direcciones. Doscientos argumentos a modo de llamas de fuego
verde sin tallar, perfectas y
grandes como nueces (iris del
Diablo, los llama el buen abate), esperan en Cartagena de
Indias bajo custodia del padre
José Luis Tolosa, que es joven seguro y muy de fiar. Yo
estaré en La Habana, con la
ayuda de Dios, para finales de
mes; y del mismo modo espero
regresar a Nuestro Puerto lo
antes posible, con tanto sigilo
y tan directamente como los privilegios de la Compañía nos
permitan, evitando peligrosas
escalas intermedias. Nuestro
dilecto don P. P. ha prometido
al abate esperar, y pese a todo
y a sus nuevas disposiciones y
ambición, todavía podemos considerarlo individuo favorable;
pues mucho es lo que tiene por
beneficio en este negocio.
Añadiré a V. P. la feliz
nueva de que ayer he sabido por
nuestro querido abate que algunos amigos próximos al círculo
de la llorada Reina Madre siguen siéndonos tan propicios
como también lo son el digno
V. y también H.; aunque de este último no podamos nunca fiar
del todo por su naturaleza intrigante. En cuanto al abate,
sigue en el favor de las personas reales y moviendo en nuestro
beneficio los hilos del negocio,
y nos cuenta que don P. P. se
mantiene muy receptivo a lo que
nos ocupa. Hasta mi regreso,
por tanto, no queda sino Tacere
et Fideri. Y que la Divina
Providencia disponga.
Reciba Vuestra Paternidad
el más respetuoso saludo de su
hermano en Cristo
Nicolás Escobar
Marchamalo, S. J.
En el puerto de Valencia,
a primero de noviembre,
A. D. de 1766
Con el tiempo, Tánger había identificado a todos los personajes citados en la carta. La reina madre Isabel Farnesio, muy favorable a la Compañía de Jesús, había muerto medio año antes. El destinatario de la carta era el padre Isidro López: el más influyente de los jesuitas españoles, que gozó de excelente posición en la corte de Carlos III y fallecería en Bolonia dieciocho años después de extinguida la Compañía, sin haber podido volver del destierro. En cuanto a las iniciales, éstas no planteaban dificultad para alguien acostumbrado a manejar libros de Historia: “P. P. ” era Pedro Pablo Abarca, conde de Aranda. Tras la inicial “H. ” se ocultaba apenas el nombre de Lorenzo Hermoso, un indiano de Caracas afincado en España, intrigante y conspirador, que estuvo implicado en el motín de Esquilache, y que tras la caída de los jesuitas terminó preso y luego desterrado, después que el fiscal pidiese para él tormento”tanquam in cadavere”. La persona designada como “V. ” era Luis Velázquez de Velasco, marqués de Valdeflores, literato e íntimo dela Compañía, que habría de pagar esa amistad con diez años de cárcel en los presidios de Alicante y Alhucemas. Y la inicial “G. ”aludía al abate Gándara, conocido en la corte de Carlos III como el principal apoyo de los jesuitas cerca del rey, a quien acompañaba como escopetero en sus partidas de caza. El nombre real era Miguel de la Gándara, y su desdichado personaje podría haber inspirado”El Conde de Montecristo” o “ La Máscara de Hierro”: apresado poco antes de la caída de la Orden, vivió en prisión los dieciocho años que le quedaban de vida, y murió en la cárcel de Pamplona sin que nadie estableciera con claridad los motivos de su condena.
El personaje del abate Gándara había fascinado a Tánger, hasta el punto de que terminó haciendo sobre él su tesis de licenciatura. Eso la llevó a investigar todos los papeles sobre sus procesos y prisión, conservados en la sección Gracia y Justicia del archivo nacional de Simancas. Incluso estableció el nombre del barco jesuita que no se mencionaba más que veladamente en la carta: “Dei Gloria”. De ese modo pudo comprobar que la despedida del padre Nicolás Escobar al padre López, donde mencionaba a Gándara, fue escrita un día antes de la detención de éste, realizada el 2 de octubre de 1766: la misma fecha en que Escobar zarpaba para América a bordo del bergantín con el que desaparecería en el mar durante el viaje de regreso. La tesis de Tánger se llamó “El abate Gándara, conspirador y víctima”, y le valió una excelente calificación académica para su licenciatura en Historia. Abundaba en datos sobre la larga prisión, los interrogatorios y los procesos judiciales del abate, encerrado en Batres y luego en Pamplona, donde quedaría recluido hasta su muerte, sin que nadie lograra nunca aclarar las razones del ensañamiento que le dedicaron Aranda y los otros ministros de Carlos III; salvo su amistad con la Compañía de Jesús, cuyos miembros -entre ellos el destinatario de la famosa carta- fueron detenidos seis meses después de la prisión del abate, desterrados a Italia y extinguida la Orden. En cuanto al viaje a La Habana del padre Escobar, y aquellas doscientas llamas de fuego verde a las que crípticamente aludía, nunca se obtuvo respuesta de Gándara, pese a que algunos interrogatorios mencionaban el tema. El secreto del ”Dei Gloria” murió con él.
Después, la vida siguió su curso y Tánger tuvo otras cosas en que ocuparse. Las oposiciones para el Museo Naval y el trabajo centraron su atención, y nuevos asuntos se cruzaron en su vida. Hasta que un día se presentó Nino Palermo. Husmeando en libros y catálogos, el cazador de tesoros había encontrado la referencia a un informe del departamento marítimo de Cartagena, fechado el 6 de febrero de 1767, sobre la pérdida del”Dei Gloria” en combate con un corsario. El índice se refería a documentos enviados al Museo Naval de Madrid; de modo que Palermo acudió allí en busca de información, y el azar puso a Tánger en su camino. Fue ella la encargada de escuchar las peticiones del gibraltareño. Éste había abordado el tema a la manera de su oficio, camuflado entre pistas falsas, sin darle aparente importancia. Pero de pronto, en plena conversación, ella oyó el nombre del “Dei Gloria”. Un bergantín perdido, dijo Palermo, en ruta de La Habana a Cádiz. Aquello reavivó los recuerdos de Tánger, creando conexiones precisas entre lo que hasta entonces eran cabos sueltos. Había ocultado su emoción, disimulando cuanto pudo. Después, tras quitarse de encima al cazador de naufragios con vagas promesas, comprobó que el documento por el que se interesaba había sido enviado tiempo atrás al archivo general de marina en el Viso del Marqués. Al día siguiente estaba allí; y en la sección de Corso y Presas encontró el nombre del barco: “Relación sobre la pérdida del bergantín Dei Gloria, a 4 de febrero de 1767, en combate con el jabeque corsario que se presume sea el llamado Serguí… ” Ahí estaba todo cuanto oficialmente se conocía del naufragio, con la declaración del único superviviente. Era la respuesta al misterio, el desenlace de la aventura cuyo inicio ella había vislumbrado años atrás, en la carta del jesuita. Ahí estaba la razón de que el bergantín nunca llegara a puerto, y de que el abate Gándara fuese interrogado hasta su muerte en prisión. Ahí se aclaraba el destino de las doscientas llamas de fuego verde que debían haber convencido a los miembros del gabinete de la Pesquisa Secreta y tal vez al mismo rey de no aniquilar a los ignacianos.
Estaba estupefacta, fascinada y también furiosa. Ella lo había tenido todo ante los ojos, tiempo atrás, y no supo verlo. No se hallaba preparada. Pero inesperadamente, como en un rompecabezas complicado cuya pieza maestra se descubre, todo iba a ocupar su lugar en el paisaje. Tánger volvió atrás, a sus cuadernos y a sus viejas notas de licenciatura, uniéndolas a las nuevas. Ahora, la tragedia del abate Gándara -que ni siquiera el nuncio de Roma pudo explicar al Papa en su correspondencia de la época- estaba clara. El abate sabía qué carga transportaba el “Dei Gloria”. Su proximidad al rey, su presencia en la corte, lo convertían en intermediario idóneo para la gigantesca operación de soborno que intentaban los jesuitas: él era el encargado de negociar con el conde de Aranda. Pero alguien había querido impedir la maniobra, o hacerse directamente con el botín, y Gándara fue detenido e interrogado. Luego, el corsario “Chergui” entró en escena demo do casual o premeditado, y todo terminó saliendo mal para todos. Expulsados los jesuitas, hundido el barco en circunstancias imprecisas, Gándara era la pieza clave del asunto. Por eso lo habían mantenido en sus garras durante dieciocho años, interrogándolo sin descanso. Ahora, indicios sueltos entre las actas de los diferentes procesos cobraban sentido: hasta el final quisieron que revelara lo que sabía sobre el bergantín. Pero el abate había callado, llevándose el secreto a la tumba. Sólo alzó una punta del velo en una ocasión: cierta carta interceptada, escrita por él en 1778´, once años después de los sucesos, al misionero jesuita Sebastián de Mendiburu, exiliado en Italia: ‘“Preguntan por iris del Diablo grandes y perfectos, con jardines limpios como mi conciencia. Pero yo callo, y siendo yo el atormentado, es eso lo que en su ambición los atormenta”’.