Después, con los ojos fijos en la carretera, expuso su teoría en honor de Coy. El gabinete de la Pesquisa Secreta no fue tan secreto, después de todo. Hubo una filtración, un indicio de lo que se preparaba. Tal vez los jesuitas tenían allí un informador, o intuyeron la maniobra.
– De todos los miembros del gabinete -explicó Tánger-, sólo uno de ellos no era “tomista” puro: el conde de Aranda podía ser considerado, si no “amigo del cuarto voto”, sí más favorable a los ignacianos que los radicales Roda, Campomanes y los otros. Quizá fue él mismo quien dejó caer las palabras oportunas en el oído de su contertulio, el padre Nicolás Escobar… No debió de pasar de una confidencia, o una palabra. Pero entre aquella gente hecha de astucias y diplomacias, hasta un silencio podía leerse como un mensaje.
Tánger calló unos instantes, dejando a Coy el trabajo de imaginar época y personajes. Su mano izquierda descansaba encima de la rodilla izquierda, sobre la falda de algodón azul, a escasos centímetros del cambio de marchas. Coy la rozaba a veces, al pasar de cuarta a quinta en las rectas, o cuando reducía antes de girar el volante.
– Y entonces -prosiguió ella- la dirección de los jesuitas españoles ideó un plan.
Volvió a callar de nuevo, con aquello en el aire. Debería escribir novelas, pensó él, admirado. Maneja como nadie los puntos suspensivos. Y además, no sé lo que habrá de real en sus certezas, pero nunca vi a nadie afirmarlas con ese aplomo. Sin contar el modo de soltar sedal poco a poco: lo justo de flojo para que no escape el pez, lo justo de tenso para que se mantenga enganchado hasta clavarle un arpón en las agallas. -continuó al fin Tánger que ni siquiera garantizaba el éxito… Pero que se basaba en el conocimiento de la condición humana y de la situación política española. Por supuesto, también en el conocimiento de Pedro Pablo Abarca, duque de Aranda.
En pocas palabras, con el tono objetivo de quien enumera datos, sin apartar los ojos de la cinta de asfalto que parecía ondular ante ellos por efecto del calor, Tánger había definido al ministro de Carlos III: aristócrata con derechos de sangre, brillante carrera militar y diplomática, afrancesado por razones intelectuales y sociales, pragmático, ilustrado, enérgico, impetuoso, algo insolente. Una gran cabeza al frente del Consejo de Castilla y del gabinete para la Pesquisa Secreta. También amigo del lujo, de las carrozas caras con espléndido tiro y criados de librea, teatro y toros en coche descubierto, popular, ambicioso, derrochador, amigo de sus amigos. Rico, y sin embargo siempre necesitado de más fondos para sostener un alto tren de vida que a veces rozaba la extravagancia.
– Ésas eran las palabras -prosiguió Tánger-: Dinero y poder. Aranda resultaba sensible a ellas, y los jesuitas lo sabían. No en balde había sido su alumno, y era íntimo de sus dirigentes.
El plan, continuó ella, fue concebido con minuciosa audacia. El mejor barco de la Compañía, el más rápido y seguro, con su mejor capitán, zarpó secretamente rumbo a América. Llevaba al padre Escobar como pasajero. No había constancia oficial de su salida de Valencia, pues no se conservaron los documentos de embarque del “Dei Gloria” para esa etapa del viaje; pero el jesuita sí figuraba a bordo en el viaje de vuelta. Sus iniciales, con las del otro acompañante, el padre José Luis Tolosa, constaban en el manifiesto del bergantín -N. E. y J. L. T.- cuando salió de La Habana, el 1 de enero de 1767. Y con ellos traían algo: documentos, objetos. Claves para influir en la voluntad del conde de Aranda.
Con las manos en el volante, Coy rió bajito.
– Dicho en corto: querían comprarlo.
– O chantajearlo -repuso ella-. De una u otra forma, lo cierto es que la misión del “Dei Gloria”, del capitán Elezcano y de los dos jesuitas, era traer algo que cambiaría el curso de los acontecimientos.
– ¿De La Habana?
– Eso es.
– ¿Y qué pinta Cuba en todo esto?
– No lo sé. Pero allí embarcaron algo que podía convencer a Aranda para manipular la Pesquisa Secreta… Algo que detendría la tormenta que iba a descargar sobre la Compañía.
– Podría tratarse de dinero -opinó Coy-. El famoso tesoro.
Sonreía para quitar importancia a sus palabras, pero sintió un estremecimiento al pronunciar la palabra “tesoro”. Tánger seguía mirando al frente como una esfinge.
– Podría, en efecto -dijo ella al cabo de un instante-… Pero no siempre es dinero lo que anda de por medio.
– Y eso es lo que pretendes averiguar.
Continuaba volviéndose de vez en cuando para observarla, sin apartar del todo su atención de la carretera, antes de mirar de nuevo al frente. Ella mantenía los ojos fijos en el asfalto.
– Pretendo localizar el “Dei Gloria”, en primer lugar. Y luego, saber lo que transportaba… Lo que, por azar o por cálculo delos enemigos de la Compañía, nunca llegó a su destino.
Coy redujo la marcha ante una curva cerrada. Al otro lado de una acerca había toros de verdad, pastando bajo un cartel con un inmenso toro negro de mentira.
– ¿Quieres decir que ese jabeque corsario no apareció allí por casualidad?
– Cualquier cosa es posible. Tal vez el otro bando estaba al corriente de la operación y quiso adelantarse. Quizá el mismo Aranda jugaba con dos barajas… O, si el “Dei Gloria” traía algo utilizable contra él, pudo querer neutralizarlo.
– Pues según lo que sea, es posible que no resista dos siglos y medio en el fondo del mar. Lucio Gamboa dijo…
– Recuerdo perfectamente lo que dijo.
– Pues ya sabes. Tesoros, tal vez. Otra cosa, olvídate.
La carretera descendía ahora entre prados insólitamente verdes, antes de ascender de nuevo. Había un pueblo blanco arriba y a la derecha, colgado del pico de una montaña. Vejer de la Frontera, leyó Coy en un cartel indicador. Otra flecha señalaba hacia el mar: cabo Trafalgar, 16 kilómetros.
– Ojalá sea un tesoro -dijo-. Oro español. Plata en lingotes… Quizá ese Aranda era sobornable de verdad -se quedó un rato pensativo, mordiéndose el labio inferior-… ¿Cómo podríamos sacarlo sin que nadie se enterase?
Sonreía, divertido con la idea. El tesoro de los jesuitas. Barras de oro amontonándose en una bodega. Desembarcos nocturnos en una playa, entre el rumor de las piedras arrastradas por la resaca. Doblones, Deadman’s Chest y una botella de ron. Terminó riendo en voz alta. Tánger guardaba silencio, y él se volvió otras veces a mirarla, sin perder de vista la carretera por el rabillo del ojo.
– Seguro que ya tienes un plan -añadió-. Tú eres del tipo de gente que siempre tiene un plan.
Había rozado incidentalmente su mano al cambiar de marcha, y esta vez ella la retiró. Parecía irritada.
– Tú no sabes qué tipo de gente soy.
Él rió de nuevo. La idea del tesoro, de puro absurda, lo había puesto de buen humor. Rejuvenecía treinta años: Jim Hawkins le hacía muecas desde un estante lleno de libros, en la Posada del Almirante Benbow.
– A veces creo saberlo -dijo, sincero-, y a veces no lo sé. En cualquier caso, no te quito la vista de encima… Con tesoro o sin él. Y espero que hayas pensado en reservar mi parte. Socia.
– No somos socios. Trabajas para mí.
– Ah, coño. Lo había olvidado.
Coy silbó unos compases de ”Body and Soul”. Todo estaba en regla. Ella orquestaba el canto delas sirenas, el doblón de oro español relucía clavado en el mástil ante los ojos del marino sin barco, y mientras tanto el Renault alquilado dejaba atrás Tarifa, su viento perenne y las fantasmales aspas giratorias de sus torres de energía eólica. El motor se calentaba demasiado en las cuestas, así que se detuvieron en un mirador sobre el estrecho. El día era claro, y al otro lado de la franja azul divisaban la costa marroquí, y algo más lejos, a la izquierda, el monte Hacho y la ciudad de Ceuta. Coy observaba la lenta progresión de un petrolero que navegaba hacia el Atlántico: se había desviado un poco del dispositivo de separación de tráfico que regulaba en dos direcciones el paso, y sin duda tendría que alterar su rumbo para maniobrarle a un carguero que se acercaba por la proa, de vuelta encontrada. Imaginó al oficial de guardia en el puente -a esa hora sería el tercero de a bordo-, atento a la pantalla de radar, apurando hasta el último minuto por si tenía suerte y el otro se desviaba antes.