Выбрать главу

– Las ventanas tienen cortinas, pero el infrarrojo da positivo: hay una fuente de calor. Podría ser una televisión o una estufa. Pero también podría ser una persona. Y estamos detectando algunos ruidos. Música. Y algo que suena como el crujido del suelo.

Sachs miró el portero automático del edificio. La chapa que estaba encima del botón del telefonillo del segundo piso estaba vacía.

Llegó un agente y le dio un papel a Haumann. Era la orden de registro firmada por un juez del tribunal estatal y acababan de enviarla por fax al camión del puesto de mando de la USU. Haumann la examinó, se aseguró de que la dirección fuera la correcta; una orden de registro en el domicilio equivocado podía hacer caer la responsabilidad sobre los agentes y poner en peligro todo el caso, favoreciendo al reo. Pero el papel estaba bien. Haumann dijo:

– Dos equipos de asalto de cuatro personas cada uno: uno por la escalera del frente y el otro por la salida de incendios. -Separó ocho agentes del grupo y los dividió en dos equipos. Uno de ellos (el equipo A) era el que entraría por el frente. El B lo haría por la salida de incendios. Dijo al segundo grupo-: Ustedes rompan la ventana después de contar hasta tres, y arrojen una bomba de estruendo dos segundos después.

– Comprendido.

– Cuando diga cero, derriben la puerta de entrada -dijo al jefe del equipo A. Luego encomendó a los otros agentes que resguardaran las puertas de los vecinos y que cubrieran a sus compañeros-. Ahora, despliéguense. Muévanse, muévanse, ¡muévanse!

Los agentes -casi todos hombres, sólo dos eran mujeres- se pusieron en movimiento, acatando la orden de Haumann. El equipo B dio la vuelta hacia la parte trasera del edificio, mientras que Sachs y Haumann se unieron al equipo A, junto a un agente que se encargó del ariete.

En circunstancias normales, a un miembro de la policía científica no se le permitía formar parte de un grupo de asalto. Pero Haumann había visto a Sachs en un tiroteo y tenía claro que ella sabía defenderse bien. Y, lo que era más importante, los mismos agentes de la USU la aceptaban de buen grado. Nunca lo hubieran reconocido, al menos no ante ella, pero consideraban a Sachs como a uno de los suyos y estaban contentos de tenerla entre ellos. Ni que decir tiene que no hacía ningún daño que ella fuera una de las mejores tiradoras de pistola de la policía.

En cuanto a Sachs, bueno, a ella le molaba eso de entrar a patadas.

Sellitto se ofreció a quedarse en la planta baja y no quitar ojo a la calle.

Con dolor en las rodillas a causa de la artritis, Sachs subió al segundo piso con los otros agentes. Dio unos pasos hasta ponerse al lado de la puerta, y pegó la oreja. Le hizo a Haumann una señal con la cabeza.

– Oigo algo -susurró.

Haumann dijo por la radio:

– Equipo B, informen.

– Estamos en posición -oyó Sachs por su auricular-. No podemos ver el interior. Pero estamos listos para entrar en acción.

El comandante miró a los miembros del equipo que le rodeaba. El enorme agente del ariete -que era un tubo relleno con lastre, de un metro de largo- gesticuló con la cabeza. Otro poli se puso en cuclillas a su lado y colocó la mano en el pomo de la puerta para ver si estaba echado el cerrojo.

Haumann dijo por el micrófono:

– Cinco… cuatro… tres…

Silencio. Ése era el momento en que tendrían que haber oído el ruido de cristales rotos y luego la explosión de la granada destinada a aturdir al sujeto.

Nada.

Y aquí también había algo que no iba bien. El agente que tenía la mano en el pomo tenía convulsiones y gemía.

«Dios», pensó Sachs, mirándole fijamente. Al tío le estaba dando un ataque o algo así. ¿Un agente del equipo táctico con epilepsia? ¿Por qué diablos no había salido eso a la luz en su reconocimiento médico?

– ¿Qué sucede? -susurró Haumann.

El hombre no respondió. El temblor empeoró. Tenía los ojos como huevos fritos y en blanco.

– Equipo B, informen -ordenó el comandante por la radio-. ¿Qué ocurre? K.

– Comandante, la ventana está tapiada -transmitió el jefe del equipo-. Contrachapado. No podemos arrojar una granada dentro. ¿Estado de Alpha? K.

Ahora el agente que estaba en la puerta se había desplomado, con la mano paralizada todavía aferrada al pomo, aún convulsionándose. Haumann susurró con voz áspera:

– ¡Estamos perdiendo tiempo! Quítenlo de en medio y derriben esa puerta. ¡Ya!

El segundo hombre también empezó a temblar.

Los otros agentes dieron un paso atrás. Uno masculló:

– Pero qué…

En ese momento el cabello del primer agente empezó a arder.

– ¡Ha electrificado la puerta! -Haumann señaló una placa metálica que había sobre el suelo. Eran comunes en los edificios antiguos, se usaban como parches baratos para los suelos de madera noble. Ésta, sin embargo, SD 109 la había usado para hacer una bomba trampa eléctrica; por los cuerpos de ambos hombres fluía una corriente de alto voltaje.

La cabeza del primero de los dos agentes echó fuego; luego, sus cejas, el dorso de sus manos, el cuello de su camisa. El otro estaba inconsciente, pero continuaba agitándose espantosamente.

– Dios -susurró un agente.

Haumann le arrojó su ametralladora H &K a un agente que tenía al lado, cogió el ariete y lo lanzó con fuerza contra la muñeca del agente que estaba aferrado al pomo. Probablemente los huesos se le hicieron añicos, pero el golpe del ariete hizo que se le abrieran los dedos. El cortocircuito se interrumpió, los dos hombres cayeron exánimes. Sachs apagó las llamas, que estaban llenando el rellano de un olor repugnante a cabellos y carne quemados.

Dos de los agentes de apoyo empezaron a practicarles resucitación cardiorrespiratoria a sus compañeros inconscientes, mientras que un poli del equipo A cogió las asas del ariete y lo arrojó contra la puerta, que cedió violentamente. Sin perder ni un instante, el equipo entró a toda velocidad, con las armas en alto. Sachs les siguió.

Sólo les llevó cinco segundos darse cuenta de que el apartamento estaba vacío.

CAPÍTULO 13

Bo Haumann llamó por la radio:

– Equipo B, equipo B, estamos dentro. Ni rastro del sospechoso. Bajen, peinen el callejón. Pero recuerden: la última vez, él se quedó esperando en las cercanías. Va a por personas inocentes. Y va a por polis.

La lámpara del escritorio estaba caliente, y cuando Sachs tocó el asiento de la silla, notó que estaba tibio. Sobre el escritorio había un pequeño monitor de circuito cerrado de televisión; la pantalla borrosa mostraba el rellano, delante de la puerta. El asesino tenía una cámara de seguridad oculta en algún lugar allí fuera y los había visto venir. Se había escapado hacía unos momentos. Pero, ¿por dónde? Los agentes miraron por todas partes buscando una vía de escape. La ventana que estaba al lado de la salida de incendios estaba tapada con contrachapado. La otra estaba descubierta, pero estaba a diez metros de altura por encima del callejón.

– Él estaba aquí. ¿Cómo diablos se escapó?

La respuesta llegó un momento después.

– He encontrado esto -dijo un agente. Había mirado debajo de la cama; luego separó el catre de la pared, dejando a la vista un agujero del tamaño justo para que se arrastrara una persona. Parecía que el sujeto había quitado el yeso y los ladrillos de la pared que separaba el edificio del de al lado. Cuando los vio por el monitor de televisión, sencillamente le dio un puntapié al yeso del otro lado de la pared y se deslizó al edificio adyacente.

Haumann mandó más agentes a revisar el tejado y las calles cercanas, y a otros a cubrir las entradas del edificio de al lado.

– Alguien que se meta por el agujero -ordenó el comandante de la USU.

– Iré yo, señor -dijo un agente bajito.

Pero con su voluminoso armamento, no pasaba por el hueco.

– Lo haré yo -dijo Sachs, con diferencia la más delgada de los agentes que había allí-. Pero necesito que despejen esta habitación. Para preservar las pruebas.