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Este impulso llega a su destino: músculos, glándulas y órganos, que responden manteniendo nuestro corazón latiendo, nuestros pulmones bombeando aire, nuestros cuerpos bailando, nuestras manos plantando flores y escribiendo cartas de amor o pilotando naves espaciales.

Un milagro.

A menos que algo funcione mal. A menos que uno sea, digamos, el jefe de una unidad de homicidios y esté en el escenario del crimen, investigando un asesinato perpetrado en un lugar en el que se están haciendo obras para el metro, y le caiga encima, sobre el cuello, una viga, destrozándoselo a la altura de la cuarta vértebra cervical, cuatro huesos por debajo de la base del cráneo. Como le sucedió a Lincoln Rhyme hacía unos cuantos años.

Cuando algo así ocurre, todas las manos del juego están perdidas.

Incluso aunque el golpe no seccione de lleno la médula espinal, la sangre inunda la zona y eleva la tensión y aplasta o ahoga las neuronas. Por alguna razón desconocida, al morir, las neuronas liberan un aminoácido tóxico que mata todavía más neuronas, lo que agrava el resultado de la destrucción. Al final, si el paciente sobrevive, el tejido cicatrizado llena el espacio que hay entre los nervios como la tierra en una tumba: una metáfora apropiada, porque, a diferencia de las neuronas del resto del cuerpo, las del cerebro y las de la médula espinal no se regeneran. Una vez muertas, quedan entumecidas para siempre.

Después de tan «catastrófico incidente», como delicadamente lo llaman los hombres y las mujeres que se dedican a la medicina, algunos pacientes -sólo los afortunados- se encuentran con que las neuronas que controlan los órganos vitales como los pulmones y el corazón siguen funcionando, y sobreviven.

O tal vez son los desafortunados.

Porque algunos habrían preferido que el corazón les hubiera dejado de latir en los primeros momentos, evitándoles las infecciones, las úlceras de decúbito, las contracturas y los espasmos. Evitándoles también los ataques de disreflexia autónoma, que pueden producirles un derrame cerebral. Evitándoles el estremecedor dolor fantasma que se siente igual que el de verdad, pero cuyas punzantes molestias no pueden combatirse ni con aspirinas ni con morfina.

Por no hablar del cambio total de vida: los fisioterapeutas y los asistentes y los respiradores y los catéteres y los pañales para adultos, la dependencia… y la depresión, por supuesto.

En estas circunstancias, algunas personas se dan por vencidas y buscan la muerte. El suicidio siempre es una posibilidad, pero no la más fácil. (Intente usted matarse si lo único que puede mover es la cabeza).

Pero otras personas siguen luchando.

– ¿Vale ya por hoy? -preguntó a Rhyme el joven delgado, vestido con pantalones de sport, camisa blanca y corbata granate de motivos florales.

– No -respondió su jefe con la voz jadeante a causa del ejercicio-. Quiero seguir.

Rhyme estaba sujeto con una correa encima de una aparatosa bicicleta fija, en uno de los dormitorios libres del segundo piso de su casa en Central Park West.

– Yo creo que ya ha hecho suficiente -replicó su asistente-. Lleva más de una hora. Tiene el ritmo cardíaco bastante alto.

– Esto es como subir el Cervino en bicicleta -dijo Rhyme con voz entrecortada-. Soy Lance Armstrong.

– El Tour de Francia no incluye el Cervino, que además es una montaña. Se puede escalar, pero no subirse en bicicleta.

– Gracias por los datos triviales de canal deportivo, Thom. No lo decía en sentido literal. ¿Cuánto he recorrido?

– Treinta y cinco kilómetros.

– Hagamos otros veinticinco.

– Me parece a mí que no. Ocho.

– Doce -regateó Rhyme.

El joven y apuesto asistente dio su consentimiento elevando una ceja.

– De acuerdo.

De todas maneras, ocho era lo que Rhyme quería. Estaba eufórico. Vivía para ganar.

El pedaleo continuó. Sus músculos impulsaban la bicicleta, sí, pero había una enorme diferencia entre esa actividad y lo que uno haría pedaleando en una bicicleta fija de un gimnasio. El estímulo que enviaba el impulso a través de las neuronas no provenía del cerebro de Rhyme, sino de un ordenador, por medio de electrodos conectados a los músculos de sus piernas. El dispositivo era conocido con el nombre de bicicleta ergométrica EEF. La estimulación eléctrica funcional utiliza un ordenador, cables y electrodos para simular el sistema nervioso y enviar minúsculas descargas de electricidad a los músculos, haciendo que se comporten exactamente igual que si el cerebro estuviera al mando.

La EEF no se utiliza para las actividades cotidianas, como caminar o manejar utensilios. Su verdadera utilidad está en la terapia: mejora la salud de los pacientes seriamente discapacitados.

Rhyme se animó a hacer estos ejercicios gracias a un hombre a quien admiraba mucho, el difunto actor Christopher Reeve, que había sufrido un traumatismo aún más severo que el de Rhyme en un accidente de equitación. Con fuerza de voluntad y un esfuerzo físico denodado -y sorprendiendo a muchos miembros de la comunidad médica tradicional-, Reeve recuperó ciertas habilidades motoras y algo de sensibilidad en zonas en las que la había perdido por completo. Tras años de estar meditando sobre si someterse o no a una arriesgada cirugía experimental de la médula espinal, finalmente Rhyme se había decidido por un régimen de ejercicios similar al de Reeve.

La prematura muerte del actor había estimulado a Rhyme a poner aún más energía que antes en cada plan de ejercicios, y Thom se había puesto en contacto con uno de los mejores médicos especialistas en médula espinal dañada, Robert Sherman. El doctor le había diseñado un programa que incluía la bicicleta ergométrica, masaje acuático y una cinta de locomoción, un enorme artefacto, equipado con piernas robóticas, también controlado por ordenador. Este sistema, en efecto, hacía «caminar» a Rhyme.

Toda esta terapia había dado algunos resultados. Su corazón y sus pulmones estaban más fuertes. La densidad de sus huesos era la de un hombre de su edad que no sufriera ninguna discapacidad. La masa muscular se había incrementado. Estaba casi tan en forma como cuando dirigía el Servicio de Investigaciones del Departamento de Policía de Nueva York, que supervisaba a la policía científica, la unidad que examinaba el escenario del crimen. En esa época caminaba varios kilómetros al día; a veces dirigía él mismo la investigación en el lugar del crimen -algo poco habitual en un comisario- y rondaba por las calles de la ciudad para recoger muestras de piedras o tierra o cemento u hollín para catalogarlas en su base de datos forenses.

Gracias a los ejercicios, Rhyme ya no tenía tantas llagas, consecuencia de las muchas horas que su cuerpo permanecía en contacto con la silla o la cama. El funcionamiento de su intestino y su vejiga mejoró, y tenía muchas menos infecciones del tracto urinario. Y sólo había tenido un único ataque de disreflexia autónoma desde que había comenzado con el programa.

Por supuesto, quedaba otra cuestión: ¿los meses de extenuantes ejercicios servirían para arreglar algo su estado, o sólo para robustecer los músculos y los huesos? Un sencillo estudio de las funciones motoras y sensoriales le daría la respuesta inmediatamente. Pero eso requería una visita al hospital, y Rhyme nunca parecía encontrar el momento de hacerlo.

– ¿No puede tomarse una hora? -le preguntaba Thom.

– ¿Una hora? ¿Una hora? ¿Desde cuándo una visita al hospital lleva sólo una hora? ¿Dónde queda ese precioso hospital, Thom? ¿En el País de Nunca Jamás? ¿En Oz?