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– Claro -asintió Coy-. Pero no llegó a ninguna parte.

– ¿Y por qué no se rindió, en vez de pelear?

Como de costumbre, Tánger tenía una explicación para eso:

– Si los corsarios eran berberiscos, el destino de los marinos apresados habría sido terminar como esclavos. Y si eran ingleses, el hecho de que en ese momento España estuviese en paz relativa con Inglaterra empeoraba las cosas para la tripulación del “Dei Gloria”… Aquel tipo de acciones solían terminar con el exterminio de los testigos, para no dejar pruebas. Y además, estaban las esmeraldas… Así que no es extraño que el capitán Elezcano y sus hombres lucharan hasta el fin.

Con la bota de vino en la mano, el Piloto estudiaba la carta. Bebió un trago y chasqueó la lengua.

– Ya no hay marinos como ésos -dijo.

Coy estaba de acuerdo. A la crueldad del mar y su dureza, a las infames condiciones de vida a bordo, los marinos de aquel tiempo debían sumar los peligros de la guerra, el cañoneo, los abordajes. Si ya era terrible enfrentarse a un temporal, peor tenía que ser un barco enemigo. Recordaba sus prácticas como alumno en el “Estrella del Sur”, y se estremecía sólo de imaginarse trepando por la jarcia oscilante de un barco para aferrar una vela entre la metralla y los cañonazos, con las drizas rotas y las astillas saltando por todas partes.

– Lo que ya no hay -murmuró Tánger- es hombres como ésos.

Contemplaba el mar y las velas del “Carpanta” hinchadas por el viento, y en su voz latía la nostalgia de todo cuanto no había conocido; del enigma hallado entre viejos libros y cartas náuticas, alertándola, como el destello lejano de un faro en la marejada, de que todavía quedaban mares por navegar y naufragios por encontrar, y persecuciones a toda vela, y esmeraldas y sueños que sacar a la luz del día. Entre las puntas del cabello que le azotaban la cara, sus ojos parecían absortos evocando cubiertas escoradas, rumor del agua, espuma en la estela; aquella caza que de pronto parecía revivir dramática ante sus ojos, y que también los arrastraba a ellos dos: el marino sin barco y el marino sin sueños. Y Coy comprendió, de pronto, que en ese lejano atardecer del 3 de febrero de 1767, Tánger Soto habría querido estar en uno de aquellos dos barcos. De lo que no estaba seguro era de si a bordo de la presa, o del cazador. Aunque tal vez diera lo mismo.

Como había pronosticado el Piloto, el viento roló un poco a popa antes del anochecer; y todavía lo hizo más cuando doblaron el cabo de Gata, ya entre dos luces y con el sol bajo el horizonte, el haz del faro iluminando a trechos las paredes rocosas de la montaña. Así que arriaron la vela mayor y siguieron con rumbo nordeste, floja la escota del génova amurado ahora a babor. Antes de que estuviese oscuro del todo, los dos marinos dispusieron el barco para la navegación nocturna: líneas de vida a lo largo de las bandas, chalecos salvavidas autoinflables con arneses de seguridad, prismáticos, linternas y bengalas blancas al alcance de la mano. Después, el Piloto preparó una cena rápida a base de fruta, encendió el radar, la lámpara roja de la mesa de cartas y las luces de navegación a vela, y se fue a dormir un rato, dejando a Coy de guardia en la bañera.

Tánger se quedó con él. Mecida por el balanceo del barco, las manos en los bolsillos del chaquetón del Piloto, el cuello subido, miraba las luces que a veces aparecían lejos punteando la costa de Almería, cuyo perfil escarpado podía adivinarse en la breve claridad del cielo de poniente. Al rato expresó su extrañeza al ver tan pocas luces, y Coy le dijo que aquel sector, del cabo de Gata al cabo de Palos, era el único del litoral mediterráneo español no invadido aún por la lepra de cemento de las urbanizaciones turísticas. Demasiadas montañas, costa rocosa y pocas carreteras obraban el milagro de mantenerlo casi virgen. De momento.

Mar adentro, por la banda opuesta a la de tierra, pequeños puntos de claridad tras el horizonte delataban la presencia de mercantes que seguían rumbos paralelos al “Carpanta”. Sus derrotas más abiertas que la del velero los mantenían lejos; pero Coy procuraba no perderlos de vista, y a intervalos tomaba marcaciones mentales de sus posiciones respectivas: demora constante y distancia acortándose, según el viejo principio marino, significaba colisión segura. Se inclinó sobre la bitácora para comprobar rumbo y corredera. El “Carpanta” navegaba con la proa apuntando a los 40º del compás, a cuatro nudos. Impulsado por el lebeche bonancible, con el rumor del agua a lo largo del casco, el barco se deslizaba muy a gusto sobre el mar rizado, bajo la bóveda oscura donde ya podían reconocerse las estrellas. La Polar estaba en su sitio, centinela inmutable del norte, en la vertical de la amura de babor. Tánger siguió su mirada hacia lo alto.

– ¿Cuántas estrellas conoces? -preguntó.

Coy encogió los hombros antes de responder que conocía treinta o cuarenta. Las imprescindibles para su trabajo. Aquélla era la estrella maestra; la Polar, dijo. A su izquierda podía verse la Osa Mayor, con su forma de cometa invertida, y un poco por encima estaba Cefeo. El grupo en forma de W era Casiopea. W de whisky.

– ¿Y cómo puedes localizarlas, entre tantas?

– A cierta hora, y según las épocas del año, unas son más visibles que otras… Si tomas la Polar como punto de partida y vas trazando líneas y triángulos imaginarios, puedes identificar las principales.

Tánger miraba arriba, interesada, apenas iluminado el rostro por la claridad rojiza que salía del tambucho. La luz de las estrellas se reflejaba en sus ojos, y Coy recordó una tonada de su juventud:

A cantar a una niña

yo la enseñaba…

Sonrió en la penumbra. Quién se lo hubiera dicho, veintitantos años atrás.

– Si formas un triángulo -dijo- con las dos estrellas bajas de la Osa Mayor y la Polar, en el tercer vértice, ¿ves?… encuentras Capella. Allí, sobre el horizonte. A esta hora todavía se la ve muy abajo, aunque luego ascenderá, porque esas estrellas giran hacia poniente alrededor de la Polar.

– ¿Y aquel montoncito luminoso?… Parece un racimo de uvas.

– Son las Pléyades. Brillarán más cuando estén arriba.

Ella repitió ‘las Pléyades’ en voz baja, contemplándolas largo rato. Aquellas lucecitas en las pupilas, pensó Coy, la hacían parecer sorprendentemente joven. De nuevo la foto en el marco, la copa abollada, vagaron por su memoria, envueltas en la vieja canción:

Nombres de las estrellas

saber quería.

– Ésa tan luminosa es Andrómeda -indicó-. Está junto al cuadrado de Pegaso, que los antiguos astrónomos imaginaban como un caballo alado visto al revés… Y allí mismo, si te fijas, un poco a la derecha, está la Nebulosa… ¿La ves?

– Sí… La veo.

Había una suave excitación en su voz; el descubrimiento de algo nuevo. De algo inútil, inesperado y hermoso.

Qué noche aquella,

en que le di mil nombres

a cada estrella.

Canturreaba Coy entre dientes, muy bajito. El balanceo del barco, la noche cada vez más intensa, la cercana presencia de ella lo sumían en un estado muy próximo a la felicidad. Uno va al mar, pensaba, para vivir momentos así. Le había pasado los prismáticos de 7’50 y Tánger observaba el cielo, las Pléyades, la Nebulosa, buscando puntos luminosos que él iba señalando con el dedo.

– Todavía no puede verse Orión, que es mi favorita… Orión es el Cazador, con su escudo, su cinturón y la vaina de su espada… Tiene unos hombros que se llaman Betelgeuse y Bellatrix y un pie que se llama Rigel.

– ¿Por qué es tu favorita?

– Resulta lo más impresionante que hay allá arriba. Más que la Vía Láctea. Y una vez me salvó la vida.