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Cooper leyó.

– No. Hay sólo dos o tres datos.

Rhyme repasó la pizarra blanca.

– ¿En qué demonios andaba Charles? Gallows Heights, Potters' Field, Frederick Douglass, líderes de derechos civiles, congresistas, políticos, la Decimocuarta Enmienda… ¿Qué relación hay entre todas estas cosas? -Tras un largo silencio, el criminalista dijo-: Llamemos a un experto.

– ¿Quién es más experto que tú, Lincoln?

– No me refiero a ciencia forense, Mel -dijo Rhyme-. Estoy hablando de historia. Hay algunos temas que no domino.

CAPÍTULO 22

El profesor Richard Taub Mathers era delgado y alto, de piel oscura como la caoba, ojos penetrantes y un intelecto que sugería que contaba con varios títulos de posgrado en su curriculum. Llevaba el pelo corto, tipo afro, peinado hacia atrás, y su estilo era muy sobrio. Iba vestido como un profesor: americana de tweed y pajarita (sólo le faltaban los obligados parches de paño en los codos).

Saludó a Rhyme con un movimiento de cabeza, tras una mirada rápida a la silla de ruedas, y le dio la mano al resto de los presentes.

De vez en cuando, Rhyme daba conferencias sobre ciencia forense en universidades locales, principalmente en John Jay y en Fordham; raramente aparecía en instituciones mayores como Columbia, pero un profesor conocido suyo de la George Washington, en la capital del país, lo había puesto en contacto con Mathers, que aparentemente era toda una institución en Morningside Heights. Era profesor en la Facultad de Derecho -enseñaba derecho penal, constitucional y civil, e impartía cursos esotéricos para licenciados- y daba conferencias sobre estudios afroamericanos a los estudiantes universitarios.

Mathers escuchaba atentamente a Rhyme mientras éste relataba lo que sabían sobre Charles Singleton y el movimiento de derechos civiles, sobre su secreto, y sobre la posibilidad de que le hubieran tendido una trampa para que fuera acusado de robo. Luego le contó al profesor lo que le había ocurrido a Geneva los últimos dos días.

El profesor se quedó estupefacto ante estas noticias.

– ¿Han intentado matarte? -susurró.

Geneva no dijo nada. Mirándole, asintió con un ligerísimo movimiento de la cabeza.

– Muéstrale lo que tenemos hasta ahora. Las cartas -le dijo Rhyme a Sachs.

Mathers se desabotonó la americana y se acomodó sus delgadas y refinadas gafas. Leyó la correspondencia de Charles Singleton con atención y sin prisas. Sacudió la cabeza una o dos veces, sonrió levemente. Cuando terminó las miró nuevamente.

– Un hombre fascinante. Un liberto, granjero, que sirvió en el Regimiento 31 de Hombres de Color y estuvo en la batalla de Appomattox.

Volvió a leer las cartas mientras Rhyme reprimía el impulso de pedirle que se diera prisa. Por fin, el hombre se quitó las gafas, limpió cuidadosamente los cristales con un pañuelo de papel y susurró:

– Entonces, ¿participó en la promulgación de la Decimocuarta Enmienda? -El profesor sonrió de nuevo. Estaba claramente intrigado-. Bueno, esto podría ser interesante. E incluso algo importante.

Esforzándose para no perder la paciencia, Rhyme preguntó:

– Sí, ¿y qué es exactamente lo que le resulta tan interesante?

– Me refiero a la controversia, por supuesto.

Si hubiera podido, Rhyme habría cogido al hombre por las solapas y le habría ordenado a gritos que se diera más prisa. Pero frunció el ceño, como siempre.

– ¿Y cuál es la controversia?

– ¿Un poco de historia? -preguntó.

Rhyme suspiró. Sachs le echó una torva mirada, y el criminalista dijo:

– Adelante.

– La Constitución de los Estados Unidos es el documento que estableció las instituciones gubernamentales norteamericanas: la Presidencia, el Congreso, el Tribunal Supremo. Aún hoy rige nuestra actividad, y es de jerarquía superior a cualquier otra ley y regulación.

»En este país siempre hemos querido un equilibrio: un gobierno lo suficientemente fuerte que nos proteja de las potencias extranjeras y que regule nuestras vidas, pero que no sea tan fuerte como para resultar opresivo. Cuando los fundadores de la nación estudiaron la Constitución después de su firma, les preocupaba que otorgara demasiados poderes al gobierno, que pudiera conducir a la instalación de un gobierno central represivo. Entonces la revisaron, y aprobaron diez enmiendas, la Declaración de Derechos. Las primeras ocho son realmente cruciales. Enumeran los derechos básicos que protegen a los individuos de los posibles abusos del gobierno federal. Por ejemplo: uno no puede ser arrestado por el FBI si no hay pruebas contundentes. El Congreso no puede quitarle a nadie su casa para construir una autopista sin indemnizarle. Hay juicios justos con un jurado imparcial. No se puede someter a las personas a penas crueles e inhumanas. Pero, ¿han reparado en la palabra clave?

Rhyme pensó que los estaba poniendo a prueba. Pero Mathers siguió hablando antes de que nadie pudiera responder.

– Federal. En Estados Unidos estamos regidos por dos gobiernos distintos: un gobierno federal en Washington y el gobierno del Estado en que vivimos. La Declaración de Derechos sólo limita lo que nos puede hacer el gobierno federaclass="underline" el Congreso y las instituciones federales, como el FBI o la DEA. La Declaración de Derechos no nos da prácticamente ninguna protección contra las violaciones de los derechos humanos y civiles por parte del gobierno estatal. Y las leyes del Estado afectan a nuestras vidas mucho más directamente que el gobierno federaclass="underline" la mayoría de los asuntos delictivos, policiales, las obras públicas, los bienes inmuebles, los coches, las relaciones familiares, las herencias, los juicios civiles, son todos asuntos del Estado.

»¿Hasta aquí está todo claro? La Constitución y la Declaración de Derechos nos protegen sólo de Washington, no de los abusos de Nueva York o de Oklahoma.

Rhyme asintió.

El hombre acomodó su delgado cuerpo sobre una banqueta de laboratorio, mirando dubitativamente un pequeño envase lleno de moho, y prosiguió:

– Volvamos a mil ochocientos sesenta y tantos. El sur esclavista perdió la guerra civil, y entonces promulgamos la Decimotercera Enmienda, que prohibía la esclavitud. El país fue reunificado, se prohibió la servidumbre forzosa… reinarían la libertad y la armonía, ¿no es así? -Una risa cínica-. Falso. Prohibir la esclavitud no fue suficiente. El resentimiento contra los negros fue aún mayor que antes de la guerra, incluso en el norte, porque para liberarlos habían muerto demasiados jóvenes. Las legislaturas estatales promulgaron cientos de leyes que discriminaban a los negros. Se les prohibía votar, trabajar en oficinas públicas, testificar en juicios… Para la mayoría de ellos, la vida era tan mala como bajo la esclavitud.

»Pero recuerden, éstas eran leyes estatales: la Declaración de Derechos no podía impedirlas. Entonces el Congreso decidió que los ciudadanos tenían que ser protegidos por los gobiernos estatales. Para poner remedio a ello, propusieron la Decimocuarta Enmienda. -Mathers miró el ordenador-. ¿Le importa que entre en Internet?

– En absoluto -contestó Rhyme.

El profesor tecleó algo en el buscador de AltaVista y un momento después descargó un texto. Cortó y pegó un pasaje en una segunda ventana, que todos los que estaban en el cuarto pudieron ver en los monitores de pantalla plana ubicados a su alrededor.

Ningún Estado creará o promulgará ninguna ley que limite los derechos o la inmunidad de los ciudadanos de Estados Unidos; ningún Estado podrá tampoco privar a ninguna persona de la vida, la libertad o la propiedad sin el debido proceso legal; ni podrá negar a ninguna persona que se halle dentro de su jurisdicción la protección equitativa ante la ley.

– Ésta es una parte del capítulo uno de la Decimocuarta Enmienda -explicó-. Limita drásticamente lo que pueden hacer los Estados a sus ciudadanos. Otra parte, que no he impreso, otorga a los Estados incentivos para dar a los negros, bueno, a los varones negros, el derecho al voto. ¿Hasta aquí está todo claro? -preguntó el profesor.