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— ¿Crees que podré tener hijos? — preguntó ella por último.

— Supongo que sí–respondió él-. Pero búscales un padre responsable.

Los dos sonrieron aliviados. Amanda buscó en el rostro moreno de Jaime, inclinado tan cerca del suyo, alguna semejanza con el de Nicolás, pero no pudo encontrarla. Por primera vez en su existencia de nómade se sintió protegida y segura, suspiró contenta y olvidó la sordidez que la rodeaba, las paredes descascaradas, los fríos armarios metálicos, los pavorosos instrumentos, el olor a desinfectante y también ese ronco dolor que se había instalado en sus entrañas.

— Por favor, acuéstate a mi lado y abrázame–dijo.

Él se tendió tímidamente en la angosta cama rodeándola con sus brazos. Procuraba mantenerse quieto para no molestarla y no caerse. Tenía la ternura torpe de quien nunca ha sido amado y debe improvisar. Amanda cerró los ojos y sonrió. Estuvieron así, respirando juntos en completa calma, como dos hermanos, hasta que comenzó a aclarar y la luz de la ventana fue más fuerte que la de la lámpara. Entonces Jaime la ayudó a ponerse en pie, le colocó el abrigo y la llevó del brazo hasta la antesala donde Nicolás se había quedado dormido en una silla.

— ¡Despierta! Vamos a llevarla a casa, para que la cuide mi madre. Es mejor no dejarla sola por unos días–dijo Jaime.

— Sabía que podíamos contar contigo, hermano–agradeció Nicolás, emocionado.

— No lo hice por ti, desgraciado, sino por ella–gruñó Jaime dándole la espalda.

En la gran casa de la esquina los recibió Clara sin hacer preguntas, o tal vez se las hizo directamente a los naipes o a los espíritus. Tuvieron que despertarla, porque estaba amaneciendo y nadie se había levantado aún.

— Mamá, ayude a Amanda–pidió Jaime con la seguridad que daba la larga complicidad que tenían en esos asuntos-. Está enferma y se quedará aquí unos días.

— ,Y Miguelito? — preguntó Amanda.

— Yo iré a buscarlo–dijo Nicolás y salió.

Prepararon uno de los cuartos de huéspedes y Amanda se acostó. Jaime le tomó la temperatura y dijo que debía descansar. Hizo ademán de retirarse, pero se quedó

parado en el umbral de la puerta, indeciso. En eso volvió Clara con una bandeja con café para los tres. — Supongo que le debemos una explicación, mamá–murmuró Jaime.

— No, hijo–respondió Clara alegremente-. Si es pecado, prefiero que no me lo cuenten. Vamos a aprovechar para regalonear un poco a Amanda, que mucha falta le hace.

Salió seguida por su hijo. Jaime vio a su madre avanzar por el corredor, descalza, con el pelo suelto en la espalda, arropada con su bata blanca y notó que no era alta y fuerte como la había visto en su infancia. Estiró la mano y la retuvo de un hombro. Ella volteó la cabeza, sonrió, y Jaime la abrazó compulsivamente, estrechándola contra su pecho, raspando su frente con el mentón donde su barba imposible ya reclamaba otra afeitada. Era la primera vez que le hacía una caricia espontánea desde que era una criatura prendida por necesidad a sus pechos y Clara se sorprendió al darse cuenta lo grande que era su hijo, con un tórax de levantador de pesas y unos brazos como martillos que la estrujaban en un gesto temeroso. Emocionada y feliz, se preguntó cómo era posible que ese hombronazo peludo con la fuerza de un oso y el candor de una novicia, hubiera estado alguna vez en su barriga y además en compañía de otro.

En los días siguientes Amanda tuvo fiebre. Jaime, asustado, vigilaba a toda hora y le administraba sulfa. Clara la cuidaba. No dejó de observar que Nicolás preguntaba por ella discretamente, pero no hacía ningún amago de visitarla, en cambio Jaime se encerraba con ella, le prestaba sus libros más queridos y andaba como iluminado, hablando incoherencias y rondando por la casa como nunca lo había hecho, hasta el punto que el jueves olvidó la reunión de los socialistas.

Así fue como Amanda pasó a formar parte de la familia durante un tiempo y como Miguelito, por una circunstancia especial, estuvo presente escondido en el armario, el día que nació Alba en la casa de los Trueba y nunca más olvidó el grandioso y terrible espectáculo de la criatura apareciendo al mundo envuelta en sus mucosidades ensangrentadas, entre los gritos de su madre y el alboroto de mujeres que se afanaban a su alrededor.

Entretanto, Esteban Trueba había partido de viaje a Norteamérica. Cansado del dolor de huesos y de aquella secreta enfermedad que sólo él percibía, tomó la decisión de hacerse examinar por médicos extranjeros, porque había llegado a la prematura conclusión de que los doctores latinos eran todos unos charlatanes más cercanos al brujo aborigen que al científico. Su empequeñecimiento era tan sutil, tan lento y solapado, que nadie más se había dado cuenta. Tenía que comprar los zapatos un número más chico, tenía que hacer acortar los pantalones y mandar hacer alforzas a las mangas de sus camisas. Un día se puso el calañé que no había usado en todo el verano y vio que le cubría completamente las orejas, de donde dedujo horrorizado que si estaba encogiendo el tamaño de su cerebro, probablemente también se achicarían sus ideas. Los médicos gringos le midieron el cuerpo, le pesaron las presas una por una, lo interrogaron en inglés, le inyectaron líquidos con una aguja y se los extrajeron con otra, lo fotografiaron, lo dieron vuelta al revés como un guante y hasta le metieron una lámpara por el ano. Al final concluyeron que eran puras ideas suyas, que no pensaba estarse encogiendo, que siempre había tenido el mismo tamaño y que seguramente había soñado que alguna vez midió un metro ochenta y calzó cuarenta y dos. Esteban Trueba acabó de perder la paciencia y regresó a su patria dispuesto a no prestar atención al problema de la estatura, puesto que todos los grandes políticos de la historia habían sido pequeños, desde Napoleón hasta Hitler. Cuando llegó a su casa, vio a Miguel jugando en el jardín y a Amanda más delgada y ojerosa, desprovista de sus collares y sus pulseras, sentada con Jaime en la terraza. No hizo preguntas,

porque estaba acostumbrado a ver gente extraña a la familia viviendo bajo su propio techo.

El conde Capítulo VIII

Ese período habría quedado sumido en la confusión de los recuerdos antiguos y desdibujados por el tiempo, a no ser por las cartas que intercambiaron Clara y Blanca. Esa nutrida correspondencia preservó los acontecimientos, salvándolos de la nebulosa de los hechos improbables. Desde la primera carta que recibió de su hija, después de su matrimonio, Clara pudo adivinar que la separación con Blanca no sería por mucho tiempo. Sin decirle a nadie, arregló una de las más asoleadas y amplias habitaciones de la casa, para esperarla. Allí instaló la cuna de bronce donde había criado a sus tres hijos.

Blanca nunca pudo explicar a su madre las razones por las cuales había aceptado casarse, porque ni ella misma las sabía. Analizando el pasado, cuando ya era una mujer madura, llegó a la conclusión de que la causa principal fue el miedo que sentía por su padre. Desde que era una criatura de pecho había conocido la fuerza irracional de su ira y estaba acostumbrada a obedecerle. Su embarazo y la noticia de que Pedro Tercero estaba muerto terminaron por decidirla; sin embargo, se propuso desde el momento que aceptó el enlace con Jean de Satigny que jamás consumaría el matrimonio. Iba a inventar toda suerte de argumentos para postergar la unión, pretextando al comienzo los malestares propios de su estado y después buscaría otros, segura de que sería mucho más fácil manejar a un marido como el conde, que usaba calzado de cabritilla, se ponía barniz en las uñas y estaba dispuesto a casarse con una mujer preñada por otro, que oponerse a un padre como Esteban Trueba. De dos males, eligió el que le pareció menor. Se dio cuenta que entre su padre y el conde francés había un arreglo comercial en el que ella no tenía nada que decir. A cambio de un apellido para su nieto, Trueba dio a Jean de Satigny una dote suculenta y la promesa de que algún día recibiría una herencia. Blanca se prestó para la negociación, pero no estaba dispuesta a entregar a su marido ni su amor ni su intimidad, porque seguía amando a Pedro Tercero García, más por la fuerza del hábito, que por la esperanza de volverlo a ver.