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En voz muy baja, Sachs acusó recibo de la transmisión. Bajó la escalera hasta el nivel del suelo, y se unió a los otros agentes.

Señaló la puerta del servicio.

– A la de tres -susurró.

Ellos asintieron con la cabeza. Uno hizo un gesto señalándose a sí mismo, pero ella movió la cabeza, queriendo decir que iba a entrar ella misma. A Sachs le enfurecía que el criminal hubiera huido, que tuviera una bolsa con objetos para perpetrar violaciones con una carita sonriente, que hubiera disparado a un inocente sólo como maniobra de distracción. Quería que trincaran a ese tipo y quería estar segura de quedarse con un pedazo suyo.

Tenía puesto el chaleco antibalas, por supuesto, pero no pudo evitar pensar en lo que ocurriría si una de esas balas de agujas le diera en el rostro o en el brazo.

O en la garganta.

Empezó a contar con los dedos en alto. Uno

Entrar rápido, entrar agachada, con un kilo de presión sobre el gatillo que se dispara con un kilo y un cuarto.

¿Estás segura de lo que haces, chica?

Le vino a la mente la imagen de Lincoln Rhyme.

Dos

Luego un recuerdo de su padre, agente de policía, impartiendo su filosofía de vida desde su lecho de muerte:

– Recuerda, Amie, cuando te mueves, no pueden cogerte.

Así que, ¡muévete!

Tres.

Hizo una señal con la cabeza. Un agente abrió la puerta de un puntapié -nadie se acercaba a ningún pomo- y Sachs se lanzó hacia adelante, aterrizando en cuclillas, dolorosamente, y rociando con el haz de luz de la linterna todo el baño, que era pequeño y no tenía ventanas.

Vacío.

Retrocedió y pasó a ocuparse de la otra puerta. Aquí, la misma rutina.

A la de tres, otro fuerte puntapié. La puerta cedió con un crujido.

Las armas y las linternas en alto. Sachs pensó: «Vaya, nunca es fácil, ¿eh?». Bajó la vista hacia una larga escalera que descendía hundiéndose en una oscuridad total. Notó que los escalones no tenían tabicas, lo que significaba que el sujeto podía estar agazapado detrás de la escalera y, a través de los huecos, podía dispararles en los tobillos, las pantorrillas o la espalda cuando los agentes descendieran.

– Oscuridad -susurró.

Los hombres apagaron sus linternas, montadas sobre los cañones de las ametralladoras. Sachs avanzó primera; le dolían las rodillas. Por dos veces estuvo a punto de tropezar en los escalones flojos e irregulares. La siguieron cuatro agentes de la USU.

– Formación en 360 grados -susurró, sabiendo que no estaba técnicamente a cargo, pero incapaz de detenerse en ese momento. Los agentes no cuestionaron su orden. Hombro contra hombro, para orientarse, formaron un cuadrado aproximado, todos mirando hacia afuera y controlando un cuarto del sótano.

– ¡Luz!

Los haces de las poderosas lámparas halógenas llenaron de pronto el pequeño recinto; las armas buscaban un blanco.

Ella no vio amenaza alguna, no oyó ni un ruido. «Salvo el puto latido de un corazón», pensó.

«Pero es el mío».

En el sótano había una caldera, tuberías, tanques de combustible y mil botellas de cerveza vacías. Montañas de basura. Media docena de ratas enardecidas.

Los agentes revisaron las apestosas bolsas de basura, pero estaba claro que el criminal no estaba metido en ninguna de ellas.

Sachs comunicó a Haumann por radio lo que habían encontrado. Nadie había visto ni rastro del sujeto. Todos los agentes iban a reunirse en el camión del puesto de mando para proseguir el peinado del barrio, mientras Sachs investigaba los escenarios en busca de pruebas, y todos tenían presente que, al igual que antes en el museo, el asesino podía estar cerca.

guárdense las espaldas.

Dando un suspiro, guardó el arma y se volvió hacia la escalera. Entonces se detuvo. Si subiera por los mismos escalones por los que había bajado de la planta principal, tendría que bajar otro trecho para volver al nivel de la calle. Una alternativa más sencilla era coger la escalera mucho más corta que daba directamente a la acera.

A veces, pensó, dándose la vuelta para salir por esa segunda escalera, uno tiene que mimarse un poco.

Lon Sellitto se había obsesionado con una ventana en particular.

Había oído la comunicación de que la nave estaba limpia, pero se preguntó si los de la USU habrían mirado realmente hasta en el último recoveco. A fin de cuentas, el sujeto había pasado inadvertido ante todos esa mañana, en el museo. Se había colado fácilmente hasta tener a su blanco a tiro.

Tap, tap, tap.

Esa mismísima ventana, la del extremo derecho, en el primer piso… A Sellitto le pareció que había vibrado una o dos veces.

Puede que sólo fuera el viento. Pero puede que el movimiento fuera provocado por alguien que estuviera intentando abrirla.

O apuntando a través de ella.

Tap.

Le dio un escalofrío y dio un paso atrás.

– Eh -llamó a un agente de la USU, que acababa de salir del importador de hierbas-. Eche un vistazo… ¿Ve algo en aquella ventana?

– ¿Dónde?

– En aquella. -Sellitto se asomó, exponiéndose un poco, y señaló el cuadrado negro de cristal.

– No. Pero el lugar está limpio. ¿No lo ha oído?

Sellitto se inclinó, asomándose un poco más, oyendo tap, tap, tap, viendo unos ojos castaños volviéndose inertes. Frunció la vista y, temblando, examinó la ventana con mucho cuidado. Entonces, en los bordes de su campo visual vio de pronto un movimiento a su izquierda y el chirrido de una puerta que se abría. Un destello de luz cuando el frío sol se reflejó en un objeto metálico.

¡Es él!

– Dios -suspiró Sellitto. Cogió su pistola, arrodillándose y rodando hacia el destello luminoso. Pero en lugar de seguir los procedimientos, según los cuales cuando uno saca rápido el arma hay que mantener el dedo fuera del guardamonte, le entró el pánico y sacó su Colt de la pistolera de un tirón.

Y fue por esa razón por la que el arma se le disparó un instante después, enviando el proyectil directamente al punto en el que Amelia Sachs estaba saliendo por la puerta del sótano de la nave.

CAPÍTULO 14

De pie en la esquina de Canal con la Sexta Avenida, a unas diez calles de su escondite, Thompson Boyd esperó a que cambiara el semáforo. Estaba sin aliento, y se enjugó el rostro humedecido.

No estaba impresionado, no estaba asustado -el jadeo y el sudor se debían a la carrera para ponerse a salvo-, pero sentía curiosidad por saber cómo le habían encontrado. Siempre tenía muchísimo cuidado con sus contactos y con los teléfonos que usaba, y siempre controlaba si le estaban siguiendo, así que supuso que había sido por pruebas físicas. Tenía sentido, porque estaba bastante seguro de que la mujer de blanco, la que iba de un lado a otro por el escenario del museo como una serpiente de cascabel, era una de las que estaban fuera del apartamento de la calle Elizabeth. ¿Qué había dejado en el museo? ¿Algo en la bolsa en la que llevaba los objetos para la agresión? ¿Algún resto de algo que tenía en los zapatos o la ropa?

Eran los mejores investigadores con los que se había topado jamás. Tendría que tenerlo presente.

Mirando el tráfico, reflexionó sobre la fuga. Cuando había visto venir a los agentes por las escaleras, rápidamente había puesto el libro y las compras de la ferretería en la bolsa en las que las había traído, había agarrado su maletín y su arma, y luego había accionado la llave que activaba la electrificación del pomo. Había dado un puntapié a la pared y había escapado hacia la nave de al lado, había trepado hasta el tejado y luego había ido a toda velocidad en dirección sur hasta el final del bloque de pisos. Había bajado por una escalera de incendios, había girado al oeste y se había puesto a correr a toda velocidad, cogiendo el camino que había planeado y probado docenas de veces.