– Depende de quién pague más.
– Yo pago más.
Hizo una pausa para contemplarse la moneda de oro que llevaba en el anillo de la mano derecha. Después la frotó con gesto maquinal contra la camisa.
– Horacio es un completo hijo de puta -prosiguió-. Un ex militar argentino de padre griego y madre italiana, que habla español y que se cree inglés… Pero es un hijo de puta muy correcto. Y a mí me gusta la gente correcta. Hasta tiene a su anciana madre en Río gallegos, y le manda dinero cada mes, a la viejita. Como en los tangos, ¿verdad?… Qué cosas.
Alzó unos milímetros la mano, como si fuera a tocarse la cara, pero detuvo el gesto apenas iniciado.
– Y en cuanto a usted…
Ahora el ojo pardo encerraba rencor, y el verde amenaza. Pero aquello duró sólo un instante.
– Escuche -prosiguió-. Todo esto se ha desbordado de un modo absurdo. Estamos llegando demasiado lejos, ¿vale?… Todos. Ella. Yo mismo, tal vez. Hasta Horacio mata perros, que ya es… Por Dios. El colmo. Y usted, desde luego. Usted…
El buscador de naufragios se quedó de nuevo en suspenso, intentando dar con un término que definiese el papel de Coy en aquel embrollo.
– Mire -había cogido una llave y abierto un cajón, sacando de él una moneda reluciente de plata que arrojó sobre la mesa-. ¿Sabe qué es eso?… Lo que en mi oficio llamamos un columnario: ocho reales de plata acuñados en Potosí en 1739 por orden del rey Felipe V… Tiene delante… Fíjese. Es una de las famosas ‘piezas de a ocho’ protagonistas de todas las historias de piratas y tesoros…
Sacó otra diferente, más grande, arrojándola junto a la anterior. Esta vez se trataba de una medalla conmemorativa: tres figuras, una de ellas arrodillada, con la inscripción: “The pride of Spain humbled by A. Vernon”. El orgullo de España humillado, tradujo Coy, tomándola entre los dedos. En el anverso, varios navíos y otra inscripción: “They took Carthagena April 1741”. Tomaron Cartagena-de Indias, -supuso Coy- en abril, etcétera. Puso la medalla en la mesa, junto a la pieza de a ocho.
– Era un farol, porque no la llegaron a tomar -explicó Palermo-. El almirante Vernon se retiró derrotado sin poder saquear la ciudad como pretendía… El supuesto arrodillado de la medalla es el español Blas de Lezo, que nunca llegó a arrodillarse, entre otras cosas porque era manco y cojo. Aun así defendió la ciudad con uñas y dientes, haciéndoles perder a los ingleses seis barcos y nueve mil hombres… Las medallas que Vernon traía ya acuñadas para el acontecimiento hubo que hacerlas desaparecer… Salvo las que se hundieron en la bahía. Difíciles de encontrar.
Metió la mano en el cajón y extrajo un puñado de monedas diversas, que sopesó antes de dejarlas caer otra vez con tintineo metálico. El oro y la plata relucían al derramarse entre sus dedos cargados de anillos.
– Yo saqué ésa de un barco inglés hundido -dijo el cazador de tesoros-… Ésa, éstas y muchas otras: piezas de plata de cuatro y ocho reales, columnarios, macuquinas, doblones de oro, lingotes, joyas… Soy un profesional, ¿comprende?… Conozco palmo a palmo los nueve kilómetros de estanterías que tiene el Archivo de Indias, y también los archivos del Almirantazgo inglés, el palacio de la Inquisición de Cartagena de Indias, Simancas, Viso del Marqués, Medina Sidonia… Y no estoy dispuesto a tolerar que un par de aficionados me… Por Dios. Revienten el trabajo de toda mi vida…
Cogió la pieza de a ocho y la medalla de Vernon, devolviéndolas al cajón. Su sonrisa era tan simpática como la de un tiburón blanco al que acabaran de contarle un chiste de náufragos.
– Por eso voy a ir hasta el final -anunció por fin-. Sin piedad y sin reparos. Voy a ir hasta… Se lo juro. Y cuando termine con esto, esa mujer… Ya verá. En cuanto a usted, debe de estar loco -cerró el cajón y se metió la llave en el bolsillo-. No tiene ni la más remota idea de las consecuencias.
Coy se rascó la cara sin afeitar.
– ¿Mandó a ese enano cabrón hasta Cádiz para hacernos venir y decirnos eso?
– No. Los hice llamar para proponerles un último arreglo. La última posibilidad. Pero usted…
Dejó sin terminar la frase, aunque estaba clara. No lo consideraba cualificado para esa negociación. Tampoco Coy se consideraba a sí mismo, y eso lo sabían ambos.
– Sólo he venido para ver cómo están las cosas -dijo-. Ella acepta que se vean.
Palermo entornó los ojos. Una luz de interés relucía tras sus párpados al acecho.
– ¿Cuándo y dónde?
– Aquí en Gibraltar le parece bien. Pero no vendrá a la oficina. Prefiere un terreno neutral.
La escueta sonrisa mostró ahora un par de dientes muy sanos y blancos. El tiburón nadaba enaguas propias, pensó Coy. Olfateando.
– ¿Y qué entiende ésa por terreno neutral?
– El mirador del Peñón que da sobre el aeropuerto estaría bien.
Palermo reflexionaba.
– ¿Old Willis?… Por qué no. ¿A qué hora?
– Hoy, a las nueve.
El otro le echó un vistazo al reloj y meditó un poco más. La sonrisa cruel empezó a despuntar de nuevo.
– Dígale que estaré allí… ¿También irá usted?
– Lo sabrá cuando vaya.
Los ojos poco amistosos estudiaron a Coy de arriba abajo, y el cazador de tesoros se rió de formades agradable. No parecía impresionado en absoluto.
– Te crees un muchacho duro, ¿no es cierto?… -el brusco tuteo hacía el tono mucho más desagradable-. Por Dios. Eres un títere, como todos. Eso es lo que eres. Ellas nos usan como… Usar y tirar, eso es. Así lo hacen. Y tú… Conozco tu situación. Tengo medios para investigar… Bueno. Ya me entiendes. Conozco tu problema. Después de Madrid me ocupé de averiguarlo. Aquel barco en el Índico. Dos años de suspensión es mucho tiempo, ¿verdad? Yo, sin embargo… Quiero decir que tengo amigos con barcos que necesitan oficiales. Podría ayudarte.
Coy frunció el ceño. Todo aquello le causaba la impresión de un intruso revolviendo sus cajones. Volverse hacia la ventana y comprobar que alguien está allí, espiando.
– No necesito ayuda.
– Hum. Ya veo -Palermo lo observaba con mucha atención-. Pero no engañas a nadie, ¿sabes?… Debes de creerte un tipo original, pero… Por Dios. Te he visto ya cien veces antes. Entérate. A ver si te crees el único que leyó libros y fue al cine. Pero éstos no son los puertos de Asia, ni tú eres… Ni siquiera valdrías para una película mediocre. Peter O. Toole tenía mucha más clase. Y cuando ella… Bueno. Te dejará al garete, como esos barcos fantasmas saqueados y sin tripulantes… En esta novela no hay segundas oportunidades, a ver si te enteras. En este misterio del barco perdido, el capitán pierde el título definitivamente. Y la chica… Joder. Esa perra le escupe a la cara… No, no me mires así. No tengo dotes de adivino. Sólo ocurre que lo tuyo es tan elemental que da risa.
No se rió, sin embargo. Estaba sombrío, todavía en el borde de la mesa, con una mano a cada lado. Los ojos pardo y verde apuntaban más allá de Coy, absortos.
– Las conozco bien -dijo-. Zorras.
Ahora movía la cabeza. Estuvo así un poco, sin abrir la boca. Luego miró alrededor, como reconociendo el lugar en donde estaba. Su propio despacho.
– Juegan con armas -añadió- que nosotros incluso ignoramos que existen. Y son… Por Dios. Son mucho más listas que nosotros. Mientras pasábamos siglos hablando en voz alta y bebiendo cerveza, yéndonos a las Cruzadas o al fútbol con los amigotes, ellas estaban allí atrás, cosiendo, cocinando, observando…
El oro le tintineó mientras iba hasta un armarito y sacaba una botella de Cutty Sark y dos vasos anchos y chatos, de pesado cristal. Puso hielo de una cubitera, echó una generosa porción de whisky encada uno y volvió con ellos.
– Yo comprendo lo que te pasa -dijo.
Conservó un vaso en la mano y puso el otro en la mesa, ante Coy.
– Han sido y son todavía nuestros rehenes, ¿comprendes? -bebió un trago y luego otro, sin dejar de observarlo por encima del vaso-… Eso hace que su moral y la nuestra sean… No sé. Distintas. Tú y yo podemos ser crueles por ambición, por lujuria, por estupidez o ignorancia… Para ellas, sin embargo… Llámalo cálculo, si quieres. O necesidad… Un arma defensiva, a ver si me entiendes. Son malas porque se la juegan, y necesitan sobrevivir. Por eso pelean a muerte, cuando lo hacen. Esas putas no tienen retaguardia.