que dar miedo para ser verdadero.
El amor no se regía por la razón. No era algo que elegías tú, sino que te elegía. Mi madre decía que era como un hechizo y que, bajo su efecto, podías prendarte de lo primero que te salía al paso. Era eso lo que le había pasado a la pobre Marga con aquel feriante y no se podía hacer nada para remediarlo, salvo esperar a que los efectos de ese hechizo pasaran.
Yo la miraba sin entender muy bien qué me quería decir, así que mi madre añadía con una sonrisa provocadora:
– Cuando seas mayor y te vayas detrás de la primera burrita que se ponga a mover las orejas y el rabo delante de ti, sabrás lo que quiero decir…
La película de Drácula había quedado grabada en mi imaginación infantil gracias al vivo relato de Marga y, cuando volvieron a reponerla unos años después, fui a verla lleno de interés. Recuerdo haber permanecido largo rato a la salida contemplando el cartel en el que se veía la boca abierta de Drácula y sus colmillos afilados llenos de sangre. Acababa de cumplir catorce años y los ojos se me iban detrás de todas las chicas que veía. Ahora entendía la mezcla de rechazo y fascinación con que Marga me había hablado de los vampiros. Me repugnaba su maldad, su deseo de hacer daño, pero a la vez sentía en la intensidad febril de sus ojos, la locura de mi propio deseo.
A mediados de septiembre, murió un compañero de clase. La noticia me sorprendió recuperándome de una borrachera. Fue el primer verano que pasé separado de mis padres. Ellos aún no habían vuelto de las vacaciones y yo estaba viviendo en casa de la tía Marta, pues ese año me habían suspendido un par de asignaturas y había tenido que quedarme en Valladolid para ir a una academia. Y esa tarde, a la salida de clase, decidí pasarme por un bar al que solía ir con Alberto, mi amigo de entonces. Me encontré con un viejo conocido. Había sido boxeador y a Alberto y a mí nos gustaba que nos contara historias de su juventud. Me bebí dos copas de coñac. Fuimos a un nuevo bar donde seguí bebiendo, y de pronto me sentí mal. Mientras aquel hombre me hablaba de sus viejos combates, todo empezó a darme vueltas. Vomité en el servicio, pero eso no mejoró mi estado. A duras penas logré salir a la calle, y cuando quise darme cuenta, me vi en el interior de un patio. Estaba tumbado en el suelo y, aunque quería pedir ayuda, no lograba articular palabra ni moverme. El aire fresco de la noche me alivió un poco y, con dificultad, pude regresar a casa. Ni la tía ni Sara se dieron cuenta de mi estado, porque estaban viendo un programa de televisión. La luz de neón se reflejaba en sus rostros dándoles un aire de ultratumba. Pensé en los zombis y en que esa noche tal vez vendrían a buscarme para rematar la tarea del coñac.
Fue una noche de perros. La cama giraba sin cesar llevándome con ella y tuve que levantarme varias veces a devolver. Ya de madrugada logré conciliar el sueño, pero apenas me había dormido cuando Sara vino a despertarme. Era mi madre que me llamaba por teléfono para decirme que Ibáñez, un compañero de colegio, acababa de morir, y que esa misma mañana a las doce se celebraba en el colegio su funeral. Estaba muy afectada y me pidió que no faltara a la misa. De modo que me duché y me dirigí al colegio.
Cuando llegué, reinaba una atmósfera de desolación. Los padres se desplazaban austeros por el pasillo, y los niños, todos de uniforme, se amontonaban en las puertas como ovejas asustadas. Fuimos entrando en la capilla, donde estaba el ataúd de Ibáñez. A su lado estaba la madre, vestida por completo de luto. Fue una ceremonia grave, premiosa y doliente. La oficiaron varios padres, que se detenían cada poco para entonar sus cánticos fúnebres. Nuestro padre espiritual se encargó del sermón de despedida. Nos dijo que no debíamos estar apenados por nuestro compañero. Su vida, como la de san Juan, el discípulo amado de Jesús, cuyo nombre llevaba, había estado dedicada a hacer el bien, y aquella ceremonia debía ser una fiesta ya que nuestro compañero había abandonado por fin este mundo para volar al cielo con los ángeles.