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Y hablando de venirse encima, observó Coy, la luz a proa que el génova ocultaba de vez en cuando parecía hallarse más cerca, en la misma posición que antes. Así que cogió los prismáticos Steiner y anduvo por la banda de barlovento, agarrándose a los obenques, hasta el balcón de proa, junto al ancla trincada en su roldana. La luz tenía una forma extraña, demasiada para un simple pesquero, pero no lograba identificarla con una forma definida. Si fuese un barco navegando de vuelta encontrada, tal vez un mercante por la cantidad y el tamaño de las luces, debería divisar su roja de babor o la verde de estribor, o las dos en caso de que el otro les apuntara con su proa. Pero no lograba ver nada de eso. Y sin embargo, decidió inquieto, parecía demasiado cerca.

Navegar de noche era una puñetera mierda, se dijo con fastidio, regresando a la bañera. Tánger lo miraba inquisitiva.

– Ponte el chaleco salvavidas -dijo él.

Algo no iba bien, y su instinto de marino empezaba a tocar zafarrancho. Bajó a la camareta, puso a funcionar el radar que se hallaba en espera, y en la pantalla verde apareció un eco negro. Tomó distancia y marcación, comprobando que estaba a dos millas y que venía directamente hacia ellos. Un eco grande y amenazador.

– ¡Piloto! -llamó.

No sabía qué diablos era aquello, pero en poco tiempo iban a tenerlo encima. Mientras subía por la escala del tambucho hizo cálculos rápidos. En las inmediaciones del cabo de Gata, el dispositivo de separación del tráfico ordenaba a los mercantes en ruta hacia el sur mantenerse a cinco millas de la costa. El “Carpanta” navegaba cerca de ese límite, así que podía tratarse de un buque navegando más pegado a tierra de la derrota habitual. Su velocidad sería de unos quince nudos; sumados a los cinco del “Carpanta”, eso hacía veinte millas recorridas en sesenta minutos. Dos millas en seis: ése era el tiempo de que disponían para que uno u otro maniobrasen, antes de la colisión. Seis minutos. Tal vez menos.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Tánger.

– Problemas.

Comprobó que ella se había puesto el chaleco salvavidas autoinflable, provisto de una luz estroboscópica que se encendía al contacto con el agua. Se puso el suyo a medias, cogió la linterna y volvió a la proa, iluminado al pasar por la luz roja de babor situada en los obenques. Las otras luces, amenazadoras, se hallaban cada vez más cerca, sin alterar el rumbo. Encendió la linterna, haciendo señales intermitentes hacia ellas, y luego repitió lo mismo alumbrando la gran vela desplegada del “Carpanta”. Cualquier marino en el puente de un mercante debía ver aquello. Iluminó un instante la esfera del reloj. Doce menos cinco. Aquélla era la peor hora del mundo. A bordo del barco que se aproximaba estaría a punto de cambiar la guardia. Seguramente, confiado en el radar, el oficial se encontraba sentado en la mesa de cartas, escribiendo las incidencias en el libro de a bordo antes de ser relevado; y el responsable del siguiente cuarto no estaba todavía en el puente. Tal vez hubiera un adormilado timonel filipino, ucraniano o indio holgazaneando en alguna parte, o en el retrete. Los muy canallas.

Regresó apresuradamente a la bañera. El Piloto ya estaba allí, preguntando qué pasaba. Coy señaló las luces a proa.

– Jesús -murmuró el Piloto.

Tánger los observaba desconcertada, con la gruesa banda roja del chaleco salvavidas ajustada sobre el chaquetón.

– ¿Es un barco?

– Es un hijo de puta y viene derecho.

Ella tenía el mosquetón del arnés de seguridad en la mano, y miraba a uno y otro como si no supiera qué hacer. A Coy le pareció insólitamente indefensa.

– No te enganches a nada -aconsejó-. Por si acaso.

No era bueno estar amarrado a un barco que pueda ser partido en dos. Volvió a meterse por el tambucho y se pegó a la pantalla de radar. Navegaban a vela y tenían teórica preferencia de paso, pero eso y nada era lo mismo. Por otra parte, estaban ya demasiado cerca para maniobrar alejándose de la derrota del otro. Y de lo que no cabía duda era de que se trataba de un barco grande. Demasiado grande. Maldecía de sí mismo por el descuido, por no haber previsto antes el peligro. Seguía sin ver luces rojas ni verdes, y sin embargo el mercante estaba allí, en línea recta hacia ellos, a una milla escasa. Sintió temblar el motor del “Carpanta” al ponerse en marcha. El Piloto acababa de encenderlo. Salió de nuevo afuera.

– No nos ve -dijo.

Y sin embargo llevaban sus luces de navegación encendidas, le habían hecho señales luminosas, y el “Carpanta” arbolaba en lo alto del palo un buen repetidor de señales de radar. Coy terminó de ajustarse el chaleco salvavidas. Estaba furioso y confundido. Furioso consigo mismo por haberse distraído con las estrellas y la conversación, y no prever el peligro. Confundido porque seguía sin ver las luces roja y verde de lo que se les venía encima.

– ¿No podéis avisarlo por radio? -preguntó Tánger.

– Ya no hay tiempo.

El Piloto había desconectado el automático y gobernaba a mano, pero Coy sabía cuál era el problema. La maniobra evasiva más lógica era a estribor, porque si el mercante los avistaba en el último momento, también él debería meter timón a su estribor. El problema era que, navegando tan cerca de la costa, el estribor de éste podría llevarlo demasiado cerca de tierra; y era posible que, en vista de eso, el oficial del puente hiciera la maniobra contraria, buscando su babor y mar abierto. LPPP: Ley de lo Peor que Puede Pasar. Así, al querer apartarse de la ruta del otro, el “Carpanta” terminaría exactamente en medio de ésta.

Tenían que hacerse ver. Coy cogió una de las bengalas blancas que había en la bañera y volvió a la proa. Las luces parecían una verbena, luces por todas partes, una claridad que debía de estar ya a menos de media milla. Del mar llegaba ahora un rumor sordo, constante y siniestro: el ruido de las máquinas del mercante. Se agarró al balcón de proa y echó un último vistazo, intentando comprender al menos lo que estaba ocurriendo, antes de que el otro les pasara por encima. Y entonces, a sólo dos cables de distancia, recortada como un fantasma sombrío en el resplandor de su propia luz, alcanzó a distinguir una masa negra, alta y terrible: la proa del mercante. Ahora sus luces permitían distinguir numerosos contenedores apilados en cubierta; y de pronto, por fin, Coy comprendió lo que había ocurrido. De lejos, las luces roja y verde habían quedado ocultas por las otras, más fuertes. De cerca, desde la posición baja del velero, era la misma proa y el ancho casco del mercante lo que impedía verlas.

Quedaba menos de un minuto. Sujetándose con las rodillas contra el balcón de proa, sacando el cuerpo por delante del estay del génova, quitó la tapa superior de la bengala, hizo girar la base, la apartó bien del cuerpo extendiendo el brazo lo más a sotavento que pudo, y golpeó fuerte con la palma de la otra mano el disparador. Con tal de que no esté caducada, pensó. Entonces hubo un fuerte soplido, una humareda saltó de la bengala, y una claridad cegadora iluminó a Coy, la vela y una buena porción de mar alrededor del “Carpanta”. Agarrado al estay y con la otra mano en alto, deslumbrado por el intenso resplandor, vio cómo la proa del mercante aún mantenía unos instantes el rumbo y luego empezaba a virar a estribor, a menos de cien metros; y a la luz ya agonizante de la bengala advirtió la enorme ola del barco: una cresta blanca que se abalanzaba sobre el velero. Tiró la bengala al mar, agarrándose con las dos manos, mientras el Piloto metía toda la rueda del “Carpanta” a estribor. Ahora el costado negro, iluminado arriba como para una fiesta, pasaba muy cerca entre el estrépito de las máquinas, y el velero, golpeado por la ola, bailaba enloquecido. Entonces el enorme génova, cogido por el viento a la otra banda, se acuarteló bruscamente, la lona tomada a la contra golpeó a Coy, y éste se vio proyectado por encima del balcón de proa, zambulléndose en el mar.