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Fuimos a buscarte a la joyería. Estabas con el tío y entré temiendo que me rechazaras. Pero te refugiaste sin dudarlo en mi pecho. Ni siquiera habías leído la carta, que me entregaste sin abrir cuando regresamos a casa. En ese momento me alegré, pero luego me dio pena de que no lo hubieras hecho. Te hablaba en ella de mis deseos, y te contaba que yo también tenía derecho a mi propia vida aunque no supiera muy bien qué hacer con ella. Te hablaba de tu hermano y de ti, y naturalmente de tu padre. Te hablaba de nuestro fracaso y te pedía que me perdonaras, porque también la vida era eso: aprender a fracasar sin amargura.

Al día siguiente de mi fuga, cuando por fin regresamos a casa, fui a tu cuarto y me acosté contigo. Sólo tenías catorce años y estabas muy inquieto. Te dije que te tranquilizaras, que nunca me volvería a marchar. No tenía miedo por ti, a esa edad se tiene más fuerza de la que nunca vas a tener. Poco a poco te quedaste dormido. Mi consuelo era saber que todos buscamos el amor y yo lo había hecho de la única manera que sabía. Cerré los ojos y me puse a pensar en Saúl, en lo dulce que habría sido quedarme con él. Acompañarle a su país y aprender su lengua, dedicarme a traducir sus libros. Pero Saúl era un ángel, había venido a decirme que no me apartara de ti, que si lo hacía me arrepentiría siempre. Eso fue lo que me dijo: que el amor era tener las manos vacías.

Conservé aquella carta cerrada durante muchos años, pero finalmente un día la tiré a la caldera. Supe entonces que, más que vivir, pasamos por encima de nuestra vida, espigando alegrías y penas. Buscamos el amor sin encontrarlo, pero el amor está en todas partes y, gracias a él, todo vuelve, aunque de otra manera.

Recordé una canción: Días como perlas, redondos, unidos por un hilo de oro. Sí, todo volvía. Me pareció que podía sentirme afortunada. Los joyeros me seguían entregando sus tesoros, sacaba de quicio a los policías, hablaba lenguas desconocidas, reinaba en el corazón de los niños y los ángeles lloraban en mis brazos, ¿qué más podía pedir alguien como yo?

Nota

Fue Pirandello quien nos aconsejó mirar al mundo a través de los ojos de los muertos que amamos. Marcel Cohen comparó los libros con los juguetes que damos a los niños y Chesterton nos dijo que son estos los que ofrecen a esa mansión tantas veces tenebrosa que es el mundo la inocencia y el olvido que la vida necesita para continuar. La frase «qué pena las personas», tan amada por Bergman, pertenecen a la obra El sueño, de August Strindberg.

Gustavo Martín Garzo

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