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«Eres un depravado», se dijo a sí mismo.

La impotencia de los otros ancianos no debía estar muy lejos del propio Eguchi. Pensamientos atroces le asaltaron: destruir esta casa, destruir también su propia vida, porque la muchacha de esta noche no era lo que podría llamarse una belleza de facciones regulares, porque sentía cerca de él a una muchacha bonita con el pecho al descubierto. Sintió algo parecido a una contrición involuntaria. Y también contrición por una vida que, con toda probabilidad, tendría un final tímido. Carecía del valor de su hija menor, con la cual había ido a contemplar la camelia. Volvió a cerrar los ojos.

Dos mariposas jugueteaban entre los bajos arbustos que bordeaban el sendero de piedras de un jardín. Desaparecían entre las ramas, las rozaban, parecían divertirse. Volaron un poco más alto y danzaron grácilmente hacia los arbustos para alejarse de nuevo, y otra mariposa apareció de entre las hojas, y después otra. «Dos parejas», pensó, y entonces contó cinco, y todas revoloteaban juntas. ¿Sería una pelea? Pero de los arbustos fueron surgiendo más mariposas, una tras otra, y el jardín era un enjambre de mariposas blancas, muy cerca del suelo. Las ramas inclinadas de un arce se mecían bajo el impulso del viento que no parecía existir. Las ramas eran delicadas, y debido al gran tamaño de las hojas, sensibles al viento. El enjambre de mariposas había crecido tanto que era como un campo de flores blancas. Aquí las hojas del arce ya se habían caído. Tal vez seguían pendiendo de las ramas unas cuantas hojas marchitas, pero esta noche caía aguanieve.

Eguchi había olvidado el frío del aguanieve. ¿Procedería el enjambre danzante de mariposas blancas del pecho grande y blanco de la muchacha, desnudo junto a él? ¿Había algo en la muchacha que calmaba los malos impulsos de un anciano? Abrió los ojos y miró los pezones pequeños y rosados. Eran como un símbolo del bien. Posó la mejilla sobre ellos. El interior de sus párpados pareció calentarse. Quería dejar su marca en esta muchacha.

Si violaba la regla de la casa, la muchacha se asustaría al despertarse. Dejó en sus pechos varias marcas del color de la sangre. Se estremeció.

– Tendrás frío -subió la colcha. Se tragó las dos píldoras que había junto a la almohada-. Un poco rechoncha en las partes inferiores -bajó el brazo y la atrajo hacia sí.

A la mañana siguiente le despertó dos veces la mujer de la casa. La primera vez llamó a la puerta.

– Son las nueve, señor.

– Ya me levanto. Debe hacer frío fuera.

– Encendí temprano la estufa.

– ¿Y el aguanieve?

– Está nublado, pero ya no nieva.

– ¿Ah, no?

– Hace rato que tengo preparado su desayuno.

– Está bien -con esta respuesta indiferente, cerró de nuevo los ojos-. Un demonio vendrá a buscarte -dijo, arrimándose a la notable piel de la muchacha.

La mujer regresó antes de que pasaran diez minutos.

– ¡Señor! -esta vez golpeó con fuerza-. ¿Ha vuelto a acostarse? -su voz también era fuerte.

– La puerta no está cerrada con llave -contestó.

La mujer entró. Él se incorporó perezosamente. La mujer le ayudó a vestirse; incluso le puso los calcetines, pero su tacto era desagradable. En la habitación contigua el té, como siempre, era bueno. Mientras lo sorbía, ella le miró con frialdad y suspicacia.

– ¿Qué le ha parecido? ¿Le ha gustado?

– Lo suficiente, supongo.

– Me alegro. ¿Ha tenido sueños placenteros?

– ¿Sueños? Ninguno en absoluto. Sólo he dormido bien. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien -bostezó abiertamente-. Todavía no estoy despierto del todo.

– Me imagino que estaría cansado anoche.

– Fue culpa de ella. ¿Viene aquí con frecuencia?

La mujer bajó la vista, con expresión severa.

– Tengo una petición especial -dijo él. Su actitud era grave-. Cuando termine el desayuno, ¿me dará más medicina para dormir? Le pagaré más. Aunque no sé cuándo se despertará la muchacha.

– Completamente descartado -la cara de la mujer tenía una palidez terrosa, y sus hombros estaban rígidos-. Realmente va usted demasiado lejos.

– ¿Demasiado lejos? -intentó reír, pero la risa se negó a materializarse.

Quizá sospechando que Eguchi había hecho algo a la muchacha, ella entró con apresuramiento en la habitación contigua.

5

Llegó el año nuevo, el mar salvaje era de pleno invierno. En tierra soplaba poco viento.

– Es de agradecer su visita en una noche tan fría -la mujer abrió la puerta de la casa de las bellas durmientes.

– Por eso he venido -dijo el viejo Eguchi-. Morir en una noche como ésta, con la piel de una muchacha para calentarle, debe ser el paraíso para un anciano.

– Dice usted cosas muy agradables.

– Un viejo vive en vecindad con la muerte.

Ardía una estufa en la habitación de arriba. Y, como de costumbre, el té era bueno.

– Siento una corriente de aire.

– ¡Oh! -la mujer miró a su alrededor-. No debería haber ninguna.

– ¿Tenemos un fantasma con nosotros?

Ella se sobresaltó y fijó la mirada en él. Su rostro era blanco.

– Deme otra taza. Llena. Y no lo enfríe. Lo quiero directamente del fuego.

Ella cumplió sus órdenes.

– ¿Ha oído algo? -preguntó con voz glacial.

– Tal vez.

– ¡Oh! ¿Lo sabe y aun así ha venido? -intuyendo que Eguchi estaba enterado, parecía decidida a no ocultar el secreto, pero su expresión era severa-. No debería decírselo, lo sé, después de haberle hecho recorrer tan larga distancia, pero, ¿puedo pedirle que se marche?

– He venido con los ojos abiertos.

Ella se rió. En la risa se advertía algo diabólico.

– Tenía que ocurrir. El invierno es una época peligrosa para los viejos. Quizá debiera usted cerrar en invierno.

Ella no contestó.

– Ignoro qué clase de ancianos vienen aquí, pero si muere otro y después otro, usted se verá en apuros.

– Dígaselo al hombre que posee la casa. ¿Qué he hecho yo de malo? -su rostro era ceniciento.

– ¡Oh!, claro que ha hecho algo malo. Todavía era oscuro, y se llevaron el cuerpo a una posada. Me imagino que usted ayudó.

Ella se agarró las rodillas.

– Fue por su bien. Por su buen nombre.

– ¿Buen nombre? ¿Acaso los muertos tienen buenos nombres? Pero tiene usted razón. Es estúpido, pero me imagino que las cosas deben disimularse. Sobre todo por la familia. ¿El propietario de este lugar lo es también de la posada?

La mujer no contestó.

– Dudo que los periódicos tuvieran mucho que decir, incluso aunque haya muerto junto a una muchacha desnuda. De haber sido yo ese viejo, me habría sentido más feliz si me hubieran dejado donde estaba.

– Se habría investigado, y usted ya sabe que la habitación en sí es un poco extraña, y los otros caballeros que tienen la bondad de venir aquí habrían podido ser interrogados. Y, además, están las muchachas.

– Me imagino que la muchacha continuó durmiendo, sin saber que el viejo había muerto. Tal vez él se revolvió un poco, pero dudo de que esto fuera suficiente para despertarla.

– Pero si le hubiésemos dejado aquí, habríamos tenido que sacar a la muchacha y esconderla. E incluso así habrían descubierto que había dormido con una mujer.

– ¿Se la hubieran llevado?

– Y esto sería un crimen demasiado evidente.

– No creo que se despertara sólo porque un hombre moría a su lado.

– Supongo que no.

– De modo que ni siquiera sabía que él estaba muerto.

¿Durante cuánto tiempo, después de que el hombre muriera, habría estado calentando el cadáver la muchacha narcotizada? No se dio cuenta de nada cuando se llevaron el cuerpo.

– Mi presión arterial es buena y mi corazón es fuerte; por lo tanto, no hay motivo para que usted se preocupe. Pero si algo me ocurriera, le ruego que no me saquen de aquí. Déjenme junto a ella.

– Completamente descartado -se apresuró a negar la mujer-. Debo pedirle que se vaya, si insiste en decir cosas semejantes.

– Estoy bromeando.-no podía creer que la muerte estuviera cerca.

La reseña del funeral aparecida en la prensa sólo había mencionado «muerte repentina». El viejo Kiga había susurrado los detalles a Eguchi durante el funeral. La causa de la muerte fue un fallo cardíaco.

– No era la clase de posada donde conviniera encontrar a un director de empresa -dijo Kiga-, y había otra en la que solía hospedarse. Así pues, la gente ha dicho que el viejo Fukura debe haber tenido una muerte feliz. Claro que nadie sabe lo que ha ocurrido realmente.

– ¿Ah, no?

– Podríamos decir que ha sido una especie de eutanasia. Pero no igual. Más dolorosa. Éramos íntimos, y yo lo adiviné inmediatamente y fui a investigar. Pero no se lo he dicho a nadie. Ni siquiera su familia lo sabe. ¿No le divierten estas reseñas de los periódicos?