– Vaya. Cuéntame eso.
– No hay mucho que contar. Yo tendría trece o catorce años y había salido a pescar, con un botecito de vela. Se levantó mal tiempo, muy cerrado, y me pilló la noche en el mar. No llevaba brújula y no podía orientarme… De pronto se abrieron un poco las nubes y reconocí Orión. Puse rumbo y llegué a puerto.
Tánger se quedó un rato callada. Tal vez me imagina, aventuró Coy. Un niño perdido en el mar, buscando una estrella.
– El Cazador, el caballo Pegaso -ella volvía a recorrer el cielo-… ¿De veras eres capaz de ver todas esas figuras allá arriba?
– Claro. Resulta fácil cuando miras durante años y años… De cualquier modo, pronto las estrellas brillarán inútilmente sobre el mar, porque los hombres ya no las necesitan para buscar su camino.
– ¿Eso es malo?
– No sé si es malo. Sé que es triste.
Había una luz muy lejos frente a la proa, por la amura de estribor, que aparecía y desaparecía bajo la sombra oscura de la vela. Coy le echó un vistazo atento. Tal vez era un pesquero, o un mercante que navegaba cerca de la costa. Tánger miraba el cielo y él se quedó un rato pensando sobre luces: blancas, rojas, verdes, azules o de cualquier otro color, nadie ajeno al mar podía sospechar lo que significaban para un marino. La intensidad de su lenguaje de peligro, de aviso, de esperanza. Lo que suponía su búsqueda e identificación en noches difíciles, entre olas de temporal, en arribadas calmas, prismáticos pegados a la cara, intentando distinguir el centelleo de un faro o una baliza entre miles de odiosas, estúpidas, absurdas luces encendidas en tierra. Existían luces amigas y luces asesinas, e incluso luces vinculadas al remordimiento; como cierta vez que Coy, segundo oficial a bordo del petrolero “Palestine”, en ruta de Singapur al Pérsico, creyó ver a las tres de la madrugada dos bengalas rojas lanzadas muy lejos. Pese a no estar completamente seguro de que fueran señales de socorro, había despertado al capitán. Éste subió al puente a medio vestir, soñoliento, para echar un vistazo. Pero no hubo más bengalas, y el capitán, un guipuzcoano seco y eficiente llamado Etxegárate, no consideró oportuno desviarse de la ruta; ya habían perdido, dijo, demasiado tiempo dejando atrás el faro Raffles y el estrecho de Malaca con su tráfico endiablado. Aquella noche, Coy pasó el resto de la guardia atento al canal 16 de la radio, por si captaba la llamada de un barco en apuros. No hubo nada; pero nunca pudo olvidar las dos bengalas rojas, tal vez la provisión de emergencia que un marino angustiado disparaba en la oscuridad, a modo de última esperanza.
– Cuéntame -dijo Tánger- cómo fue aquella noche a bordo del “Dei Gloria”.
– Creí que lo sabías de sobra.
– Hay cosas que yo no puedo saber.
El tono de su voz no tenía nada que ver con el de otras veces. Para su sorpresa comprobó que sonaba muy próximo; casi dulce. Eso lo hizo removerse incómodo en el banco de teca, y al principio no supo qué responder. Ella aguardaba, paciente.
– Bueno -dijo él por fin-. Si el viento era el mismo que tenemos nosotros, casi en popa redonda, lo lógico es que el capitán…
– El capitán Elezcano -apuntó ella.
– Sí… Eso es… Que el capitán Elezcano hiciera arriar los foques y las velas de estay, si las llevaba. Seguramente dejaría también sin lona el palo mayor, para que la gran vela cangreja no forzase el timón ni le tapara el viento al velacho y la trinquete; o tal vez se limitó a quitar la cangreja, dejando desplegada la gavia. También pudo largar alas o rastreras, aunque dudo que lo hiciera de noche… Lo seguro es que, conociendo su barco, lo puso en disposición de correr lo más posible, sin que un exceso de lona le partiese un palo.
El viento refrescaba un poco, siempre por la popa, levantando marejadilla. Dedicó una ojeada al anemómetro y luego observó la enorme sombra de la vela. Puso la manivela en el alvéolo del winche de estribor, cazó un poco la escota y el “Carpanta” escoró unos pocos grados, ganando medio nudo.
– Según me contaste -prosiguió tras poner la manivela en su sitio y adujar el chicote de la escota-, el viento debía de ser algo más fuerte que el que nosotros tenemos ahora. Hay dieciséis nudos de viento real, lo que es fuerza 4 en la escala de Beaufort… Ellos posiblemente tendrían entre veinte y veintitantos nudos, lo que supone fuerza 5 a 6. Algo para hacerles correr, desde luego. Irían más rápidos que nosotros, ligeramente escorados a estribor, con el viento llegándoles igual, muy largo, desde popa.
– ¿Qué hacían los hombres?
– Dormirían poco; en especial tus dos frailes. Seguramente estaban todos atentos al perseguidor, al que apenas podrían distinguir en la noche. Si a esa hora había luna, quizá de vez en cuando avistaran la sombra de su vela por la popa… Uno y otro irían sin luces, para no delatar su posición. Los hombres de la guardia estarían agrupados al pie de los palos, dormitando un poco o mirando preocupados por la borda, a la espera de que les ordenasen subir otra vez para ajustar la lona… El resto, junto a los cañones; prevenidos por si de pronto el corsario se echaba encima. El capitán, en la toldilla todo el tiempo; atento atrás y a los crujidos de la arboladura y al gualdrapeo de las velas en lo alto. Un timonel a la caña, manteniendo el rumbo… Sin duda esa noche gobernaba el mejor timonel.
– ¿Y el pilotín?
– Cerca del capitán y del piloto, atento a sus órdenes. Anotando en el libro de a bordo las incidencias, las horas, la maniobra… Era un chico joven, ¿verdad?
– Quince años.
Advirtió una nota de conmiseración en la voz de Tánger. Casi un niño, quería decir. Al menos, pensó, había vivido para contarlo.
– En aquel tiempo se embarcaban ya desde los diez o los doce para aprender el oficio… Supongo que estaría excitado por la aventura. A esa edad no se asusta uno fácilmente. Y aquel muchacho ya era veterano. Al menos había cruzado una vez el Atlántico en ambas direcciones.
– Su relato fue muy preciso. Era un jovencito listo… Gracias a él podemos reconstruir aproximadamente lo que pasó. Y gracias a ti.
Coy hizo una mueca.
– Yo sólo puedo imaginar cómo sucedió lo que tú me cuentas.
La luz rojiza que salía por el tambucho le seguía iluminando a Tánger el rostro. Escuchaba con avidez las explicaciones de Coy, con una atención que éste nunca la había visto dedicarle en tierra.
– ¿Y el corsario? -preguntó ella.
Coy intentó evocar la situación a bordo del jabeque. Cazadores profesionales en plena faena.
– Con este rumbo y este viento -aventuró-, tal vez tenía la ventaja de su gran vela latina en el trinquete. Era un barco diseñado para navegar por el Mediterráneo, adaptándose a los cambios de viento y a que éste soplara escaso… Aquella noche, esa vela a proa lo hizo sin duda ir muy rápido. Su aparejo de polacra le permitiría, además, llevar desplegada alguna gavia, y tal vez el juanete del mayor. Creo que llevaría un rumbo que lo situase poco a poco entre el “Dei Gloria” y la costa, para cortarle al bergantín la posibilidad de refugiarse en Águilas cuando roló el viento al amanecer.
– Tuvo que ser angustioso.
– Claro que lo fue.
Miró la línea algo más sombría de la costa, tras la que se ocultaba ya la luz del faro de Gata. Por el través, una punta de tierra sombría empezaba a descubrir la ensenada luminosa de San José. Con esas dos referencias hizo un par de enfilaciones mentales, situándose sobre una carta imaginaria. Pensó en la tripulación del bergantín subiendo a tientas a los palos, aferrando o largando vela según el viento y las necesidades de la maniobra, la áspera lona en los dedos entumecidos, el estómago apoyado en las vergas, oscilantes los pies en el vacío con el único apoyo de los marchapiés.
– Creo que sucedió más o menos así -concluyó-. Y la esperanza del capitán Elezcano de dejar atrás al jabeque duró toda la noche. Quizá intentó alguna maniobra evasiva, como cambiar de rumbo e intentar despistarlo en la oscuridad, pero ese tal Misián debía de sabérselas todas… Al hacerse de día, los tripulantes del “Dei Gloria” debieron de descorazonarse cuando vieron al “Chergui” todavía allí, entre ellos y tierra, acortando distancia… Tal vez entonces, mientras el piloto se encargaba de calcular la posición, el capitán del bergantín tomó una decisión desesperada: más lona arriba, desplegando juanetes. Entonces se rompió el mastelero, y el corsario se les vino encima.