Jane había estado durmiendo en la caseta con Molly las últimas noches, mientras Fred patrullaba los jardines con McLoughlin y el policía Williams.
– Oh, Fred -dijo Phoebe con auténtica contrición-, lo siento. Lo siento tanto. Nunca pensé realmente que usted fuera uno de ellos. Fue el susto. Lo cree, ¿verdad? Le llevaré para que le pongan la vacuna del tétanos mañana.
Fred se miró la mano lavada, desinfectada, vendada y lamentada por Phoebe y Diana en medio de un montón de disculpas.
– Creo, señora -dijo seriamente-, que si se dice una palabra más sobre este asunto, me veré obligado a presentar mi renuncia. Puedo soportar muchas cosas, pero no aguanto los remilgos. ¿Queda claro? Bien. Ahora, si me disculpa.
– Te llevaré en coche -dijo inmediatamente Phoebe.
– Preferiría que el joven médico me llevara, si puede ser. Me gustaría que me diese su opinión acerca de algo.
La puerta se cerró tras ellos. Phoebe se volvió para esconder la humedad de sus ojos.
– Dios rompió el modelo después de hacer a Fred y a Molly -dijo bruscamente-. Nunca merecieron nada de esto y sin embargo se han quedado con nosotros contra viento y marea. Me he decidido, Di -prosiguió con determinación-, haré frente a ese maldito pub mañana. Alguien tiene que dar el primer paso y valdrá más que sea yo. Fred ha estado yendo allí hace años y jamás nadie, aparte de Paddy, le habla. Maldita sea, voy a hacer algo.
Diana miró el rostro decidido de su amiga.
– ¿Qué, por ejemplo? ¿Apuntarles con tu escopeta hasta que acepten hablar contigo?
Phoebe se rió.
– No. Olvidaré el pasado.
– Bueno, en ese caso, iré contigo -miró a McLoughlin-. ¿Podemos hacerlo? Ya ha pasado todo, ¿no? El inspector fue muy brusco por teléfono, pero parece que nos ha absuelto.
McLoughlin asintió.
– Sí, están absueltas.
– ¿Fue suicidio? -preguntó Phoebe.
– Lo dudo. Era un viejo confundido cuyos recuerdos de Streech sobrevivieron a todos sus otros recuerdos. Creo que volvió aquí, buscando algún lugar para morir.
– ¿Pero cómo sabía dónde estaba la casa del hielo?
– Por los folletos que su marido imprimió. Si uno intenta atraer a los turistas, un garaje es el lugar más indicado para dejarlos. Sobre papel, Keith Chapel seguramente conocía este jardín mejor que usted.
– Aun así, recordarlo después de tanto tiempo…
– Pero la memoria es así -dijo Diana-. Las personas mayores recuerdan cada detalle de su infancia, pero son incapaces de recordar lo que desayunaron -negó con la cabeza-. Nunca conocí al hombre, pero siempre le guardé rencor por lo que les pasó a los padres de Phoebe y por lo que él explicó después. A pesar de todo -se encogió de hombros-, morir así, solo y sin nada. Es muy triste. Puede sonar estúpido, pero desearía que no se hubiese quitado la ropa. Lo empeora, de alguna manera, como si estuviera señalando la inutilidad de la vida. Desnudos nacemos y desnudos morimos. Tengo este horrible presentimiento de que, para él, todo lo que pasó entremedias fue inútil.
McLoughlin se desperezó.
– Yo, en su lugar, no sería demasiado sentimental sobre todo esto, señora Goode. Sólo tenemos la palabra de Wally de que el cadáver estaba desnudo. Creo que probablemente él está un poco avergonzado de sí mismo. De llevarse algo que nadie quiere, su ropa plegada, a desnudar un cadáver para robarle la ropa, hay gran trecho -miró su reloj-. ¿Algo más?
– Nos gustaría darle las gracias -dijo Phoebe.
– ¿Por qué?
– Por todo. Jane. Jonathan. Anne. Nosotras.
McLoughlin asintió con la cabeza y se dirigió hacia la puerta y el vestíbulo. Las dos mujeres se miraron.
– Volverá, ¿verdad? -dijo Diana de prisa.
McLoughlin se rió silenciosamente.
– Si tengo que hacerlo, lo haré.
– ¿Qué quiere decir con eso?
Phoebe se rió entre dientes.
– Creo que quiere decir que no pensaba marcharse. No puede volver si nunca se va, ¿verdad?
El disparo de la escopeta había arrastrado a Anne de un profundo sueño barbitúrico a otro más ligero donde los sueños se representaban en tecnicolor. No había pesadillas, sólo un interminable desfile de lugares y caras, algunas sólo medio recordadas, que revoloteaban por la pantalla de su mente soñadora en surrealista yuxtaposición. Y, en algún lugar, fastidiosamente, McLoughlin estaba golpeando ligeramente en el doble cristal de las ventanas de una enorme ciudadela y diciéndole que necesitaba a dos personas para levantarlo si no querían quedarse enterradas vivas.
Se incorporó, sobresaltada, y lo miró. Su lamparita de noche estaba encendida.
– Soñé que Jon y Lizzie se casaban -dijo, aislando un recuerdo de la nube que se desvaneció para siempre.
McLoughlin acercó la silla de mimbre y se sentó.
– Si se les da tiempo y espacio para respirar, tal vez lo hagan.
Anne se quedó pensativa.
– No se le escapa casi nada, ¿verdad?
– Eso depende. Atrapamos a su agresor -estiró sus largas piernas y le dio todos los detalles-. Paddy quiere que me asocie con él para empezar a elaborar cerveza.
Anne sonrió.
– ¿Le gusta?
– Es un cabrón.
– ¿Pero le gusta?
Asintió.
– Es muy suyo. Me gusta mucho.
– ¿Se asociará con él?
– No creo. Sería demasiado fácil hacerse adicto a esa cerveza especial suya -la miró a través de sus párpados entornados-. Jon vuelve a Londres mañana. Me pidió que averiguara si quería sus cartas de amor. Dice que puede intentar sacarlas antes de irse.
Anne se miró las manos.
– ¿Sabe dónde las ha puesto?
– Tengo entendido que están en un grieta del viejo roble detrás de la casa del hielo. Está un poco preocupado, no sabe si podrá recuperarlas. Me pidió que le echara una mano -observó su cara-. ¿Debería hacerlo, Cattrell?
– No. Dejemos que se queden ahí -levantó la cabeza para mirarlo-. Cuando esté totalmente recuperada, cogeré un poco de cemento y lo meteré en todas las hendiduras del roble para que esos malditos documentos nunca vuelvan a ver la luz del día. Tuve que pedirle a Jon que las escondiera, era el único que había allí cuando Walsh me llevó a la comisaría, pero es la última persona del mundo que querría que las mirase. Oh Dios, ojalá fueran precisamente cartas de amor -se quedó callada.
– ¿Qué son?
– Fotografías.
– ¿De David Maybury?
Anne asintió.
– ¿Después de que Phoebe lo matara?
Asintió otra vez.
– Una de sus famosas pólizas de seguros, supongo.
Anne suspiró.
– Nunca creí que nos escaparíamos. Las guardé en caso de que el cadáver se encontrara y Phoebe necesitara una defensa -su rostro se nubló-. Las revelé yo misma. Espantosas fotografías, horribles…, de David, dos semanas después de que Phoebe lo matara; de la propia Phoebe, con tal aspecto de loca, maldita sea, que no creería que es la misma mujer; de lo que los gamberros habían hecho con la casa; de la tumba que construí en la bodega. No quiero volverlas a ver nunca jamás.
– Cuéntemelo, Anne.
Respiró profundamente.
– David regresó la noche después de que saquearon la casa. Era inevitable que apareciese en algún momento, pero escoger aquella noche… -movió la cabeza-. Y no es que lo supiera, por supuesto. No habría regresado si lo hubiese sabido. Las puertas estaban atrancadas con muebles amontonados, de manera que entró por la ventana de la bodega. Phoebe estaba en la cocina y lo oyó tropezar en el piso de abajo a oscuras -sus ojos indagaron en los de McLoughlin-. Entienda lo asustada que estaba. Creyó que los borrachos habían vuelto para matarla a ella y a los niños.
– Lo entiendo.
– Cogió el objeto más pesado que encontró, el hacha de cortar leña que está junto al horno y cuando salió por la puerta de la bodega, le partió la cabeza en dos.