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Otro seducido, pensó Coy. Imaginaba el efecto de Tánger, incluso vía teléfono, en un catedrático de lo que fuera. Devastador.

– Debo reconocer que has trabajado a fondo.

– Nunca sabrás hasta qué punto. Por eso no estoy dispuesta a que nadie me lo quite de las manos.

Aquello, admitió Coy, empezaba a mostrar indicios interesantes. La historia salía de los manuales, adentrándose en la letra pequeña. Cartas de aquel fulano, Aranda. Quizá después de todo, con su banal historia de gabinetes secretos y reyes implacables, ella realmente

lo estaba dirigiendo hacia alguna parte.

– Nicolás Escobar -continuó Tánger- era un jesuita importante, relacionado con los círculos de poder y con el seminario de Nobles, que se movía entre Roma, Madrid, Valencia y Salamanca. Dos décadas atrás había sido director del colegio ignaciano de esa última ciudad, plaza fuerte de la Compañía, en cuyas prensas, y ésta es sólo una de las coincidencias, fue impreso…

Se quedó callada. Adivina la sorpresa, etcétera. Coy no pudo menos que sonreír. Se lo había puesto demasiado fácil, y era imposible decepcionarla. Un equipo, de acuerdo. Tú y yo somos un equipo. Tú lo dices y yo me lo creo.

– El Urrutia -dijo.

Ella asintió, satisfecha.

– Eso es. El “Atlas Marítimo” de Urrutia, impreso en el colegio de los jesuitas de Salamanca en 1751 bajo la protección de otro ministro amigo, el marqués de la Ensenada, impulsor de la marina y los estudios de náutica en España. Y en la época en que se forma el gabinete secreto, el padre Escobar, amigo de marinos ilustres como Jorge Juan y Antonio de Ulloa, se encuentra en Valencia. ¿Adivinas dónde?…

– No. Me temo que esta vez no adivino nada.

– En casa de un viejo conocido tuyo y mío. Sobre todo mío: Luis Fornet Palau, “amigo del cuarto voto”, testaferro de la flota de los jesuitas y armador del “Dei Gloria”.

Se detuvo, complacida por la expresión de Coy. Luego se inclinó hacia él poco a poco, sobre la mesa, mirándolo intensamente a los ojos, y él pudo vislumbrar allí adentro una ambición dura y neta como un trozo de piedra oscura, pulida, muy brillante. El sueño había dejado de serlo hacía tiempo, comprendió. Ahora había una obsesión sólida, concreta. Mientras ella acercaba una mano, poniéndola sobre la suya, buscó desesperadamente el término adecuado para definirla. Sintió el peso de la mano cálida, los dedos que se entrelazaban con los suyos. Tibieza suave, firme, tan segura de sí que el gesto parecía el más natural del mundo. Aquella mano no pretendía consolarse, ni alentar, ni fingir. En ese instante era sincera: compartía. Y la palabra de la obsesión, que él halló por fin, era implacable.

– El “Dei Gloria”, Coy -dijo en voz baja, inclinada sobre la mesa, la mano en la suya-. Estamos hablando del bergantín que sale de Valencia rumbo a América el 2 de octubre, cuando el gabinete secreto lleva tres meses reunido, y regresa a las costas españolas pocas semanas antes de que a los jesuitas se les aseste el golpe final -la presión de sus dedos se hizo más firme-. ¿Atas algunos cabos?… El resto, o sea, “qué” o “quién” pudo viajar a bordo y para qué, te lo contaré camino de Gibraltar. O como decían los viejos folletines, en el próximo capítulo.

VIII. EL PUNTO DE ESTIMA

Se llama punto de estima

a aquel en que resulta se

halla la nave por un juicio

prudente, o por datos en que

cabe mucha incertidumbre.

Gabriel Ciscar.

“Curso de navegación”

Relucían los pulidos cañoncitos de la plaza. La terraza del Ungry Friar estaba llena de gente, y había grupos de turistas anglosajones fotografiando el relevo de la guardia en el Convento, visiblemente encantados de que Britania aún tuviera colonias desde donde gobernar los mares. Bajo la bandera que ondeaba perezosa en el mástil, un centinela permanecía firme como una estatua, cuadrado con su fusil Enfield en la arcada gótica, fiel a la escena y al decorado, mientras el sargento encargado del relevo le voceaba las órdenes reglamentarias en jerga castrense, a grito pelado, a un palmo de la cara: consigna, santo y seña y cosas así. Hasta la última gota de tu sangre, e Inglaterra espera que cumplas con tu deber, supuso Coy, que los observaba. Después estiró las piernas bajo la mesa antes de inclinarse a apurar el resto de su vaso de cerveza y mirar hacia arriba guiñando los ojos. El sol rondaba su cénit y hacía mucho calor, pero en lo alto del Peñón el penacho de nubes empezaba a deshacerse: el viento había rolado de levante a poniente, y en un par de horas la temperatura sería más soportable. Pagó la cerveza y se puso en pie, cruzando entre la gente que llenaba la plaza, hacia la esquina de Main Street. Sudoroso, enfocado por docenas de cámaras de vídeo y objetivos fotográficos, el sargento seguía dándole tremendas voces marciales al impasible centinela. Mientras se alejaba de allí, Coy hizo una mueca guasona para sus adentros. Esta mañana, se dijo, le ha tocado hacer guardia al sordo.

Anduvo por la calle principal de Gibraltar, con la multitud que deambulaba ante la sucesión de comercios: pijamas chinos, camisetas con imágenes del Peñón y de los monos, mantillas, radios, licores, cámaras fotográficas, perfumes, porcelanas de Lladró y Capodimonte, cabezas reducidas de cerámica Bossom. Coy había amarrado en Gibraltar en otro tiempo, cuando la colonia británica era todavía un puerto convencional, chapado a la antigua, base de contrabandistas de tabaco y de hachís marroquí a través del Estrecho, y aún no se había convertido en colmena turística y retaguardia financiera de los traficantes de droga a gran escala y de los miles de ingleses afincados en la Costa del Sol. En realidad, cualquier sitio próximo al Mediterráneo era, a aquellas alturas, un desafuero turístico; pero en Gibraltar, junto a las hamburgueserías y los restaurantes de comida rápida y bebida en vasos de plástico, los comercios propiedad de hindúes y hebreos alternaban a lo largo de Main Street con fachadas de bancos y casas de discretas chapas atornilladas junto a la puerta, bufetes de abogados, sociedades inmobiliarias, sociedades export-import, sociedades anónimas, sociedades limitadas, sociedades fantasmas -había más de diez mil registradas allí-, donde se blanqueaba dinero español e inglés y se hacía todo tipo de negocios. La bandera azul con estrellas de la Comunidad Europea ondeaba en la frontera, turismo y triquiñuelas de paraíso fiscal habían desplazado al contrabando como fuente principal de ingresos, leguleyos jóvenes que hablaban perfecto inglés con acento andaluz tomaban el relevo a los capos mafiosos locales, y la vieja chusma de toda la vida, lobos de mar con aros de oro en las orejas y brazos tatuados, última escoria pirata del Mediterráneo occidental, languidecía en cárceles españolas o marroquíes, servía hamburguesas en los McDonald.s o haraganeaba en el puerto, mirando con añoranza las quince millas que separaban Europa de África; distancia que una década atrás, en las noches sin luna, cruzaba con fuerabordas de 90 caballos que hacían planear sus Phantom pintadas de negro a cuarenta nudos sobre las olas, entre Punta Carnero y Punta Cires.

Coy caminó por la acera que más sombra ofrecía, con la camisa pegada a la espalda por el sudor, mirando los números de las casas. Tánger había cumplido su palabra, al menos en parte. Entre Cádiz y Gibraltar, mientras él conducía el Renault de alquiler por las vueltas y revueltas de la carretera que remontaba las alturas de Tarifa y los acantilados sobre el Estrecho, ella terminó de contar la historia de los jesuitas y el “Dei Gloria”. O al menos la porción de historia que creía conveniente darle a conocer: por qué el bergantín viajó a América y por qué regresaba de La Habana.

– Querían parar el golpe -resumió.