Había ido a la escuela, pero sufrió uno de aquellos ataques y ya no quiso volver. Julia, su madre, no la obligó porque vivía obsesionada con la idea de que pudiera pasarle algo sin que ella estuviera a su lado para ayudarla. Esther tenía un refugio en su casa. Un cuarto al que se subía por unas escaleras interiores. Daba a una pequeña terraza a la que se salía por la ventana. Cuando hacía buen tiempo, se pasaba allí las horas muertas. Era un lugar muy hermoso desde el que se veía la torre lejana de la catedral y la estructura metálica del mercado de Portugalete, elegante y leve como la quilla de un barco. Mi madre me había dicho que lo había construido el mismo arquitecto que hizo la torre de París.
Me gustaba mucho estar en ese lugar, sobre todo por las tardes, cuando hacía buen tiempo y ya habían regresado los vencejos. Los vencejos tenían radares que les permitían detectar los obstáculos y eran capaces de dormirse sin dejar de volar. También veíamos las cigüeñas, reflexivas y distantes, inmóviles en los pináculos de los edificios. Y al atardecer empezaban a encenderse las luces, creando pequeñas ventanas amarillas que parecían guardar algo precioso.
A Esther le gustaba mucho leer, y yo le llevaba tebeos y libros. Si hacía buen tiempo los leíamos en la terraza, y si no, en el interior de su cuarto, tumbados los dos en el suelo. Le gustaba que fuera yo el que leyera. Ella cerraba los ojos para escucharme, y yo, en las pausas, levantaba los ojos del libro para mirarla. Veía su piel dorada, su larga trenza adornada con una cinta azul, y me preguntaba qué era el amor, y por qué a los protagonistas de aquellos libros, muchas veces valerosos guerreros, les bastaba contemplar a una muchacha para echarse a temblar como los niños de los cuentos.
Otra cosa que hacía era contarle películas. Esther apenas salía de casa, y yo iba al cine todas las semanas. Al cine del colegio los domingos por la tarde, y a los de sesión continua los otros días que tenía libres. Cuando iba a visitarla, ella me pedía que le contara las películas que había visto.
– ¿Por qué no vas a verlas tú? -le preguntaba yo.
Esther negaba con la cabeza y, tras una pausa, me decía:
– Yo no puedo.
Nunca decía rotundamente que no, ni daba razón alguna por la que no iba a hacer lo que le pedías. Sólo ese no puedo, que hacía inútil cualquier intento de seguir con la conversación. Nunca supe la razón verdadera de que apenas saliera de casa. Julia la justificaba diciendo que era por su enfermedad, pero en ocasiones oí a mi madre criticarla por proteger en exceso a la niña.
– Tienes que obligarla a salir -le decía-. Los niños no pueden vivir encerrados. Tienen que jugar con otros niños, debe darles el aire y el sol.
Pero no había forma. Ahora, cuando pienso en ello, me parece extraño y me pregunto la razón por la que se negaba a abandonar su cuarto, pero entonces ni siquiera me lo planteaba pues estaba acostumbrado a vivir sin entender, como les pasa a todos los niños. Esther vivía en aquella casa como las cigüeñas lo hacían en las torres de las iglesias o las golondrinas en los nidos que colgaban bajo los aleros de los tejados. Y yo iba a verla con mi madre. Eso era todo.
Tampoco entendía las ausencias de mi padre, ni por qué mi madre se levantaba por las noches para sentarse en su sillón de orejas, y se tapaba con un cojín para que no la oyéramos llorar. Ni entendía lo que había pasado entre Sara, la criada de la tía Marta, y su hermano, ni por qué cuando éste había muerto Sara había prometido no casarse nunca. Ni los cambios de estado de ánimo de Marga, ni los suspiros de Felicidad ante su máquina de coser. Dejaba un momento su labor y, con los ojos fijos en la ventana, murmuraba casi sin aliento un Dios mío, Dios mío…, para volver al momento a su pedaleo.
Por no entender, ni siquiera entendía por qué en el colegio se metían con el pobre Muñoz, al que le hacían la vida imposible por venir de un pueblo y llevar unas ropas anticuadas y viejas; ni quiénes eran aquellos niños que sólo en raras ocasiones veíamos, unos niños a los que llamábamos los gratuitos y que tenían clases y horarios distintos para que nunca pudieran coincidir con nosotros. Ni entendía la razón por la que los curas siempre nos estaban hablando del infierno y de los terribles castigos que tendríamos que sufrir a causa de nuestros pecados, si luego en la capilla te bastaba con levantar los ojos para ver a la Virgen sonriendo en lo más alto del altar, rodeada de ángeles y de una nube de oro, como diciéndonos que no nos preocupáramos, que ella no iba a consentir que nos pasara nada malo. Ni por qué a mi madre, a Julia y, en general, a todas las mujeres, les gustaban tanto las películas de amor, si luego siempre andaban quejándose y decían que el amor era un engañabobos y que había que tener mucho cuidado con él, porque siempre te prometía lo que no podía dar.
Mi madre y Marga iban a ver esas películas y luego las contaban en la cocina con todo lujo de detalles, que hasta te explicaban cómo iban vestidas las protagonistas y cómo eran las calles y las casas en que sucedían los hechos. Y a mí me bastaba con cerrar los ojos para irme imaginando las distintas escenas mientras ellas las contaban. Todavía hoy, cuando pienso en muchas películas, soy incapaz de distinguir qué parte de mis recuerdos proviene de su visión real y qué parte de los relatos y comentarios a que dieron lugar en casa siendo todavía un niño. Y de una cosa pasaban a otra, hasta que terminaban hablando de todo lo que les llamaba la atención. Embarazos, bodas, enfermedades, lo que costaba criar a los hijos o lo que habían subido la carne o la fruta en el mercado. Y, sobre todo, de las alegrías y pesares del mundo de los afectos, ese mundo que parecía constituir la sola razón de sus vidas.
Recuerdo aquellas conversaciones interminables acompañadas por el ruido monótono de la máquina de coser. Siempre había cosas que hacer: lavar y planchar la ropa, sacar brillo a los metales, encender la cocina o la calefacción de carbón, preparar las conservas o hacer la comida. Y recuerdo los distintos olores que acompañaban a esas tareas. Los olores de la leña y las piñas al quemarse, el olor del amoniaco para limpiar alfombras y tapicerías, el de la lejía para blanquear la ropa o el del almidón con que se planchaba, el olor de la cera con que se abrillantaban los suelos. Y, sobre todo, los olores gustosos de la comida al cocinarse. El aroma de la leche frita, de los churros o los bizcochos que se preparaban en el horno. Mi madre era la que cocinaba mejor. No le gustaba mucho, pero cuando estaba animada era capaz de hacer los platos y los dulces más ricos.
Era feliz mientras preparaba sus dulces. No parecía un trabajo sino un juego. Y en él participábamos gustosos. Mi madre decía que había que saber pedir, y ella lo hacía sin descanso. Te cosía un botón y estaba pidiendo que fueras educado y estudioso, te peinaba y pedía que fueras guapo. Pedía a la salsa mahonesa que no se cortara, a las magdalenas que crecieran en el horno, a la ropa blanca que pareciera recién comprada. Por eso Marga y las otras mujeres andaban a su alrededor como gallinitas en el corral. Todas ellas procedían del pueblo de mi padre y de familias muy pobres, pues aquéllos eran tiempos de escasez. Nunca hasta entonces habían salido del pueblo y muchas ni siquiera sabían leer, pues apenas habían ido a la escuela. No cobraban casi nada y se quedaban en las casas en un régimen cercano a la esclavitud, pues debían estar disponibles día y noche y sólo tenían unas horas semanales de asueto. Aun así, y si tenían suerte con la señora, eran felices con su trabajo. Todas adoraban a mi madre que, a pesar de no ser mucho mayor que ellas, las trataba como a unas hijas. Eran muy jóvenes y les enseñaba a vestirse, a comportarse y a hablar y, sobre todo, a tener cuidado con los hombres. Les decía que se anduvieran con ojo, pues ellos siempre estaban prometiendo cosas que nunca cumplían, y había muchas incautas que se dejaban engañar.