Выбрать главу

Sir Ralph examina con atención la imagen que le presentan. Juzga interesante la oferta, aunque el precio le parece elevado. Tras una información íntima complementaria, seguida de un largo momento de reflexión, declara que se queda con ella a prueba. Lady Ava le contesta que, por su parte, estaba segura de esta aceptación, y que no se arrepentirá. La presentación deberá efectuarse durante la fiesta de esta misma noche, cuyo desarrollo ha sido objeto de varias relaciones detalladas. Es el mismo Ralph Johnson cuyas idas y venidas demasiado frecuentes entre Hong Kong y Cantón habían acabado llamando la atención a las autoridades políticas de la concesión inglesa. Por eso casi siempre era seguido por agentes de paisano, espías de tercera clase descontentos de su sueldo, que anotaban sin convicción algunos de sus desplazamientos con el único objeto de llenar fichas, hechas más para dar testimonio de su propia actividad diaria que para informar de modo exhaustivo de las del sospechoso sometido a su vigilancia. La mayor parte de estos empleados contratados por los servicios secretos británicos trabajaban clandestinamente para organizaciones particulares, a las que no servían con más celo o inteligencia, pero cuyas lamentables investigaciones ocupaban, con todo, gran parte de su tiempo. Además, los menos obtusos habían sido comprados secretamente por los múltiples emisarios enviados desde Formosa o la China roja, en cuyo número había que incluir sin duda al propio Johnson; de modo que en la descripción de su velada -llevada acabo por dichos observadores- no constaba ninguna visita a la Villa Azuclass="underline" simplemente había regresado al hotel Victoria para cenar y no había vuelto a salir. Fue el portero de noche el que suministró la información, mediante una cuantiosa propina.

Johnson ocupa en este hotel -antaño lujoso pero pasado de moda desde hace tiempo- una suite que comprende vestíbulo, salón, dormitorio, terraza y cuarto de baño. Regresó a las siete y cuarto, comprobó que se había efectuado, con la torpeza de costumbre, el registro semanal de sus papeles en los cajones del escritorio y del archivo, y fue a ducharse. Después leyó la correspondencia. Las cartas llegadas de Macao por la tarde no contenían nada destacable. De todos modos, Johnson sabía muy bien que ningún asunto de importancia podía tratarse por correo, ya que los agentes de información abrían su correspondencia antes de que se la entregaran. Acaba de vestirse (con un traje ligero de popelín blanco), mientras va poniendo notas en las pruebas de un anuncio publicitario que ha de devolver una vez corregido. El fastidio de tener que ponerse una camisa de seda y el smoking demasiado pesado, con ese calor, le hace renunciar a la fiesta en casa de Lady Bergmann; vuelve a leer la invitación, en la que figura impresa la indicación «cóctel, baile», y las palabras «representación teatral a las once» añadidas a mano (sólo para una parte de los invitados); la rompe por la mitad y la echa luego al cesto de los papeles. Telefoneará mañana para disculpar su ausencia con una jaqueca. Mientras cena carne insípida y verduras hervidas en el gran comedor casi vacío, hojea el Hong-Kong Evening. En él ve casualmente el entrefilete con la noticia del fallecimiento de Edouard Manneret.

El artículo es muy breve, del tipo: «Nos comunican a última hora el fallecimiento de…, etc.» No dice nada sobre la naturaleza exacta de este presunto accidente; y, por supuesto, no hay ninguna alusión a Kito. No obstante, hay que hablar de nuevo de las relaciones de Johnson con la japonesita. El americano la ha utilizado muy poco para sus placeres personales, ya que -como queda dicho- sus sentidos hallaban plena satisfacción en otra: la muchacha servía sólo de complemento, de personaje secundario, en algunas composiciones en las que Laureen conservaba siempre el papel principal -si no el más suave-. Era la época en que Kito estaba de pensionista en la villa; y si Johnson la sacó más tarde, fue con una intención muy distinta, para someterla a los experimentos de magia en los que cifraba su fortuna futura, que veía ya enorme. (Sus ganancias actuales, procedentes de negocios bien asentados en Macao y Cantón, eran de dimensiones más modestas.) Conviene precisar aquí que los cultivos de plantas tóxicas, que había desarrollado desde hacía poco en la zona de la frontera, comprendían otras muchas especies además de la adormidera, el cáñamo y la eritroxila: prácticamente Johnson vendía en todos los barrios chinos del mundo, desde el océano Indico hasta San Francisco, todo tipo de remedios, venenos, elixires de juventud, filtros de amor, afrodisíacos, cuyos efectos -descritos con términos seductores en prospectos ilustrados o en los anuncios de las revistas para clientela particular- no eran atribuibles sólo a la fantasía del vendedor. Su última idea, que acabaría con la fama de los celebérrimos «bálsamos del Tigre», era un preparado que procedía en parte de la ciencia de las plantas, en parte de la magia, y cuya receta había encontrado en una edición reciente de un libro religioso de la época Cheu. Pero Johnson no era ni brujo, ni farmacéutico, ni botánico. Tenía únicamente dotes indiscutibles para el comercio, que ejercía a menudo a costa de sus socios: por ejemplo, se había juntado, con el nombre de una de las muchas sociedades que fundaba continuamente, con un joven holandés de buena familia, llamado Marchant, que había acabado suicidándose por motivos oscuros, pero indudablemente relacionadas con sus empresas comunes, que nunca habían causado a Johnson el menor problema. El hombre que necesitaba esta vez, para acabar de elaborar y experimentar el brebaje, a un tiempo médico, químico y vagamente hechicero, era el famoso Edouard Manneret, que además poseía -según se rumoreaba- una fortuna inmensa y probablemente no ponía ninguna intención lucrativa en el ejercicio de sus facultades. En cambio, estaba aquejado de vampirismo y necrofilia, de modo que la muerte de Kito, sobre la que el nuevo producto demostraba su eficacia por el dominio absoluto que daba al beneficiario, hubo de incluirse muy pronto en las pérdidas y ganancias de la sociedad.

La policía no se preocupa por la desaparición de una prostituta, aunque sea una menor; y menos aún teniendo en cuenta que la japonesita, llegada clandestinamente de Nagasaki en un junco de contrabandistas, no figuraba en ninguna lista del registro civil o de inmigración. Su cuerpo exangüe, que sólo presentaba una diminuta herida en la base del cuello, encima mismo de la clavícula, se vendió para ser servido con diferentes salsas en un afamado restaurante de Aberdeen. La cocina china tiene la ventaja de hacer irreconocibles los trozos. Sin embargo, no cabe duda de que su origen fue revelado -con aportación de pruebas- a algunos clientes de ambos sexos de gustos depravados, a los que no importaba pagar el precio que fuera para consumir ese tipo de carne; preparada con especial esmero, se la servían en el transcurso de festines rituales cuya presentación, así como los excesos a que daban lugar semejantes reuniones, exigía un reservado particular alejado de los salones públicos. El hombre gordo y colorado se extiende con gustosa precisión en algunas de las aberraciones cometidas en tales circunstancias, para proseguir luego su relato. Manneret, que se había deshecho de forma tan ingeniosa de una abrumadora pieza de convicción, había cometido la torpeza de participar personalmente en una de aquellas ceremonias. Con la euforia del vino, hacia el final de la cena, un comensal (policía disfrazado que sólo pertenecía a la secta con la esperanza de obtener un provecho deshonesto) pudo oír de sus labios declaraciones que, aun siendo confusas, despertaron en el indiscreto el deseo de saber algo más. Una hábil investigación, efectuada entre el servicio y el vecindario del piso de Kowloon, le reveló que no se había engañado siguiendo aquella pista, una de cuyas bifurcaciones lo llevó después a la plantación de los Nuevos Territorios y al americano Ralph Johnson.