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– Está difícil para todo el mundo -musité-. Pero siempre puedes recurrir a nosotros si necesitas ayuda; lo sabes, ¿verdad?

No estuvo bien por mi parte decir eso. Lo cierto es que si Leo o Sophie nos hubiesen pedido ayuda, no habríamos estado en posición de ofrecérsela. Insinuar lo contrario era una arrogancia indigna de mí. Zoya lo sabía bien y me miró con leve ceño; yo agaché la cabeza, arrepentido de mi bravata.

– Es muy amable por tu parte, Georgi -repuso Sophie, que seguramente sabía muy bien que nuestra situación económica era casi exacta a la suya-. Pero aún no hemos llegado al punto de depender de la caridad de los amigos.

– Leo -terció Zoya en voz baja, posando una mano sobre la de Sophie, que había empezado a temblar levemente-. Cuéntanos lo de Leo.

– En el Sacré Coeur había más gente de la que esperaba. Unos cuantos artistas habían instalado ya sus caballetes y todos trataban de convencer a algún turista de posar para ellos. Había una anciana sentada en el césped, dando de comer a los pájaros…

– ¿Con este tiempo? -pregunté asombrado-. Se moriría de frío.

– Ya sabes lo fuertes que son esos viejos -repuso encogiéndose de hombros-. En verano o invierno, llueve o truene, se sientan ahí. El tiempo no les importa.

Era cierto. Había observado en más de una ocasión la cantidad de ancianos parisinos que pasaban las mañanas y las tardes sentados en el césped de las laderas, frente a la basílica, arrojando pan duro a los pájaros. Era como si creyesen que, sin su ayuda, el mundo aviario se enfrentaría a la extinción. No hacía ni tres semanas, había visto a un hombre de unos ochenta años, un anciano marchito cuyo rostro era un mapa de arrugas y pliegues, sentado con los brazos extendidos a los lados y con unos cuantos pájaros posados encima. Me quedé mirándolo durante casi una hora, y todo ese tiempo permaneció inmóvil; de no haber tenido los brazos abiertos, lo habría tomado por un cadáver.

– Otro artista -prosiguió Sophie-, alguien nuevo en París, alguien a quien Leo no conocía, llega y decide instalarse exactamente donde está sentada la anciana. Le pide que se mueva y ella se niega. Él le dice que quiere pintar ahí y ella le suelta que se vaya a freír espárragos. Creo que hay unas palabras subidas de tono, y el hombre va y trata de quitar a la anciana de su sitio. La obliga a ponerse en pie sin importarle sus gritos de protesta.

– ¿De dónde era el pintor? -quiso saber Zoya, y me sorprendió su pregunta. Sospeché que esperaba que no procediese de nuestro país.

– Leo cree que de España. O de Portugal, quizá. Sea como fuere, Leo vio semejante tropelía, y ya lo conocéis: no soporta ser testigo de una falta de cortesía así.

Era cierto. Leo era famoso por levantarse el sombrero ante las mujeres mayores en la calle, por conquistarlas con su amplia sonrisa y su simpatía. Les cedía el asiento en los cafés y las ayudaba con las bolsas de la compra cuando iban en la misma dirección que él. Se consideraba un representante de la histórica orden de caballería, uno de los últimos hombres en el París de los años veinte que suscribía los principios de la antigua sociedad.

– Leo se acercó para agarrar al español y reprenderlo por tratar así a la mujer. Hubo bronca, por supuesto, con empujones, insultos y quién sabe cuántas tonterías de crios. Y gritaban mucho. Leo hablaba a voz en cuello, llamando de todo a su oponente, y por lo que me han contado, el español no se quedaba corto. La cosa estaba por llegar más lejos cuando los interrumpió un gendarme para separarlos, lo que enfureció aún más a Leo.

»Acusó al joven policía de ponerse de parte de un extranjero contra un compatriota, y el comentario desató una gran disputa. Y ya sabéis cómo es Leo cuando se ve enfrentado a la autoridad. Sin duda habrá proclamado todas sus opiniones sobre los gardiens de la paix, y antes de que alguien pudiese controlar la situación, le dio un puñetazo al español en la nariz y otro al gendarme en la cara.

– ¡Dios santo! -exclamé, tratando de imaginar a Leo aplastando la nariz de un hombre para luego darle al otro. Era un hombre fuerte; no me habría gustado ser el receptor de ninguno de esos dos golpes.

– Por supuesto, después de eso -añadió Sophie-, al gendarme no le quedaba otra opción que arrestarlo, pero Leo intentó quitárselo de encima dándole un empujón, quizá para luego echar a correr. Por desgracia, el joven resbaló y perdió el equilibrio en la escalera. Unos instantes después rodaba unos quince o veinte peldaños hasta el siguiente rellano, donde cayó pesadamente y se partió el cráneo contra la piedra. Cuando Leo llegó corriendo para ayudarlo, sus ojos miraban fijos al cielo. Estaba muerto.

Guardamos silencio y miré a Zoya, que estaba muy pálida y apretaba los dientes como temiendo su propia reacción si daba rienda suelta a sus emociones. Cualquier mención de un acto violento, de una muerte, del instante en que una vida llegaba a su fin bastaba para perturbarla e inquietarla, para que los terribles recuerdos aflorasen de nuevo. Ninguno de los dos habló. Esperamos a que Sophie, que se veía más tranquila ahora que estaba contando la historia, continuase.

– Leo trató de huir -dijo por fin-. Y, claro, eso sólo empeoró las cosas. Creo que llegó bastante lejos, corriendo por la rué de la Bonne para luego doblar por Saint Vicent y después volver atrás para dirigirse a Saint Pierre de Montmartre…

Contuve el aliento; mi primer hogar en París había estado allí, y el piso que Zoya y yo compartíamos desde nuestra boda estaba en la rué Cortot, no muy lejos de Saint Pierre; me pregunté si Leo habría tenido la esperanza de encontrar refugio con nosotros.

– … pero para entonces ya eran seis o siete los gendarmes que lo perseguían, tocando el silbato en cada calle, y al alcanzarlo lo derribaron. -Tendió una mano hacia su amiga y exclamó-: Oh, Zoya, le dieron una paliza terrible. Tiene un ojo tan hinchado que no se le ve, y la mejilla horrorosamente morada. Casi no lo reconocerías si lo vieras. Dicen que fue necesario para dominarlo, pero no puede ser.

– Todo ha sido un terrible accidente -dijo Zoya con firmeza-. Sin duda lo reconocerán, ¿no? Y por algo tan trivial, además. El español tiene tanta culpa como él.

– Ellos no lo ven así -repuso Sophie, y rompió a llorar otra vez, con un torrente de sollozos que le salió de lo más hondo del corazón; la emoción antes contenida se desataba al comprender lo que estaba ocurriendo-. Lo ven como un asesinato.

Irá a juicio por ello. Podría pasar años en la cárcel, la vida entera, quizá. Desde luego, ya no será joven cuando salga, si es que sale. Y yo no puedo vivir sin él, ¿lo entendéis? -gimió levantando la voz, al borde de la histeria-. No viviré sin él.

El propietario del café nos miró con suspicacia, esperando que nos fuéramos pronto. Se aclaró la garganta de forma audible, y yo asentí con la cabeza; dejé unos francos sobre la mesa y me levanté.

Nos llevamos a Sophie a casa, donde le dimos dos buenas copas de brandy y la mandamos a nuestro dormitorio a descansar. Obedeció sin protestar y no tardó en quedarse dormida, aunque la oímos agitarse en sueños, inquieta.

– No puede ir a la cárcel -dijo Zoya cuando nos quedamos solos. Estábamos sentados a la pequeña mesa de la cocina, buscando una forma de ayudar a nuestro amigo-. Es inconcebible. Tiene que haber alguna forma de salvarlo, ¿no?

Asentí con la cabeza, pero no dije nada. Estaba preocupado por Leo, por supuesto, pero lo que me inquietaba no era la posibilidad de que lo enviaran a la cárcel, sino algo aún peor. Al fin y al cabo, Leo era responsable de la muerte de un policía francés. Fuese o no un accidente, esas cosas no se tomaban a la ligera. El castigo podía ser mucho más severo de lo que mi esposa o Sophie estaban dispuestas a considerar.