Indicaba la posición aproximada en la carta, ocho o diez millas al sudoeste del cabo de Gata. Coy pudo imaginar sin esfuerzo la escena: los hombres escudriñando a popa desde la cubierta inclinada, el capitán en la toldilla estudiando a su perseguidor a través del catalejo, los rostros preocupados de los padres Escobar y Tolosa, el cofre de esmeraldas cerrado con llave en la cámara. Y de pronto el grito, la orden de forzar vela que envía a los marineros flechastes arriba para desplegar más lona; los foques flameando sobre el bauprés antes de tensarse con el viento, el barco escorando un par de tracas más al sentir arriba el aumento de trapo. La estela de espuma recta sobre el mar azul; y atrás en ella, hacia el horizonte, las velas blancas del “Chergui” iniciando ya abiertamente la caza.
– Faltaba poco para el anochecer -prosiguió Tánger, tras echar una ojeada al sol que seguía bajando hacia la popa del “Carpanta”-. Más o menos como ahora. Y el viento soplaba del sur, y luego del sudoeste.
– Eso es lo que está pasando -dijo el Piloto, que había terminado con la chaqueta y observaba el mar rizado y el aspecto del cielo-. Todavía rolará un par de cuartas a popa antes de que se haga de noche, y tendremos lebeche fresco al doblar el cabo.
– Magnífico -dijo ella.
Los ojos azul marino iban de la carta al mar y las velas, expectantes. Tenía dilatadas las aletas de la nariz, comprobó Coy, y respiraba profundamente con la boca entreabierta, como si en ese momento se hallase contemplando la lona en la arboladura del “Dei Gloria”.
– Según el informe del pilotín superviviente -prosiguió Tánger-, el capitán Elezcano dudaba al principio sobre izar todas las velas. El barco había sufrido durante el temporal de las Azores, y los palos superiores no eran de fiar.
– Te refieres a los masteleros -apuntó Coy-. Los palos superiores se llaman masteleros. Y si como dices estaban mal, un exceso de vela podía terminar partiéndolos… Si el bergantín tenía el viento como nosotros por el través, supongo que largaría foques, velas bajas de estay, cangreja, trinquete, y tal vez la gavia y el velacho, bien braceadas a sotavento y reservándose las velas altas, las juanetes, para no correr riesgos… Al menos de momento.
Tánger asintió con un movimiento de la cabeza. Contemplaba el mar a popa cual si el corsario estuviese allí.
– Debía de volar sobre el mar. El “Dei Gloria” era un barco rápido.
Coy miró a su vez hacia atrás.
– Por lo visto, también el otro lo era.
Ahora se trasladaba con la imaginación a la cubierta del corsario. Según las características del barco que les había descrito Lucio Gamboa en Cádiz, el “Chergui”, jabeque aparejado de polacra, navegaría en ese momento con toda la vela arriba, la enorme latina del trinquete bien henchida al viento y amurada en el bauprés, velas del palo mayor desplegadas, latina y gavia en el mesana, cortando el mar con sus afiladas líneas de barco construido para el Mediterráneo, las portas cerradas pero la tripulación de guerra preparando los cañones lista para combatir, y aquel fulano inglés, el capitán Slyne, o Misián, el hijo de la gran puta, de pie en la alta e inclinada toldilla, sin apartar los ojos de su presa. La caza por la popa solía ser caza larga, el bergantín perseguido también era rápido, y la tripulación corsaria debía de tomarse las cosas con calma, consciente de que, salvo que la presa rompiera algo, no estarían cerca hasta después del amanecer. Coy podía imaginarlos bien: renegados, escoria peligrosa de los puertos. Malteses, gibraltareños, españoles y norteafricanos. Lo peor de cada casa, prostíbulo y taberna: piratas cualificados que navegaban y combatían bajo una cobertura técnicamente legal la patente de corso, que en teoría los ponía a salvo de colgar de una cuerda si eran capturados. Chusma valerosa y cruel, desesperados sin nada que perder y todo por ganar, bajo el mando de capitanes sin escrúpulos que hacían el corso con patentes de los reyezuelos moros o de su majestad británica, según las circunstancias, con cómplices en cualquier puerto donde las voluntades se compraran con dinero. También España había tenido gente así: oficiales expulsados de la Armada, privados de su título o caídos en desgracia, aventureros en busca de fortuna o de seguir pisando la cubierta de un navío, que se ponían al servicio de cualquiera; a menudo sociedades comerciales que armaban barcos y vendían el producto de las presas cotizando tranquilamente en bolsa. En otro tiempo, reflexionaba Coy con íntimo sarcasmo, oficial deshonrado y sin trabajo, tal vez él mismo habría terminado en un corsario. Con los avatares del mar, lo mismo podía haberse hallado a bordo de la presa que del cazador, dos siglos y medio atrás, navegando aquellas mismas aguas, a toda vela y con la silueta parda del cabo de Gata adivinándose en el horizonte.
– Nunca sabremos si fue un encuentro casual -dijo Tánger.
Contemplaba el mar, pensativa. Incursión de un corsario en busca de botín al azar, o mano negra desde Madrid, guiando el rumbo del “Chergui” para interceptar al “Dei Gloria”, sabotear la maniobra de los jesuitas y hacerse con el cargamento de esmeraldas: alguien podía estar haciendo doble juego en el gabinete de la Pesquisa Secreta. Pero aquél era tal vez el único misterio que jamás podría ser resuelto.
– Quizá lo siguió desde Gibraltar -dijo Coy, recorriendo horizontalmente la carta con el dedo.
– O tal vez esperaba escondido en cualquier ensenada -apuntó ella-. Durante varios siglos, toda esa costa estuvo frecuentada por corsarios… Se acercaban mucho a tierra, guareciéndose en playas ocultas para protegerse de los vientos o hacer aguada, y sobre todo al acecho de presas. ¿Veis? -indicó un lugar en la carta, entre la Punta de los Frailes y la Punta de la Polacra-… Esta ensenada que hay aquí, y que ahora se llama de los Escullos, a principios del siglo XIX todavía se llamaba ensenada de Mahomet Arráez, y así figura en las cartas y derroteros de la época. Y un arráez, entre otras cosas, era el capitán de un barco corsario morisco… Y mirad este otro sitio: aún se llama isleta del Moro. Ésa es la razón de que todas las poblaciones se construyeran en el interior o en alturas, a fin de resguardarse de las incursiones piratas…
– Moros en la costa -apuntó el Piloto.
– Sí. De ahí viene esa frase hecha. Por eso está llena de antiguas torres de vigilancia, atalayas encargadas de alertar a los vecinos.
El sol, cada vez más bajo por la popa, empezaba a dar tonos rojizos a su piel moteada. La brisa hacía aletear la carta náutica en sus manos. Observaba la costa próxima con concentrada avidez, como si los accidentes geográficos estuvieran desvelándole viejos secretos.
– Aquella tarde del 3 de febrero -prosiguió-, nadie tuvo que alertar al capitán Elezcano. Conocía de sobra los peligros y debía de andar prevenido. Por eso el corsario no pudo sorprenderlo, y la persecución fue larga -ahora Tánger recorría el litoral trazado en la carta, en dirección ascendente-… Duró toda la noche, con el viento en popa, y el corsario sólo pudo atacar cuando, al desplegar más vela, al “Dei Gloria” se le rompió el palo trinquete.
– Seguramente -apuntó Coy- porque al fin decidió largar las juanetes. Si lo hizo a pesar de la arboladura en mal estado, es que debía de tener al corsario encima. Un recurso desesperado, supongo -consultó al Piloto-. Demasiado trapo arriba.
– Intentaría llegar a Cartagena -opinó el otro.
Coy observó a su amigo con curiosidad. La habitual flema de éste parecía dejar paso a un interés que raras veces había visto en él. Como si también, pensó asombrado, se estuviera contagiando del ambiente. Poco a poco, a medida que se intensificaba la fascinación del misterio próximo, Tánger los enrolaba a todos en aquella extraña tripulación seducida por el fantasma de un barco envuelto en penumbra verde. Clavado en el muñón de su mástil podrido, el doblón de oro del capitán Ahab relucía para todos.