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– Además -dijo- debemos descartar cuanto no encaje con tu hipótesis… ¿Verdad?

– No se trata de mi hipótesis. Lo normal es que calculasen la longitud según el meridiano de Cádiz. Mira.

Desplegó, con crujido de papel, una de las reproducciones de la carta de Urrutia que aquella mañana había traído consigo desde el Museo Naval. Luego, con sus dedos de uñas romas, fue señalando el trazado vertical de los distintos meridianos mientras explicaba a Coy que Cádiz, primero en el observatorio de la ciudad y luego en el de San Fernando, había sido el meridiano principal que los marinos españoles usaron en la segunda mitad del siglo XVIII y en buena parte del XIX. Pero el meridiano de San Fernando no empezó a utilizarse hasta 1801; de modo que la referencia en 1767 era todavía la línea de polo a polo que pasaba por el observatorio situado en el castillo de Guardiamarinas de Cádiz.

– Así que resulta natural que el capitán del “Dei Gloria” utilizara Cádiz como meridiano para medir la longitud. Mira. De ese modo todas las cifras encajan, y en especial esos 4º 51’ que el pilotín dio como última posición conocida del “Dei Gloria”. Si contamos desde el meridiano de Cádiz hacia el este, el punto del naufragio queda situado aquí, ¿ves?… En este lugar, al este de Punta Calnegre y al sur de Mazarrón.

Coy se fijó en la carta. No era la peor zona: relativamente abrigada y cerca de la costa.

– Eso es en el Urrutia -dijo-.

¿Y en las cartas modernas?

– Ahí se nos complican las cosas, porque en la época en que Urrutia levantó su “Atlas Marítimo”, la longitud se establecía con menos precisión que la latitud. Aún no se había perfeccionado el cronómetro marino que permitió calcularla de modo exacto. Por eso los errores de longitud son más apreciables… El cabo de Palos, donde tú advertiste en seguida un error de un par de minutos en latitud, está en lo que se refiere a longitud 0º 41,3’ al oeste del meridiano de Greenwich. Para situarlo respecto al meridiano de Cádiz en las cartas modernas hay que restar esa cifra de la diferencia de longitud que existe entre Cádiz y Greenwich… ¿No es cierto?

Coy asintió, divertido y expectante. Tánger no sólo tenía bien aprendida la lección, sino que podía calcular grados y minutos con la soltura de un marino. Él mismo habría sido incapaz de retener aquellos datos de memoria. Comprendió que ella lo necesitaba más para los aspectos prácticos y para confirmar sus propios cálculos que para otra cosa. No era lo mismo navegar sobre el papel en un quinto piso frente a la estación de Atocha que estar en el mar, en la cubierta oscilante de un barco. Prestó atención a las anotaciones a lápiz que ella hacía en un bloc.

– Eso nos da -explicó Tánger 5º 50’ de situación de Palos respecto al meridiano de Cádiz, en las cartas modernas. Pero en la carta de Urrutia, la situación es de 5º 34’, ¿ves?… Tenemos, entonces, un margen de error de dos minutos de latitud y dieciséis de longitud. Mira. He usado las

tablas correctoras que figuran en las “Aplicaciones de Cartografía Histórica” de Néstor Perona… Utilizándolas a lo largo de la costa, de Cádiz al cabo de Palos, permiten situar cada posición del Urrutia respecto a Cádiz en posiciones actuales respecto a Greenwich.

La luz del crepúsculo se había retirado ya a las paredes y el techo de la habitación, llenando la mesa de ángulos de sombras, y ella se interrumpió para encender una lámpara que reflejó su luz en el blanco de la carta. Después cruzó los brazos y se quedó mirando el trazado.

– Aplicando las correcciones, la posición al este del meridiano de Cádiz que el pilotín atribuyó al “Dei Gloria” estaría en las cartas modernas en 1º 21’ al oeste de Greenwich. Por supuesto no es del todo exacta, y tendríamos en ese lugar unos márgenes de error razonables: un rectángulo de una milla de alto por dos de ancho. Es nuestra área de búsqueda.

– ¿No es demasiado pequeña?

– Tú lo dijiste el otro día: sin duda se situaron por demoras a tierra. Con su misma carta y una brújula, eso nos permite afinar.

– No es tan fácil. Su aguja magistral podía tener errores, ignoramos si en esa época era mucha la declinación magnética, pudo haber una lectura precipitada… Muchas cosas pueden estropear tus cálculos. Nada garantiza que vayan a coincidir con los suyos.

– Habrá que intentarlo, ¿no?… De eso se trata.

Coy estudió el lugar de la carta, procurando traducir aquello en agua de mar. Suponía una zona de búsqueda de seis a diez kilómetros cuadrados; una tarea difícil, en caso de que las aguas estuviesen turbias o el tiempo hubiera depositado demasiado fango y arena sobre los restos del “Dei Gloria”. Rastrear la zona podía llevarles un mes como mínimo. Usó el compás de puntas para calcular la longitud este respecto a Cádiz sobre el Urrutia, la pasó luego a la carta moderna 4631 para transformarla en longitud oeste de Greenwich, y luego volvió a llevar la estimación sobre el Urrutia. Consultó las tablas de corrección hechas por Tánger. Todo seguía dentro de márgenes aceptables.

– Tal vez pueda hacerse -dijo.

Tánger no había perdido detalle de sus movimientos. Cogió un lápiz para trazar un rectángulo sobre la 4631.

– La idea es que el “Dei Gloria” está en algún lugar de esta franja. En una profundidad que va de los veinte a los cincuenta metros.

– ¿Qué fondo hay?… Supongo que habrás mirado eso.

Ella sonrió antes de desplegar una carta de punto mayor, la 4631, correspondiente al golfo de Mazarrón desde Punta Calnegre a Punta Negra. Coy observó que se trataba de una edición reciente, con correcciones por avisos a los navegantes de aquel mismo año. La escala era muy grande y detallada, y cada sonda venía acompañada de su correspondiente naturaleza del fondo. Era lo más preciso que podía encontrarse de la zona.

– Fango arenoso y algo de piedra. Según las referencias, bastante limpio.

Coy llevó el compás de puntas a la escala lateral, calculando de nuevo el área. Una milla por dos, frente a Punta Negra y la Cueva de los Lobos. El sector quedaba definido entre 1º 19,5’

oeste y 1º 21,5’ oeste, y entre 37º 31,5’ norte y 37º 32,5’

norte. Observaba con placer la familiar costa color ocre, las franjas azules aclarándose en los veriles a medida que se escalonaban alejándose de la costa. Comparó aquellos dibujos con sus propios recuerdos, situando mentalmente referencias de montañas tierra adentro, en las curvas de nivel topográfico que se espesaban en el cabezo de las Víboras, en el cabezo de los Pájaros y en Morro Blanco.

– Todo esto es muy relativo -dijo al cabo de un momento-. No estaremos seguros de nada hasta vernos en el mar, situándonos con las cartas y las demoras que tomemos a tierra… Es inútil definir desde aquí el área de búsqueda. Hasta ahora no tenemos más que un rectángulo imaginario dibujado sobre un papel.

– ¿Cuánto tardaríamos en rastrear eso?

– ¿Nosotros?

– Claro -ella hizo la pausa justa-. Tú y yo.

Otra vez aquel tú y yo. Coy sonrió apenas. Movía la cabeza.

– Necesitaremos a alguien más -dijo-. Necesitamos al Piloto.

– ¿Tu amigo?

– Ése. Y ha escurrido más agua de sus camisetas que la que yo navegué en toda mi vida.

Pidió que le hablara de él, y Coy lo hizo muy por encima, aún con aquel apunte de sonrisa al recordar. Habló brevemente de su juventud, del Cementerio de los Barcos Sin Nombre, del primer cigarrillo y del marino tostado y flaco de pelo prematuramente gris, las inmersiones en busca de ánforas, las salidas de pesca entre dos luces, o el acecho al atardecer de los calamares que iban a dormir a tierra en la Punta de la Podadera. Y el Piloto, su bota de vino, su tabaco negro y su barco balanceándose en la marejada. O quizá no habló tanto como creyó hacerlo, y se limitó a referir, breve, algunos episodios inconexos, y fueron sus recuerdos los que hicieron el resto, agolpándosele en el esbozo de sonrisa. Y Tánger, que lo miraba atenta sin perder gesto ni palabra, comprendió lo que aquel nombre significaba para Coy.