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Después que ella dijo todo eso, Coy se detuvo y fue cuando blasfemó por tercera vez. Una grosera blasfemia de marino, rotunda y seca, que recurría al nombre de Dios en vano.

– Y eres una jodida embustera -añadió.

Se lo quedó mirando fijamente, con mucha atención. Parecía sopesar una a una aquellas cinco palabras. Los ojos eran otra vez duros, no como la frágil piedra que acababa de describir con plena sangre fría, sino como la piedra oscura, afilada como un puñal, que vela entre las rompientes. Después ella miró hacia un lado, al extremo del pantalán, donde el mástil del”Carpanta” se alzaba entre los otros, con la vela mayor cuidadosamente aferrada en la botavara. Cuando volvieron a Coy, sus ojos eran distintos. La brisa le agitaba el pelo sobre la cara moteada.

– El bergantín transportaba esmeraldas, seleccionadas en las minas que los jesuitas controlaban en los yacimientos colombianos de Muzo y Coscuez… Fueron embarcadas en Cartagena de Indias para La Habana, y después llevadas a bordo con todo secreto.

Coy bajó la vista hacia sus pies, luego al suelo de tablas del pantalán, y dio unos pasos al azar antes de quedarse quieto de nuevo. Miraba el mar. Las proas de los barcos anclados en la bahía borneaban lentamente hacia la brisa del Atlántico. Movió la cabeza a uno y otro lado, como negando algo. Estaba tan asombrado que seguía resistiéndose a admitir su propia estupidez.

– La esmeralda -proseguía ella tiene dos puntos débiles: su fragilidad, que la hace vulnerable altallado, y el jardín: zonas opacas, puntos de carbón sin cristalizar que a veces aparecen en su interior, afeando la piedra… Eso significa, por ejemplo, que una pieza de un quilate vale más que una de dos quilates si la primera tiene mejores atributos.

Ahora hablaba con suavidad, casi con dulzura. Igual que quien explica algo complicado a un muchacho torpe. Un avión militar despegó de la cercana pista del aeropuerto, atronando el aire con sus motores. El ruido cubrió unos instantes las palabras de Tánger.

– … Para la talla en facetas que hacen después los joyeros especializados. Y de ese modo, una esmeralda de veinte quilates, desprovista de jardines, es una de las más valiosas y buscadas que existen -hizo una pausa, y añadió-: Puede valer un cuarto de millón de dólares.

Coy todavía contemplaba el mar, sobre el que el avión tomaba lentamente altura. Al otro lado del arco de la bahía humeaban las chimeneas de la refinería de Algeciras.

– El “Dei Gloria” -dijo Tánger- transportaba doscientas esmeraldas perfectas, de veinte a treinta quilates cada una.

Hizo una nueva pausa. Se movía, colocándose frente a él. Ahora lo miraba muy de cerca.

– Esmeraldas sin tallar -insistió-. Grandes como nueces.

Coy habría podido jurar que esta vez su voz temblaba ligeramente. Grandes como nueces. Fue sólo una impresión pasajera, pues cuando prestó atención la vio tan dueña de sí como siempre. Seguía indiferente a los reproches, sin necesidad de pronunciar una sola palabra de descargo. Era su juego y eran sus reglas. Así fue siempre, desde el principio, y ella sabía que Coy lo sabía. Te mentiré y te traicionaré. En aquella isla de los caballeros y los escuderos, nadie había prometido que el juego fuese limpio.

– Ese cargamento -precisó ella- valía el rescate de un monarca… O, para ser más exactos, el rescate de los jesuitas españoles. El padre Escobar quería comprar al duque de Aranda. Talvez también al gabinete de la Pesquisa Secreta… Quizás al mismo rey.

Casi a su pesar, Coy sentía que la curiosidad iba ocupando el lugar de su furia. La pregunta surgió antes incluso de que pensara en formularla.

– ¿Están allá abajo, en el fondo?

– Pueden estar.

– ¿Cómo lo sabes?

– No lo sé. Tenemos que bajar hasta el bergantín para averiguarlo.

“Tenemos”. Aquel plural sonaba como bálsamo en una herida, y Coy era consciente de ello.

– Te lo iba a contar cuando estuviéramos allí… ¿No lo comprendes?

– No. No lo comprendo.

– Escucha. Tú conoces los riesgos. Con toda esa gente detrás, yo no sabía qué podía ocurrir contigo… Ni siquiera ahora losé. No puedes reprocharme eso.

– Nino Palermo lo sabe. Todo cristo parece saberlo.

– Exageras.

– Exagero una mierda. Soy el último en enterarme, como los maridos.

Palermo piensa que hay esmeraldas, pero ignora cuántas. Tampoco sabe cómo son ni por qué estaban en el bergantín. Sólo ha oído campanas.

– Pues a mí me parece muy bien informado.

– Oye. He pasado años con ese barco en la cabeza, incluso antes de confirmar su existencia. Ni Palermo ni nadie sabe sobre el ”Dei Gloria” lo que yo sé… ¿Quieres que te cuente mi historia?

No quiero que me cuentes otra sarta de mentiras, tuvo Coy a flor de labios. Pero calló, porque realmente quería escuchar. Necesitaba más piezas, nuevas notas que dibujasen con más precisión la melodía extraña que ella trazaba en el silencio. Y de ese modo, inmóvil en el pantalán y con la brisa de levante que soplaba a su espalda y seguía agitando el cabello de la mujer, se dispuso a escuchar la historia de Tánger Soto.

Había una carta, dijo ella. Una simple carta, un folio amarillento escrito por ambas caras. Fue enviada por un jesuita a otro, y luego, olvidada por todos, quedó revuelta con un montón de papeles requisados cuando la disolución dela Compañía de Jesús. La carta estaba escrita en clave e iba con su transcripción, realizada por mano anónima, posiblemente la de un funcionario encargado de indagar en los documentos incautados a la Compañía. Y junto a muchas otras de temas diversos y con similares transcripciones, había dormido un sueño de dos siglos en el fondo de un archivo catalogado como”Clero”, ”Jesuitas”, ”Varios n. o 356”. Ella lo encontró por casualidad, cuando investigaba en el Archivo Histórico Nacional preparando un trabajo universitario sobre la Machinada de Guipúzcoa en 1766. La carta iba firmada por el padre Nicolás Escobar, nombre que en aquel momento no significaba nada para ella, y se dirigía a otro jesuita, el padre Isidro López:

Reverendo Padre:

Desarmados de nuestros auxilios, calumniados ante el Rey y

el Santo Padre, y objeto del

odio de las fanáticas personas

que de sobra conoce Vuestra

Paternidad, muy cerca estamos

de la bien trazada Catástrofe

que con tanto sigilo se industria. Los Eclesiásticos mismos

que son adversos a la Compañía

no se recatan de ser corredores

y proxenetas de las calumnias

que circulan impunemente. De

ese modo vamos quedando reducidos a nuestras propias fuerzas

por quienes todo lo creen lícito

para alcanzar sus fines y secuestran la voluntad, no sólo de

Nuestro Soberano, que nos es

suspicaz por malos avisos, sino

también de nuestros antiguos

amigos.

Todo presagia, Reverendo

Padre, un golpe contra nuestra

Orden al modo nefasto en que se

realizó el crimen en Francia y

en el Portugal del impío Pombal. Por conducto seguro y

directísimo el abate G. nos ha

confirmado la nómina conocida

por V. P. sobre los individuos

que preparan la maniobra y de

qué modo se artificia su especie. Pero en ese vasto negocio,

disfrazado de Averiguación Secreta, queda un resquicio de

esperanza. Os escribo la presente, que os llegará por el

conducto seguro que nos es habitual, a fin de alentaros a resistir mientras realizamos la

empresa que tal vez disponga en

nuestra justicia la voluntad de

los más poderosos.

Previa consulta con nuestros

superiores, y en atención al

designio que V. P. ya conoce,

me dispongo a viajar en la esperanza de que, Ad Maiorem Dei

Gloriam (con ese nombre y ese

amparo me dispongo a embarcar),

el viento sople en las buenas