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Eguchi se preguntó qué clase de vida tendría. ¿Sería tranquila y apacible, aunque no alcanzara una gran eminencia? Esperaba que encontraría la felicidad por haber dado consuelo a los ancianos que venían aquí. Casi creía que, como en las antiguas leyendas, la muchacha era la encarnación de Buda. ¿No había relatos antiguos en que las prostitutas y cortesanas eran Budas encarnados?

Tomó con delicadeza un mechón de cabellos sueltos. Trató de calmarse, buscando confesión y arrepentimiento para sus malas acciones; pero lo que flotaba en su mente eran las mujeres de su pasado. Y lo que recordaba con cariño no tenía nada que ver con la duración de sus relaciones con ellas, ni con su belleza, gracia o inteligencia. Tenía que ver con cosas parecidas a la observación hecha por la mujer de Kobe: «He dormido como si estuviera muerta. He dormido exactamente como si estuviera muerta.» Tenía que ver con aquellas mujeres que se habían perdido a sí mismas en sus caricias, que habían sentido un frenesí de placer. ¿Era el placer menos una cuestión de la magnitud de su afecto que de sus dotes físicas? ¿Cómo sería esta muchacha cuando se hubiera desarrollado del todo? Estiró el brazo que la rodeaba y le acarició la espalda. Pero, naturalmente, no tenía modo de saberlo. Cuando en la visita anterior durmió con la muchacha hechicera, se preguntó hasta qué punto había conocido la profundidad y el alcance del sexo a sus sesenta y siete años, y achacó este pensamiento a su propia senilidad; y era extraño que esta muchacha de hoy pareciera saber evocar el sexo del pasado. Posó suavemente los labios sobre los labios cerrados de ella. No notó ningún sabor. Estaban secos. El hecho de que no tuvieran sabor pareció mejorarlos. Tal vez no volviera a verla jamás. Cuando sus labios pequeños estuvieran humedecidos por el sabor del sexo, Eguchi ya podía estar muerto. Este pensamiento no le entristeció. Separó los labios y rozó con ellos sus cejas y pestañas. Ella movió ligeramente la cabeza, y colocó la frente contra los ojos de Eguchi. Éste los tenía cerrados, y ahora los cerró con más fuerza.

Tras los ojos cerrados surgió y desapareció una interminable sucesión de fantasmas. Al cabo de un rato empezaron a adquirir cierta forma. Una serie de flechas doradas voló muy cerca y se alejó. Había en sus puntas jacintos de un profundo violeta. En los extremos había orquídeas de diversos colores. Parecía extraño que las flores no se cayeran a semejante velocidad. Eguchi abrió los ojos. Había empezado a adormecerse.

Aún no había tomado las píldoras sedantes. Dio una ojeada a su reloj, que estaba junto a ellas. Eran las doce y media. Las tomó en la mano. Pero parecía una lástima dormir esta noche, cuando no sentía nada de la melancolía y la soledad de la vejez. La muchacha respiraba pacíficamente. Cualquiera que fuese la píldora o la inyección que la había dormido, no parecía sentir ningún dolor. Quizás era una gran dosis de somnífero, quizás un veneno ligero. Eguchi pensó que le gustaría sumirse al menos una vez en un sueño tan profundo. Bajó de la cama sin hacer ruido y se dirigió a la otra habitación. Pulsó el timbre, decidido a pedir a la mujer la medicina que había sido administrada a la muchacha. El timbre sonó una y otra vez, informándole del frío, interior y exterior. Era reacio a llamar demasiadas veces, aquí en la casa secreta y en las profundidades de la noche. La región era cálida, y las hojas marchitas aún se aferraban a las ramas; pero, debido a un viento tan tenue que apenas era viento, podía oír el susurro de las hojas caídas en el jardín. Las olas rompían con suavidad contra el acantilado. El lugar era como una casa encantada en medio del silencio y la soledad. Se estremeció. Había salido con un kimono de algodón.

Cuando volvió a la habitación secreta, las mejillas de la muchacha estaban encendidas. La manta eléctrica calentaba al mínimo, pero ella era joven. Eguchi se calentó con su contacto. Tenía la espalda arqueada bajo el calor, y los pies al descubierto.

– Te enfriarás -dijo Eguchi.

Sintió la gran diferencia entre sus edades. Hubiera sido un bien poder tomar a la muchacha pequeña en su interior.

– ¿Me oyó tocar el timbre anoche? -preguntó mientras la mujer de la casa le servía el desayuno-. Quería la medicina que le dio a ella. Deseaba dormir como ella.

– Eso no está permitido. Es peligrosa para los ancianos.

– No debe preocuparse. Tengo un corazón fuerte. Y no me importaría nada irme del todo.

– Está pidiendo mucho para alguien que sólo ha estado aquí tres veces.

– ¿Qué es lo máximo que se puede obtener en esta casa?

Ella le miró fijamente, con una ligera sonrisa en los labios.

4

El gris de la mañana invernal se convirtió por la tarde en una fría llovizna. Dentro del portal de la «casa de las bellas durmientes», Eguchi advirtió que la llovizna ya era aguanieve. La mujer de siempre cerró tras él la puerta con llave. Vio puntos blancos bajo la luz enfocada a sus pies. Sólo había unos cuantos esparcidos aquí y allá. Eran suaves y se fundían al tocar las losas.

– Tenga cuidado -dijo la mujer-. El suelo está mojado.

Cubriéndole con un paraguas, trató de tomarle de la mano. El calor repelente de la mano madura pareció atravesarle el guante.

– No hace falta -se desasió-. Todavía no soy tan viejo como para necesitar que me lleven de la mano.

– Son resbaladizas.

Las hojas caídas del arce no habían sido barridas. Algunas estaban marchitas y descoloridas, pero brillaban bajo la lluvia.

– ¿Acaso le llegan aquí medio paralizados? ¿Tiene que guiarles y sostenerles?

– No debe hacer preguntas sobre los demás.

– Pero el invierno ha de ser peligroso para ellos. ¿Qué haría usted si uno sufriera un ataque cardíaco?

– Eso significaría el fin -dijo ella con frialdad-. Para el caballero podría significar el paraíso, naturalmente.

– Usted no saldría indemne del percance.

– No.

Cualquiera que hubiese sido el origen de tanto aplomo en el pasado de la mujer, no se produjo el menor cambio en su expresión.

La habitación del piso superior estaba como de costumbre, salvo que el pueblo de las hojas de arce había sido cambiado por un paisaje nevado. No cabía duda de que también se trataba de una reproducción.

– Me avisa siempre con tan poco tiempo… -observó ella mientras hacía el buen té habitual-. ¿No le gustó ninguna de las otras tres?

– Las tres me gustaron demasiado.

– Entonces tendría que decirme cuál prefiere con dos o tres días de antelación. Es usted muy promiscuo.

– ¿Podría haber promiscuidad con una muchacha dormida? No se entera de nada. Podría ser cualquiera.

– Está dormida, pero sigue siendo de carne y hueso.

– ¿No preguntan nunca qué clase de hombre ha estado con ella?

– Lo tienen absolutamente prohibido. Ésta es la regla estricta de la casa. No debe preocuparse.

– Creo que usted sugirió la inconveniencia de que un hombre se encariñara demasiado con una de sus muchachas. ¿Lo recuerda? Hablamos sobre la promiscuidad, y usted me dijo exactamente lo que acabo de decirle yo esta noche. Hemos intercambiado nuestras posiciones. Es muy extraño. ¿Acaso empieza a emerger la mujer que hay en usted?

Una sonría sarcástica apareció en las comisuras de sus labios delgados.

– Me imagino que a lo largo de los años usted habrá hecho llorar a muchas mujeres.

– ¡Vaya idea! -Eguchi fue cogido por sorpresa.

– Creo que protesta con exceso.

– No vendría aquí si fuera esa clase de hombre. Los ancianos que vienen aquí siguen atados a sus ligaduras. Pero rebelarse y gemir no puede devolvernos nada.

– Tal vez -su expresión continuaba siendo impasible.

– La última vez le pregunté qué es lo peor que se puede obtener.

– Que la muchacha esté dormida, supongo.

– ¿Puedo tomar la misma medicina?

– Creo que ya me vi obligada a negárselo la vez anterior.

– ¿Qué es lo peor que puede hacer un anciano?

– No hay cosas malas en esta casa -bajó su voz juvenil, que pareció imponerse a él con una fuerza renovada.

– ¿Ninguna cosa mala?

Los ojos oscuros de la mujer estaban tranquilos.

– Naturalmente, si usted intentara estrangular a una de las muchachas, sería como torcer el brazo a un recién nacido.

– ¿No se despertaría ni siquiera entonces?

– Creo que no.

– Como hecho a la medida si uno quiere suicidarse y llevarse a alguien consigo.