Dong-dong, dong. Terminaba el segundo solo, el del bajo, y Coy aguardó expectante la entrada del tercero, el saxo tenor de Coleman Hawkins, que era lo mejor de aquella pieza con sus tiempos medios y rápidos, fuerte-ligero, fuerteligero, y las correspondientes sorpresas rítmicas cuando esa cadencia se rompía de modo esperadamente inesperado. “Man in Love”. Acababa de caer en la cuenta del título, y eso lo hizo sonreír a las sombras de la plaza antes de echar un vistazo hacia el techo. Tánger estaba allí, en el cuarto piso, en la habitación que quedaba exactamente sobre la suya. Tal vez dormía, y tal vez no. Quizás estaba como él, despierta ante la ventana, o sentada ante la mesa con sus notas, revisando las informaciones que les había proporcionado Lucio Gamboa. Considerando los pros y los contras de la propuesta de Nino Palermo.
Habían hablado antes. Lo hicieron largamente después que Horacio Kiskoros los despidiera con un ‘hasta la vista’ que habría sonado amistoso en quien desconociese la parte de sus antecedentes que ahora conocía Coy. Lo habían dejado viéndolos irse con sus ojillos equívocos de ranita melancólica; y cuando estaban a punto de abandonar la plaza todavía seguía en el mismo sitio, inmóvil ante la catedral, como un turista noctámbulo e inofensivo. Coy se había vuelto a mirar atrás, y luego alzó el rostro para leer el rótulo de la calle por la que se encaminaban: calle de la Compañía. En aquella ciudad, se dijo, todo eran señales y símbolos y marcas, lo mismo que en las cartas náuticas. La diferencia estribaba en que éstas, las que se referían al mar, eran mucho más precisas, con sus veriles coloreados y sus escalas de millas en los márgenes, en lugar de piedras viejas y encuentros en apariencia inesperados y rótulos con singulares nombres de calles en las esquinas. Sin duda señales y peligros estaban en ellas a la vista, como en las cartas impresas sobre papel; pero aquí siempre faltaban códigos para interpretarlas.
– Calle de la Compañía de Jesús -había dicho ella al verlo mirar el nombre-. Ahí estuvo la escuela de navegación de los jesuitas.
Nunca decía nada de modo casual, así que Coy ojeó alrededor, el viejo edificio de la izquierda, la decrépita casa de Gravina atrás, a la derecha. Tenía la sospecha de que más tarde precisaría, por alguna razón, recordar algo de aquello. Después habían caminado un trecho sin decir nada, subiendo despacio hasta la plaza de las Flores. Dos veces se volvió él a observarla, y ella había seguido caminando impávida, fija la vista ante sí, el bolso sujeto contra el costado, acompasados el balanceo de la amplia falda azul y las puntas oscilantes del cabello junto al mentón obstinado, la boca silenciosa, hasta que él la cogió por el brazo, haciéndola detenerse. Para su sorpresa no se resistió; y la encontró de pronto ante su cara, cerca, tras girarse con suavidad, como si sólo hubiera estado esperando ese pretexto.
– Hace tiempo que Kiskoros me vigila por cuenta de Nino Palermo -dijo sin que él tuviera necesidad de preguntar nada-. Es un hombre malo y peligroso…
Calló un instante, como preguntándose si había algo más que decir.
– Hace un rato, en el arco de los Guardiamarinas -añadió- temí por ti.
Lo dijo escueta y seca, sin emoción. Y tras decir aquello se quedó otra vez callada, mirando sobre el hombro de Coy en dirección a la plaza, los kioscos de flores cerrados y el edificio de la Telefónica, las mesas de los cafés en las esquinas, donde se demoraban los últimos parroquianos de la jornada.
– Desde que estuvo a verme con Palermo -concluyó al fin-, ese hombre ha sido mi pesadilla.
No pretendía conmover; y tal vez por eso mismo, Coy no pudo evitar sentirse conmovido. Seguía habiendo algo infantil, resolvió, en esa obstinada madurez, en el aplomo con que ella encaraba las consecuencias de su aventura. De nuevo la foto en el marco. De nuevo la copa de plata, la niña rodeada por el brazo protector del hombre desaparecido, la indefensión en los ojos que reían desde el umbral del tiempo donde son posibles todos los sueños. Seguía reconociéndola, a pesar de todo. O para ser más exacto, cuanto más tiempo pasaba junto a ella, la reconocía más.
Reprimió la caricia que le vibraba en la punta de los dedos, y con la misma mano señaló el bar que tenía a la espalda. Los Gallegos Chico, se llamaba. Vinos de la tierra, licores, buen café, se admiten comidas de la calle: todo eso anunciaban sus rótulos sobre la puerta y la ventana; pero en aquel momento a Coy le bastaba con la palabra licores, y comprendió que ella necesitaba una copa tanto como él. De modo que entraron; y una vez allí, de codos sobre el mostrador de zinc, pidió una ginebra con tónica para él -no vio nada azul por ninguna parte- y, sin preguntar, otra para ella. La ginebra le daba reflejos húmedos a la boca cuando lo miró y habló de nuevo, cuando contó minuciosamente la primera visita de Palermo, relajada y amistosa, y la segunda más tarde, ya con las cartas boca arriba y la presencia siniestra de Kiskoros como aderezo, las presiones y las amenazas. Palermo había querido que ella identificara bien al argentino; que conociera su historia y retuviera su aspecto y su rostro para que luego, al encontrarlo al pie de la ventana, caminando por la calle, o en sus malos sueños al cerrar los ojos, recordase siempre en qué embrollo se estaba metiendo. Para que supiera, había dicho el cazador de tesoros, que las niñas malas no pueden cruzar el bosque impunemente, sin exponerse a peligrosos encuentros.
– Eso dijo -la sonrisa vaga, un punto amarga, le endurecía la boca-. Peligrosos encuentros.
En ese momento, Coy, que escuchaba y bebía en silencio, la interrumpió para preguntar por qué no había ido a la policía. Entonces ella rió bajo, con una risa sorda, suavemente ronca, tan llena de desdén como vacía de humor. En realidad, dijo, “yo sí soy una chica mala”. Intenté engañar a Palermo, y respecto al museo actúo por mi cuenta. Si a estas alturas no has caído en eso, eres más inocente de lo que pensaba.
– No soy inocente -había dicho él, incómodo, haciendo girar el vaso frío entre los dedos.
– De acuerdo -ella se fijaba en sus ojos, y la boca no sonreía pero era menos dura-. No lo eres.
Dejó su bebida sin probarla apenas. Es tarde, dijo tras consultar el reloj. Coy apuró la ginebra, llamó la atención de un camarero y puso un billete sobre la mesa. Uno de los últimos, constató desolado.
– Pagarán por todo lo que han hecho -dijo.
No tenía ni la más remota idea de cómo iba a cumplirse aquel anuncio, ni en qué podía ayudar él; pero creyó adecuado decirlo. Hay cosas, pensó. Frases analgésicas, consuelos, lugares comunes que se dicen en las películas, y en las novelas, y que igual hasta valen para la vida misma. Dirigió una ojeada inquieta de soslayo, temiendo verla burlarse; pero ella mantenía la cabeza inclinada a un lado, absorta en sus propias reflexiones.
– Me da igual que paguen o no. Esto es una carrera, ¿entiendes?… Lo único que me importa es llegar allí antes de que lleguen ellos.
El saxo estaba a punto de entrar. Y Tánger era como el jazz, decidió Coy. Melodía base y variantes inesperadas. Evolucionaba todo el tiempo en torno a una aparente idea fija, como una estructura de temas “Aaba”; pero seguir de cerca esas evoluciones requería una atención constante que no excluía en absoluto la sorpresa. De pronto sonaba “Aabacba” y entraba un tema secundario que nadie habría imaginado allí. No quedaba otro modo de seguirla que la improvisación, condujera a donde condujese aquello. Seguirla sin partitura. A ciegas.
Un reloj cercano dio tres campanadas en la plaza. Coy las escuchó amortiguadas por los auriculares y la música, y después sintió llegar por fin el saxo de Hawkins: el tercer solo que anudaba de cabo a rabo toda la pieza. Entornó los ojos, complacido por la cadencia de las notas familiares, tranquilizadoras como suele serlo la repetición de lo esperado. Pero Tánger se había introducido en la melodía, alterando su delicada estructura. Perdió el hilo, y un instante después había oprimido el botón del walkman y estaba con los auriculares en la mano, desconcertado. Por un momento creyó oír pasos arriba, del mismo modo que los tripulantes del “Pequod” escuchaban el sonido de la pierna de hueso de ballena mientras su capitán rumiaba obsesiones a solas, de noche y en cubierta. Se quedó así, inmóvil y atento, acechando. Después arrojó el walkman sobre la cama sin deshacer, el gesto irritado. Aquello no era procedente, y mezclaba sin pudor los géneros. La etapa Melville, como la anterior -la etapa Stevenson-, había quedado atrás hacía mucho tiempo. Teóricamente Coy se hallaba de un modo claro en la etapa Conrad; y todos los héroes autorizados a moverse por ese territorio eran héroes cansados, más o menos lúcidos, conscientes del peligro de soñar con la mano en el timón. Adultos varados en la resignación y el tedio, en cuya duermevela ya no flotaban de dos en dos interminables procesiones de cetáceos escoltando, en medio de todos, a un fantasma encapuchado como un monte de nieve.