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Había dos notas necrológicas, una junto a otra. La primera era de su esposa e hijo, la segunda, de su empresa.

– Fukura era así -los ademanes de Kiga indicaron un cuello macizo, un pecho potente, y en especial una gran barriga-. Será mejor que sea usted precavido.

– No se preocupe por mí.

Y se llevaron el enorme cuerpo durante la noche.

¿Quién se lo había llevado? Alguien en un automóvil, sin duda. La imagen no era agradable.

– Al parecer se han salido con la suya -murmuró el viejo Kiga en el funeral-, pero si esto continúa así, no creo probable que la casa dure mucho tiempo.

– Seguramente no.

Esta noche, intuyendo que Eguchi estaba enterado de la muerte del viejo Fukura, la mujer de la casa no intentó ocultar el secreto; pero se mostraba cautelosa.

– ¿Es cierto que la muchacha no se enteró de nada? -Eguchi era innecesariamente tenaz.

– No podía enterarse. Pero parece ser que el hombre sintió dolores. Ella tenía un arañazo desde el cuello hasta el pecho. Como es natural, ignoraba lo ocurrido. «Qué viejo tan repugnante», dijo cuando se despertó por la mañana.

– Un viejo repugnante. Incluso en sus últimos estertores.

– No podríamos llamarlo una herida, en realidad. Sólo un arañazo con algunas gotas de sangre.

Ahora la mujer parecía dispuesta a contárselo todo. Él ya no quería saberlo. La víctima era sólo un viejo que debía morirse algún día en alguna parte. Tal vez había sido una muerte feliz. La imaginación de Eguchi jugó con la imagen de aquel cuerpo enorme siendo transportado a la posada de las termas.

– La muerte de un viejo es algo repelente. Supongo que podría llamarse una resurrección en el cielo, pero estoy seguro de que fue en sentido opuesto.

Ella no hizo ningún comentario.

– ¿Conozco a la muchacha que estaba con él?

– Eso no puedo decírselo.

– Comprendo.

– Estará de vacaciones hasta que cicatrice el arañazo.

– Otra taza de té, por favor. Tengo sed.

– Con mucho gusto. Cambiaré las hojas.

– Ha conseguido mantenerlo en secreto, pero, ¿no cree que tendrá que cerrar dentro de poco?

– ¿Usted cree que sí? -su actitud era tranquila. No levantó la vista del té-. El fantasma aparecerá una de estas noches.

– Me gustaría hablar con él largo y tendido.

– ¿Sobre qué?

– Sobre los viejos tristes.

– Estaba bromeando.

Él bebió un sorbo de té.

– Sí, claro, estaba bromeando. Pero yo tengo un fantasma dentro de mí. Y usted tiene otro -señaló a la mujer con la mano derecha-. ¿Cómo supo que estaba muerto?

– Oí un extraño gemido y subí al piso de arriba. Su respiración y su pulso se habían detenido.

– Y la muchacha no lo sabía -dijo él de nuevo.

– Disponemos las cosas de modo que no la despierte una cosa tan insignificante como ésta.

– ¿Insignificante como ésta? ¿Y tampoco se enteró cuando se llevaron el cadáver?

– No.

– Así que la muchacha es la terrible.

– ¿Terrible? ¿Qué hay en ella de terrible? Deje de hablar así y vaya a la otra habitación. ¿Le ha parecido terrible alguna de las otras muchachas?

– Quizá la juventud sea terrible para un anciano.

– ¿Y qué significa esto? -se levantó, sonriendo levemente, fue hacia la puerta de cedro, abrió una rendija y miró hacia dentro-. Profundamente dormidas. Venga, acérquese -sacó la llave de su obi-. Quería decírselo. Son dos.

– ¿Dos? -Eguchi se sobresaltó. Quizá las muchachas conocieran la muerte del viejo Fukura.

– Puede entrar cuando guste. -La mujer se fue.

La curiosidad y la timidez de su primera visita le habían abandonado. Sin embargo, dio un paso atrás cuando abrió la puerta.

¿Sería también ésta una principiante? Pero parecía salvaje y arisca, totalmente distinta de la «muchacha pequeña» de la otra noche. Su calidad de salvaje casi le hizo olvidar la muerte del viejo Fukura. Era la muchacha que dormía más cerca de la puerta. Tal vez porque no estaba acostumbrada a tales inventos para los viejos como las mantas eléctricas, o quizá porque su calor mantenía a distancia el frío invernal, había bajado la ropa de la cama hasta su estómago. Parecía tener las piernas muy separadas. Yacía boca arriba, con los brazos extendidos. Los pezones eran grandes y oscuros, y tenían un tono púrpura. No era un color bonito a la luz de las cortinas dé terciopelo carmesí. Tampoco podía llamarse hermosa la piel de la garganta y los pechos. No obstante, despedía un resplandor oscuro. De los sobacos parecía emanar un olor débil.

– La vida misma -murmuró Eguchi.

Una muchacha como ésta insuflaba vida a un viejo de sesenta y siete años. Eguchi dudaba un poco de que la muchacha fuera japonesa. No debía haber cumplido los veinte años, pues los pezones eran planos, pese a la anchura de los pechos. El cuerpo era firme.

Le cogió la mano. Tanto las uñas como los dedos eran largos. Debía ser alta, según la moda moderna. ¿Qué clase de voz tendría, cuál sería su manera de hablar? Había muchas mujeres en la radio y la televisión cuyas voces le gustaban. Solía cerrar los ojos y escucharlas. Quería oír la voz de esta muchacha. Naturalmente, no había modo de hablar de verdad a una muchacha que estaba dormida. ¿Cómo podría obligarla a hablar? Una voz era diferente cuando venía de una persona dormida. La mayoría de mujeres tienen varias voces, pero era probable que esta muchacha sólo tuviera una. Incluso por su forma de dormir podía saber que no estaba enseñada y carecía de afectación.

Se sentó y empezó a jugar con sus largas uñas. ¿Eran tan duras las uñas? ¿Eran éstas unas uñas jóvenes y sanas? El color de la sangre se transparentaba vivamente a través de ellas. Se fijó por primera vez en que llevaba un collar de oro delgado como un hilo. Tuvo deseos de sonreír. Aunque ella había bajado la ropa de la cama hasta debajo de sus pechos en una noche tan fría, parecía haber en su frente un sudor ligero. Eguchi extrajo un pañuelo del bolsillo y lo secó. El pañuelo se impregnó de un olor fuerte. También le secó los sobacos. Como no podría llevarse el pañuelo a casa, lo arrugó y lo tiró a un extremo de la habitación.

«Lleva lápiz de labios.» Era lo más natural que lo llevara, pero en esta muchacha el lápiz labial también le inspiró deseos de sonreír. Lo miró unos momentos. «¿Habrá sido operada de labio leporino?»

Recuperó el pañuelo y le quitó la pintura. No había rastro de cirugía. El centro del labio superior estaba levantado, formando una clara línea puntiaguda. Era extrañamente atractivo.

Recordó un beso de hacía más de cuarenta años. Con las manos posadas ligeramente sobre los hombros de la muchacha que estaba frente a él, acercó los labios a los suyos. Ella meneó la cabeza de izquierda a derecha.

– No, no, no lo haré.

– Ya lo has hecho.

– No, no, no lo haré.

Eguchi se frotó los labios y enseñó a la muchacha el pañuelo manchado de rosa.

– Pero si ya lo has hecho. Mira esto.

La muchacha cogió el pañuelo y lo miró de hito en hito, y después lo metió en su monedero.

– No lo haré -dijo, bajando en silencio la cabeza, ahogada por las lágrimas.

No volvieron a verse. ¿Qué debió hacer con el pañuelo? Pero, más que el pañuelo, ¿qué debió ser de ella? ¿Viviría aún, cuarenta años más tarde?

¿Durante cuántos años la había olvidado, hasta que la evocó el puntiagudo labio superior de la muchacha narcotizada? En el pañuelo había lápiz labial, y el de la muchacha había desaparecido; ¿pensaría ella, si lo dejaba junto a la almohada, que le había robado un beso? Naturalmente, los huéspedes de esta casa eran libres de besar. Besar no figuraba entre los actos prohibidos. Un hombre podía besar, por senil que fuera. La muchacha no le rehuiría, y nunca sabría nada. Tal vez los labios dormidos estaban fríos y húmedos. ¿Acaso los labios muertos de una mujer a quien se ha amado no incrementan la intensidad de la emoción? El impulso no adquirió fuerza en Eguchi mientras pensaba en la triste senilidad de los ancianos que frecuentaban la casa.

Sin embargo, la forma insólita de estos labios le excitaba. «De modo que hay labios así», pensó, tocando suavemente con el dedo meñique el centro del labio superior. Estaba seco. Y la piel parecía gruesa. La muchacha empezó a lamerse el labio, y no paró hasta que estuvo bien humedecido. Él retiró el dedo.

«¿Sabrá besar aunque esté dormida?»

Pero se limitó a acariciar los cabellos que le cubrían la oreja. Eran bastos y duros. Se levantó y procedió a desnudarse.

– Te enfriarás. No importa que goces de buena salud.

Le metió los brazos bajo la ropa y cubrió su pecho. Se acostó junto a ella. La muchacha dio media vuelta. Entonces, con un gemido, sacó repentinamente los brazos, empujando con fuerza al anciano. Éste se echó a reír. «Una principiante muy valerosa», pensó.

Porque estaba narcotizada y no se despertaría, y porque probablemente su cuerpo estaba aletargado, él podía hacer cuanto se le antojara; pero el vigor requerido para tomar por la fuerza a semejante muchacha ya no existía en Eguchi -o lo había olvidado hacía tiempo. Se acercó a ella con una pasión suave, una débil afirmación, un sentimiento de armonía con la mujer. La aventura, la lucha que aceleraba la respiración, había desaparecido.